El árbol de la vida

A mi amiga Josefina, de la que ya hablamos aquí, le gusta vivir en el campo. Si por ella fuera, viviría directamente en las montañas, pero de momento se conforma con una casa alejada de los mundanales ruidos.

Cuando desayunamos, a veces, la chinchamos:

– ¿Y qué haces allí, los fines de semana?

– Ver la hierba crecer.

Así es nuestra Josefina. Y de ella me acordaba mientras veía la polémica, compleja y antisistema última película de Terrence Malick, la tan vilipendiada como alabada; tan insultada como reverenciada “El árbol de la vida”.

Venía preparándome para el acontecimiento fílmico desde que Boyero la defendió a capa y espada en el Festival de Cannes, donde ganó la Palma de Oro y aproveché estos meses para ver de nuevo “Malas tierras” y “La delgada línea roja”. Y me hubiera encantado volver a ver “Días del cielo”, pero no la pillé.

El hecho de que la esteticista crónica de la II Guerra Mundial filmada por Malick me gustara mucho más esta segunda vez que la primera me hizo albergar esperanzas de que sí, de que este nuevo Tour de Force cinematográfico podría gustarme.

Me preparé a conciencia, dejando para un sábado por la tarde el ir a verla. Quería estar relajado, descansado, haber dormido bien la noche anterior y descabezado un sueñecito esa misma tarde, después de una liviana y reparadora carrera; sin excusas para dejarme vencer por la molicie.

Ya no pude pillar una sesión que daban en VOS, pero bueno. No pasaba nada. Me senté en mi butaca, con una buena Coca-cola y una buena dosis de palomitas dulces (sí, soy de esos) Y comenzó la película.

Y yo comencé a acordarme de Josefina. Porque ver “El árbol de la vida” es como ver crecer la hierba. O, quizá, como ver crecer un girasol. O como ver pintar un membrillo sobre un lienzo.

Hablar del argumento, en este caso, sería pueril. Lo hay. O no. Pero da igual. Y eso es lo que irrita a los espectadores que, furibundos, odian ir al cine a que no les cuenten una historia. Porque una película es eso, ¿no? Una historia…

Pero, ¿qué pasa con la emoción? Porque las historias son como los culos: cada película tiene la suya. Y, sin embargo, ¿cuántas de ellas llegan a emocionarnos lo más mínimo? Casi ninguna.

“El árbol de la vida” provoca emociones. Y sensaciones. Estéticamente es un puro deleite. Un goce para los sentidos. Como bien sostiene Irene, nuestra artista de referencia, “Malick es el Velázquez del cine”. Y es que hay que ser muy bueno para conseguir que solo por cómo filma a Sean Penn, sin que éste tenga que decir una palabra, sintamos que es un tipo al borde del cataclismo emocional, un superviviente nato a punto de derrumbarse, agitado por brutales tempestades interiores.

Sinceramente, no darse la oportunidad de ver en el cine “El árbol de la vida” es renunciar a ver un espectáculo único, sublime, distinto y a contracorriente. Una película radical como pocas he visto nunca. Y solo por eso, hay que verla. Y estar en condiciones de opinar, discutir y hablar. De hablar de cine. Algo que cada vez cuesta más trabajo, dado el nivel medio de las películas que se estrenan en pantalla.

¿La has visto ya? ¿No? ¿Y a qué esperas, que podamos montar una buena tertulia?

Quizá salgas rezongando del cine, un poco Perdido, al final, pero créeme: indiferente no te va a dejar. Malick es un visionario, el director con mayor capacidad de sugerencia de la historia del cine. Sí. Yo también lo creo. Es un genio.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

Nuestra Josefina y su Sami

Mi amiga Josefina es tremenda. Quiénes la conocemos, asumimos sus deliciosas rarezas con naturalidad: como es sueca, le achacamos sus monumentales despistes y mágica ausencias a su norteña y peculiar nacionalidad.

Se lo decimos, con todo cariño, como si fuera el lema de alguna de esas series que tanto nos gustan:

– “Es sueca. Es rara”.

