Un lugar en el mundo

Si vais siguiendo el suplemento V de los periódicos de Vocento, veréis que este verano hay una sección llamada “Un lugar en el mundo”.

El pasado lunes, publiqué un artículo en dicha sección.

¿Cuál es mi lugar en el mundo?

A nada que me vayáis conociendo, lo podéis tener claro: un pub.

Cuando escribía “Café-Bar Cinema”, uno de los capítulos que más disfruté fue el irlandés y, de hecho, es la parte del libro que he tomado como modelo para mi nuevo trabajo, aunando las películas, con la realidad histórica y con mis experiencias viajeras.

Por eso, para hablar de mi rincón en el mundo, uno de esos lugares especiales, singulares, curiosos y llamativos; he vuelto la verde Erín, a la Irlanda mitológica, trágica, etílica y literaria que tanto nos gusta.

A ver qué os parece:

¡The Brazen Head!

Jesús irlandés Lens

Bloomsday… ¡y que viva Irlanda!

Después iremos, a las 21 horas de hoy miércoles, a la presentación del nuevo disco de “Supervivientes” y nos hincaremos unas buenas pintas de cerveza. Porque hoy es el Bloomsday. ¡Viva Irlanda! Aquí, lo que mejor podemos y sabemos transmitir de ese maravilloso país. Porque ser irlandés es un estado mental…

La vida de Joyce, en Tebeo

El sueño del celta

Hablemos, ahora ya por completo, de “El sueño del Celta”, cuya reseña publicamos en la revista Garnata. ¿La habéis leído? A la novela, me refiero. ¿Qué os pareció? Como ya me comento Alberto, mi lectura es sesgada, subjetiva y muy particular. Pero creo que es lo bueno de los libros: cada uno lee el “suyo”…

Lo escribí, alto y claro, nada más comprar el libro más reciente del flamante Nóbel de Literatura del 2010: antes de que le concediesen el galardón, yo ardía por echarle mano a la novela en la que el autor peruano venía trabajando desde hacía años.

“El sueño del celta”, terminó titulándose y, para mí, es una novela extraordinaria, rica, densa, ilustrativa y llena de meandros, compleja y repleta de atractivos. Aunque, empezando por el principio, quizá hablar de “novela”, en este caso, no sea exacto. O sí. ¿Quién sabe?

El caso es que el celta del título fue un tipo real, de carne y hueso, que vivió en los inicios del siglo XX y protagonizó no una sino tres o cuatro aventuras, cada una de ellas susceptible de haber pasado a los anales de la historia. Su nombre: Roger Casement, un buscador de fortunas que recaló en el mítico Congo Belga (ya sabéis lo que ese lugar significa para mí) y se escandalizó ante lo que vio, escribiendo un informe tan demoledor que conmocionó a toda Europa.

Como dice el protagonista en un momento, refiriéndose al Horror y a la abyección humana más total, absoluta y depravada: “El Congo otra vez. El Congo por todas partes”. O, unas páginas después: “El Congo, sí. El Congo por doquier”.

Después de marchó al Amazonas, otra zona cauchera por excelencia. Y lo que vio, y contó, también provocó un escándalo de proporciones homéricas. Pero es que, además, Casement terminó siendo un revolucionario irlandés que ejerció de espía diplomático durante la I Guerra Mundial y terminó interviniendo en el célebre y fallido levantamiento de la Semana Santa de 1916.

Una vida proteica con la que Vargas Llosa se topó mientras andaba estudiando la vida y la obra de Joseph Conrad, cuyo majestuoso “El corazón de las tinieblas” también puso el acento en las barbaridades que acontecían en el Congo.

Con esas mimbres, con un personaje tan intenso, Vargas Llosa escribe varias novelas en una. O varios libros de memorias. O varias biografías. Y todo comienza en una cárcel de Londres. En 1916, con el celta soñador encerrado en una cárcel de Su Majestad que, años antes, le rindió los más altos honores y le hizo Grande de la Patria, por los servicios al Imperio. Esperando clemencia. Y recibiendo algunas visitas, a partir de las que, mirando atrás, Casement irá reconstruyendo su biografía.

Una biografía que, como suele ser habitual en el común de los mortales, tiene sombras, lados oscuros y momentos vergonzantes. Sobre los que Vargas Llosa no pasa de puntillas, apuntándolos desde el comienzo del libro:

“Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes”.

Una novela, además, africana.

– El África no se ha hecho para los débiles… no es Estados Unidos ni Inglaterra, se habrá dado cuenta. En el África los débiles no duran. Acaban con ellos las picaduras, las fiebres, las flechas envenenadas o la mosca tse tse.

Y Amazónica, uno de los viajes que más ganas tengo que hacer: “La Amazonía, donde todo parecía estar naciendo y muriendo, mundo inestable, riesgoso, movedizo, en el que un hombre se sentía arrancado del presente y arrojado hacia el pasado más remoto, en comunicación con los ancestros, de regreso a la aurora del acontecer humano. Y, sorprendido, descubrió que recordaba aquello con nostalgia, a pesar de los horrores que escondía”.

Una novela documentada, en libros y en papeles, pero también personalmente por Vargas Llosa que ha recorrido los paisajes de su novela. Paisajes que siguen siendo difíciles y complicados.

Pero esa es ya otra historia…

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

EL SUEÑO DEL CELTA

Pues, efectivamente, seguimos ampliando el espectro de lugares, físicos y/o virtuales, en que publicamos. Iniciamos una colaboración con la revista Garnata que, ojalá, sea larga, feliz y duradera. No olvidéis que hoy se distribuye con IDEAL, sin sobrecoste para el periódico.

