CUAVERSOS DE… ¡IGNACIO!

De todos los cuerpos que

pusieron sus manos sobre mi espalda

el suyo ha sido con mucho

el que mejor ha sabido llevar en ellas

el peso de mi alma corrompida.

Apenas puedo explicar por qué la quise

pero recuerdo que entonces lo hice

en poemas que no valían una mierda:

más tristes que su última coartada.

El mundo me parecía insignificante

cuando aquella cama,

líneas paralelas de humedad,

huellas suaves tras el momento de la caída,

era el epicentro del amor.

Las pocas veces que me dejó abrazarla

después le miraba fijamente

siguiendo el rastro en sus pupilas

de todos sus amantes anteriores

y sus amistades,

hombres y mujeres que, en desfile multicolor,

pasaban para recordarme que yo era uno entre un millón.

Que llega la luz del alba

o tal vez la mala hora

enganchada al taxímetro,

para decirme que el mundo ya no es nuestro.

Íbamos al mismo bar,

nos gustaban las películas sangrantes,

esas en las que estalla tu corazón,

21 gramos, por ejemplo,

y aquellos versos que nunca escribió Ignacio

-pero que le pegaban-

que hablan de lo hermoso que será morir cuando llegue

la noche de al fin morir al fin

de al fin, amor mío, de morir la noche de al fin

morir… en el país sin nombre, sin despertar y sin sueños,

y que él hubiera escrito,

claro está,

con resaca y mucho humo.

Escribo este poema

y mientras la noche cubre tu pecho como un velo

-como el de mi más preciada marioneta-

sé que no puedo reemplazarle,

aunque alguien te dijo que

yo podía ser hermoso,

que aprendía rápido

y casi me convences

de que no es inútil invocar

la oscura mística de nuestro tiempo juntos.

CUAVERSOS: DESDE LOS AFECTOS. MARIO BENEDETTI

Los Cuaversos de hoy, de los que anoche dejábamos un anticipo en forma de vídeo, se titulan «Desde los afectos», son de Mario Benedetti y los recibí el pasado domingo, un día soleado y luminoso, en un e mail cargado de futuro.

 

Espero que les gusten tanto como a mí.

¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?

Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo,

Que nadie establece normas salvo la vida,

Que la vida sin ciertas normas pierde forma,

Que la forma no se pierde con abrirnos,

Que abrirnos no es amar indiscriminadamente,

Que no está prohibido amar,

Que también se puede odiar,

Que el odio y el amor son afectos

Que la agresión porque sí hiere mucho,

Que las heridas se cierran,

Que las puertas no deben cerrarse,

Que la mayor puerta es el afecto,

Que los afectos nos definen,

Que definirse no es remar contra la corriente,

Que no cuanto más fuerte se hace el trazo más se dibuja,

Que buscar un equilibrio no implica ser tibio,

Que negar palabras implica abrir distancias,

Que encontrarse es muy hermoso,

Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida,

Que la vida parte del sexo,

Que el «por qué» de los niños tiene un porque,

Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad,

Que querer saber todo de todos es curiosidad malsana,

Que nunca está de más agradecer,

Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo,

Que nadie quiere estar solo,

Que para no estar solo hay que dar,

Que para dar debimos recibir antes,

Que para que nos den hay que saber también cómo pedir,

Que saber pedir no es regalarse,

Que regalarse es, en definitiva, no quererse,

Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos,

Que para que alguien «sea» hay que ayudarlo,

Que ayudar es poder alentar y apoyar,

Que adular no es ayudar,

Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara,

Que las cosas cara a cara son honestas,

Que nadie es honesto porque no roba,

Que el que roba no es ladrón por placer,

Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo,

Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte,

Que se puede estar muerto en vida,

Que se siente con el cuerpo y la mente,

Que con los oídos se escucha,

Que cuesta ser sensible y no herirse,

Que herirse no es desangrarse,

Que para no ser heridos levantamos muros,

Que quien siembra muros no recoge nada,

Que casi todos somos albañiles de muros,

Que sería mejor construir puentes,

Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve,

Que volver no implica retroceder,

Que retroceder también puede ser avanzar,

Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol,

¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas salvo la vida ?
 
 
R.

VENCER AL MONSTRUO

Hoy es el Día Mundial contra el Cáncer. Una Amiga me dijo esta mañana que debería escribir sobre ello. Mi primera reacción fue en contra. Le dije que una vez ya lo hice, para IDEAL, y que no me creía en condiciones de volverlo a hacer.

 

Pero que lo pensaría.

 

Llegué a casa y, después de comer, me puse a teclear un puñado de palabras que, al terminar, mandé a mi Amiga.

 

No le gustaron. Demasiado frías.

 

Son éstas:

 

EL MONSTRUO

 

No te invade.

Lo llevas dentro.

Y te corroe.

Te devora.

Te destroza.

Te consume.

No es un virus.

Nadie te ha contagiado.

Pero lo llevas.

Te ha tocado.

No hiciste nada.

O quizá sí.

Da igual.

No es tu culpa.

 

 

Y, sin embargo,

a cada momento te preguntas

¿Por qué yo?

¿Por qué a mí?

¿Qué hice?

¿Qué no hice?

¿Qué pude hacer?

 

Ves sus sonrisas,

que ocultan lágrimas.

Escuchas sus voces,

falsamente tranquilizadoras.

Sientes sus caricias,

tensas, crispadas.

Y lo hueles.

Hueles su miedo.

Y, también, su satisfacción.

 

Porque no son ellos.

Porque a ellos no les ha tocado.

Porque eres tú.

No hay maldad.

Y lo sabes.

Pero no lo puedes evitar.

¿Por qué yo?