Y ella ser ríe, claro.

Josefina tiene un hijo. Su nombre: Sami.

Siempre me gustó ese nombre. En parte porque cuando lo conocí, me vio y se partió de risa. ¡Era un cachondo! Como Sammy Davis Jr., uno de los compañeros de correrías de Sinatra, Martin & co.

El caso es que Josefina eligió el nombre de su hijo porque una vez, en un viaje, conoció a un Sami que se portó muy bien con ella y le echó una mano cuando más le hacía falta. Y porque sonaba bien. Y porque tenía que decidirse por un nombre, sobre la marcha y en un momento dado, sin tiempo para pensar, sin tiempo para meditar.

Hace unos días estaba leyendo cosas sobre Europa en la Wikipedia, por cuestiones de trabajo, cuando me encontré con la siguiente foto en la página principal de la entrada dedicada al Viejo Continente:

Familia sami. 1900

Me llamó la atención, pero como iba con prisa, no le presté atención ni me detuve a profundizar en eso de una familia sami…

Sin embargo, hace un par de días que me llegó al buzón de casa el último ejemplar de la revista Altaïr, dedicado en exclusiva a Noruega, uno de esos países nórdicos tan desconocidos como atractivos, famoso por sus auroras boreales.

Mientras subía en el ascensor, vi el listado de artículos y reportajes que traía la revista. Uno de ellos estaba dedicado a los Sami, uno de los pueblos nativos de Noruega, Suecia y Finlandia, de ascendencia lapona, que viven al norte del Círculo Polar Ártico.

Sin quitarme el traje, me senté en el sofá, a leer sobre uno de esos pueblos que, viviendo en condiciones hostiles y dificilísimas, han conseguido sobrevivir a lo largo de la historia. Un pueblo mágico, dotado de una cosmogonía propia, única y fascinante. Un pueblo nómada, libre y salvaje (en el mejor sentido de la expresión), que caza y pesca como ninguno y que se dedica a la cría del reno como actividades básicas para la supervivencia.

Los Sami son uno de esos pueblos indómitos que, cuando las autoridades nórdicas intentaron asimilarlos y quitarles su individualidad, se levantaron en armas para conservar sus raíces y peculiaridades.

Nobles, luchadores, nómadas, viajeros… ¡así son los Sami! Y estoy seguro de que así le gustaría a Josefina que fuera su pequeño Sami.

Quiénes la conocemos, estamos seguros de que lo conseguirá. Porque una persona tan especial como ella, siempre hace posible todo lo que se propone.

Querida Josefina, a continuación te dejo un corta y pega de la Wikipedia en que se cuenta una preciosa historia-leyenda sobre los Sami y una de sus celebraciones. Estoy seguro de que te va a gustar.

“Beiwe es la diosa de la fertilidad y del amor, la primavera, el Sol y la cordura venerada por los lapones. En el mito sami, viaja con su Beiwe-Neia a través del cielo en un recinto cubierto por huesos de reno, con lo que vuelven las plantas verdes en la tierra después del invierno, para que los renos puedan comer. También era llamada a restaurar la salud mental de los que se volvieron locos debido a la continua oscuridad del largo invierno.


Los adoradores de Beiwe sacrificaban renos blancos hembras, y con la carne, hacían hilos y palos, adornando la cama con cintas de anillos. También cubrían sus puertas con mantequilla para que Beiwe pudiera comer y así comenzar su viaje una vez más.

 

Esto se llama el Festival de Beiwe.

 

Está asociada a la fertilidad de plantas y animales, en particular, el reno.”

Con todo cariño, dedicado a una mujer clarividente e intuitiva como pocas, que conectó dos culturas aparentemente inconexas y distantes miles y miles de kilómetros con la elección de algo tan aparentemente banal como es un nombre…

Para que el viaje de tu vida siga siendo tan excitante como hasta ahora, querida Josefina, ahora, de la mano de tu pequeño Sami. Y apunta, apunta otro viaje pendiente.

Jesús casualista Lens