E iniciamos esta colaboración con una reseña de la última novela de Mario Vargas Llosa, “El sueño del celta”. Que dice así:

Hay que felicitar a los directores del Festival Internacional de Poesía por haber invitado a Mario Vargas Llosa justo cuando le han dado un más que merecidísimo Nóbel de Literatura. Y honra al galardonado el no haber renunciado a citas como la granadina tras la brutal complicación que la concesión de una distinción como ésta provoca en la agenda del premiado.

Ha querido la casualidad que también haya coincidido el Nóbel con la publicación de un nuevo trabajo de Vargas Llosa, “El sueño del celta”, una novela extraordinaria, rica, densa, ilustrativa y llena de meandros; compleja y repleta de atractivos. Aunque, empezando por el principio, quizá hablar de “novela”, en este caso, no sea exacto. O sí. ¿Quién sabe?

El caso es que el celta del título fue un tipo real, de carne y hueso, que vivió en los inicios del siglo XX y protagonizó, no una, sino tres o cuatro aventuras, cada una de ellas susceptible de haber pasado a los anales de la historia. Su nombre: Roger Casement, un buscador de fortunas que recaló en el mítico Congo Belga y se escandalizó ante lo que vio, escribiendo un informe tan demoledor que conmocionó a toda Europa. Desde entonces, el Congo es sinónimo de lo peor. Lo peor del horror. (Y ya sabéis lo que el Congo significa para mí)

(CONTINUARÁ)

(O sea, leed en la versión impresa, malandrines 😉

Jesús Lens.

LA COLINA DE LAS PIEDRAS BLANCAS

Este jueves 24, en la Librería Picasso de Obispo Hurtado, a las 19.30, presentaremos esta novela, en compañía de su autor, con el que podremos hablar de todo lo que planteamos a continuación ¿Te vienes?

 

Me llevé una buena sorpresa al ver esta novela, con la imagen de unos barcos a vela en la imagen de la cubierta, revestida con una faja roja que rezaba: “Finalista del Premio CajaGRANADA de Novela Histórica”.

Hace unos meses, a comienzos de año, se hizo público el fallo de la II edición del mencionado Premio, en la Sede Central de CajaGRANADA. Recuerdo que el ganador, Jesús Maeso de la Torre, hizo un entusiasta discurso, llegando a comentar que la belleza del edificio en que estábamos le había sugerido cambiar el título de su novela, que pasaría a llamarse “La cúpula del mundo”.

Entonces, yo no lo sabía, pero entre los invitados de esa noche se encontraba José Luis Gil Soto, que había concurrido al premio con una novela sobre el desastre de la Armada Invencible y que, aunque no lo ganó, ha sido publicada por la editorial Styria, en una preciosa edición en la que el continente está a la altura del contenido.

Al ver el título de la novela me pregunté si no tendría también que ver con nuestro querido Cubo, eso de “La colina de las piedras blancas”. Pero no. Cuando terminas de leerla entiendes a la perfección el origen del título, poético y evocador.

La novela tiene dos partes muy diferenciadas, pero ambas necesarias y perfectamente ensambladas. La primera nos traslada a Lisboa, a los preparativos de la partida de la Armada Invencible y, de seguido, a su desastre y hecatombe. La segunda parte se centra en los avatares del protagonista de la novela, que hasta ese punto ha sido más coral y colectiva, una vez que desembarca en Irlanda. Avatares, aventuras, encuentros, desventuras y desencuentros sin fin.

No es el histórico un género por el que suela transitar como lector. Y, sin embargo, cada vez que leo una buena novela del género, como ésta, me dan ganas de ahondar más en la Historia que cuentan. Con mayúsculas. Porque a través de las historias de los personajes, de sus vivencias y biografías, contextualizamos mucho mejor la frialdad de los datos, las fechas y los sucedidos que aparecen en los libros de texto de historia cuyo recuerdo nos resulta tan lejano.

Por ejemplo, me ha resultado harto curioso ver cómo uno de los grandes problemas a los que se enfrentó el ejército español, en aquella lucha contra los ingleses, además de contar con barcos grandes y pesados que estaban en inferioridad de condiciones para pelear contra los rápidos y pequeños barcos ingleses, tuvo que ver con una partida perdida de barriles.

Barriles.

Tal y como suena. Porque en los barriles era donde se guardaba la comida y la bebida que los marineros y los oficiales precisarían para subsistir durante la batalla naval con los ingleses. Y la falta de buenos y nuevos barriles hizo que se corrompiera tanto el agua como los alimentos de una marinería que estuvo al borde de la inanición. Batallas navales, por tanto, que distan mucho de ser siquiera parecidas a las secuencias de aventuras que estamos acostumbrados a ver en las películas. Porque en la raíz de la derrota de la Invencible, más allá de las proezas bélicas de los ingleses, se encuentra la desorganización de los españoles, la obsolescencia de sus barcos y la descoordinación a la hora de pertrecharse, prepararse y armarse.

Y después está, por supuesto, la relación de los personajes con sus compañeros, jefes y subordinados. Y las aventuras. Porque estamos en una novela, no lo olvidemos. Y entre la espectacularidad de las batallas de ficción en el cine y el frío análisis de los ensayos de historia está el prodigio de la mejor literatura, que ensambla la realidad con la ficción para contar historias respetuosas y fieles a la Historia.

“La colina de las piedras blancas” es una estupenda novela, en fin, con toques fantasmagóricos, propios de esa Irlanda brumosa en la que los ingleses y los irlandeses disputaban una guerra sin cuartel y en la que fue a naufragar un extremeño para darse de bruces con una realidad extraña que hace de la narración de José Luis Gil Soto una historia intrigante, apasionante y altamente adictiva.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.