¿Por qué no tú?

O tú. O tú. O tú.

¿Por qué a mí?

 

Una pregunta

que ya te acompaña

por siempre jamás.

 

 

Sí. Son frías.

 

Pero no están escritas con frialdad.

 

Corrijo: ¿es posible que sean más distantes que frías?

 

El problema es la costra. El armazón del que te rodeas para evitar que el recuerdo te masacre.

 

O que te rompas por dentro, cuando te enteras de que él o ella también lo tienen.

 

El problema es la red de seguridad que tejes en torno a ti mismo y que te imposibilita telefonear al amigo que acaba de enterrar a su madre.

 

El cáncer.

 

Sí. Es una palabra maldita. Una palabra cuyo mero enunciado provoca terror, dolor, impotencia y una insondable sensación de vacío y soledad.

 

Cáncer. Posiblemente, la palabra más terrible que existe.

 

Pero se combate. Se vence. Se supera. Se sale. Se deja atrás. Muchas veces. Sí. Por fortuna, cada vez más. Puede sonar a tópico, pero cada vez hay más tratamientos, más medicinas. Cada vez se sabe más sobre él, sobre sus causas, sus orígenes… sobre la prevención, sobre la importancia de la detección temprana, etcétera.

 

Y, sin embargo, su mera pronunciación sigue provocando pánico. El horror vacui con que titulé aquella columna de IDEAL.

 

Tengo amigos que lo han pasado. Son gente felizmente alegre y consciente de la importancia que tiene la vida. Personas que conocen el valor de cada instante. Personas que valoran cada día como si fuera un regalo del cielo.

 

Personas que han sufrido y padecido. Que han ganado.

 

Pero a las que cada revisión las vuelve a hacer temblar de miedo. Personas, normales y corrientes que, sin embargo, son auténticos héroes que han librado una batalla imposible y que, venciendo a la muerte, han salido victoriosos.

 

Otros no han tenido tanta suerte.

 

Vaya por ellos, por todos, un sentido homenaje, hoy.

 

Aunque piensen que estas palabras son frías… no lo son. En absoluto. Salen del corazón. Un corazón encallecido, demasiado encallecido, en estos últimos diez años.

 

Pero es un corazón que no olvida, aunque a veces lo parezca. Aunque a veces lo intente. Aunque nunca lo consiga.

 

Jesús Lens.               

VIAJES ESTÁTICOS CON CHEMA MADOZ

Cuaversos visuales dedicados

a las personas que viajan

leyendo, soñando, imaginando…

 

Sostenía el escritor español Noel Clarasó que «Viajar sólo sirve para amar más nuestro rincón natal.»

 

No estoy de acuerdo. Yo lo replantearía diciendo que viajar también sirve para amar más nuestro rincón natal.

 

Además, viajar es un estado de ánimo, siendo posible recorrer el mundo desde la comodidad y la confortabilidad del hogar. Parafraseando al estadista inglés Benjamín Disraeli, «Como todos los grandes viajeros, yo he visto más cosas de las que recuerdo, y recuerdo más cosas de las que he visto.»

 

En estas semanas de casa, recogimiento y tranquila serenidad, releo a Cees Nooteboom: «Hace mucho tiempo, cuando aún no podía saber lo que sé ahora, opté por el movimiento, y más adelante, cuando ya sabía mucho más, comprendí que este movimiento me permitía encontrar la calma indispensable para escribir, que el movimiento y la calma, en cuanto unión de contrarios, se equilibran mutuamente.»

 

Completamos estas líneas con la poesía visual de Chema Madoz, un fotógrafo cuya imaginación no tiene límites.

 

Jesús Lens.

CUAVERSOS: ÁLVARO MUTIS & MAQROLL EL GAVIERO

Una vez compré un libro de Siruela que reunía todas las novelas y relatos de Maqroll el Gaviero, personaje mítico surgido de la fértil imaginación de Álvaro Mutis. La idea era leer una o un par de las narraciones, pasar de Maqroll, Abdul Bashur e Ilona temporalmente y, después, volver sobre ellos.

 

Fue imposible. El universo de Maqroll me atrapó, me abdujo y hasta que no leí la última página de la última historia, ya no paré. Después, me dio depresión.

 

Hace unos días, rebuscando entre los anaqueles de una librería, di con la «Summa de Maqroll el Gaviero» y me dieron palpitaciones. Se trata de la poesía reunida que tiene que ver con un personaje que es más grande que la vida. Y aquí les dejo este desasosegante

 

BREVE POEMA DE VIAJE.

 

Desde la plataforma del último vagón

has venido absorta en la huída del paisaje.

Si al pasar por una avenida de eucaliptos

advertiste cómo el tren parecía entrar

en una catedral olorosa a tisana y a fiebre;

si llevas una blusa que abriste

a causa del calor,

dejando una parte de tus pechos descubierta;

si el tren ha ido descendiendo

hacia las ardientes sabanas en donde el aire se queda

detenido y las aguas exhiben una nata verdinosa,

que denuncia su extrema quietud

y la inutilidad de su presencia;

si sueñas en la estación final

como un gran recinto de cristales opacos

en donde los ruidos tienen

el eco desvelado de las clínicas;

si has arrojado a lo largo de la vía

la piel marchita de frutos de alba pulpa;

si al orinar dejaste sobre el rojizo balasto

la huella de una humedad fugaz

lamida por los gusanos de la luz;

si el viaje persiste por días y semanas,

si nadie te habla y, adentro,

en los vagones atestados de comerciantes y peregrinos,

te llaman por todos los nombres de la tierra,

si es así,

no habré esperado en vano

en el breve dintel del cloroformo

y entraré amparado por una cierta esperanza.