MICHAEL HANEKE, PALMA DE ORO EN CANNES CON «LA CINTA BLANCA»

No parece haber sido una edición muy brillante de Cannes, aunque algunas películas interesantes se han podido ver, tal y como Carlos Boyero ha ido contando a través de las grabaciones hechas con un móvil y que constituyen un inmejorable fresco de esta edición del más famoso Festival de Cine del mundo (Para ver los vídeos, PINCHAR AQUÍ) Y estrenada «La cinta blanca», AQUÍ la crítica de Boyero. Y AQUÍ, la nuestra, personal y también favorable.

 

Al final, por encima de los Almodóvar, Amenábar, Gilliam, Tarantino, Loach, Coppola, Von Trier o Coixet, la Palma de Oro ha sido para Michel Haneke por su radical Blanco y negro en «Das weisse Band» y los otros grandes triunfadores de esta edición de Cannes son los filipinos Brillante Mendoza, como mejor director por «Kinatay»; la británica Andrea Arnold por «Fish tank» y el coreano Park Chan-wook por «Thirst».

 

La película de Haneke, como en él es habitual, cuenta el reverso oscuro y violento, durísimo, de la sociedad. En este caso, se va a la Alemania de los años anteriores a la I Guerra Mundial para contar las vidas de unos chavales a los que el futuro les deparará participar en la gran ignominia del siglo XX: el nazismo. Esto dice Haneke: «Primero son víctimas de la violencia, pero ¿en qué momento la convertirán en arma para su rol de verdugos? «Los niños no son sólo el futuro, sino también el pasado. Desde que Freud entró en escena, no creo que quede alguien que piense que infancia es sinónimo de inocencia. Y dado que todos fuimos niños alguna vez, tenemos una gran responsabilidad hacia ellos».

 

La crítica de Carlos Boyero es inapelable: «El bisturí de Haneke da miedo. El director pone en marcha todo su poder de sugerencia en «La cinta blanca» (Seguir leyendo). Una película polémica que dará que hablar y que se define como una bofetada a la concienca social en esta interesante entrevista.

De Haneke ya hemos hablado otras veces en este Blog. Por ejemplo, en este Post, discutiendo sobre la Originalidad o la Representación en el mundo del arte o en este otro artículo, sobre Finales que cortan el rollo.

 

 

Alain Resnais ha sido reconocido con un Premio Espacial por toda su carrera y, en fin, que el resto del palmarés, lo pueden consultar AQUÍ. 

 

Jesús Lens, cinéfilo.  

AGORA: AMENÁBAR vs. BOYERO

Tras su estreno en Cannes, ha llegado en loor de multitudes «Ágora» a las salas españolas. Con división de opiniones. En un momento damos la palabra a Boyero y a Amenábar, en vivo, y después enlazamos dos críticas, tan distintas como complementarias. Por cierto, que habría sido una buena película para incorporar a nuestro libro de cine y viajes, «Hasta donde el cine nos lleve», y que incluiremos en una nueva reedición del mismo.

 

Pero déjenme que opine en caliente y en breve, nada más salir de un cine abarrotado como hacía tiempo que no veía (ni la maravillosa «Up» o la estupenda «Enemigos públicos» lo conseguieron), debiéndonos congratular especialmente porque sea una película española la que lo ha conseguido. En caliente, como digo, «Ágora» me ha dejado bastante frío. Y siento tener que escribir esto, que a algunos parecerá una herejía. Pero es así. Tanta, tantísima intensidad y trascendencia en cada plano ha terminado por cansarme. Y, ojo, que técnicamente me parece irreprochable. Perfecta. Fantástica. Cada euro del altísimo presupuesto está excelentemente gastado e invertido, pero el contenido no está a la altura del fastuoso continente.

 

La obsesión de Hypatia acerca de los movimientos de los planetas, la verdad, no aporta nada a la película, más allá de definir al personaje y, al final, darle un final poético a su muerte. Pero esa parte de la historia es repetitiva y cansina. Sobre las historias de amor, nada tengo que decir. Aunque tópicas, están bien resueltas, contribuyen a dibujar y definir a los personajes y tienen el peso justo en la historia.

Y vamos con la madre de todas las discusiones: las guerras de religión. Resulta paradigmático que la película, rodada en inglés (el Latín de los tiempos modernos, Amenábar dixit) para favorecer su distribución internacional, no encuentre quién la estrene en EE.UU., supuestamente por lo mal que la película deja a los cristianos, convertidos en unos fundamentalistas de tomo y lomo. Y, sin embargo, para mí que, quiénes peor quedan retratados en la película son… los musulmanes.

 

En serio. No es una boutade. Aunque Alá y Mahoma todavía no habían hecho su aparición en escena, que el Arcángel San Gabriel aún descansaba cuando Alejandría se veía sumida en el caos; Amenábar ha vestido a los fundamentalistas cristianos de negro riguroso, de forma que, cuando incendian los libros y manuscritos de la Biblioteca, rodados en toma cenita, parecen auténticas cucarachas, idénticas a los chiitas del momento. Y Cirilo, el Pope Negro… ¡si es idéntico al Saladino que nos contaran las películas sobre las cruzadas, más moro que el mismísimo Otelo!

 

Y créanme que tenía dudas sobre todo esto… que quedan despejadas cuando, al final, antes de matarla y mientras la arrastran por las calles, los hombres del Cirilo cubren a Hypatia con un velo… que es un inequívoco Burka.

 

O sea, que «Ágora» se erige como canto contra la intolerancia y el fanatismo, sea de los paganos, de los judíos, de los cristianos y, aunque todavía no existieran, de los musulmanes. Lo que, como declaración de intenciones está muy bien. Pero dejarlo claro y huir del maniqueísmo requiere de tantas peleas, lapidaciones, traiciones y encendidos discursos que, sintiéndolo mucho, termino por desconectar. Me gusta más la recreación histórica de las calles de Alejandría, del Faro, de la Biblioteca y del Ágora que las proclamas existencialistas. Y, por lo mismo, el trabajo de los actores tampoco llega a emocionarme, más allá de la indudable y serena belleza de Raquel Weisz, un inmejorable acierto de cásting.

Hablo en caliente. Quizá, cuando pasen unas horas, más en frío, vea las cosas de otra forma. Pero de momento… pues eso. Y sobre el tema del cine español, ¿cuántos de los que defienden las bondades de «Agora» como cine español de calidad han visto, por ejemplo, esa joyita que es «Agallas», española por los cuatro cosatados? Porque lo de Amenábar es un fenómeno sociológico que convierte en anécdota al mismísimo Almodóvar cuando de convocar al público a una liturgia cinematográfica se trata. Pero el cine español es más, mucho más de la Doble A. No lo olvidemos a la hora de sacar cinéfilo pecho patrio      

 

Y, ahora sí. Que hablen los protagonistas. Porque a través de un vídeo grabado con un móvil, el director de la película, el niño prodigio Alejandro Amenábar, dice ESTO sobre el estreno, mientras que nuestro gurú y crítico de cabecera, Carlos Boyero, dice ESTO otro.

 

¿Qué pensáis?

El trailer, desde luego, es excepcional… Ahora, demos nuevamente la palabra (escrita) a Boyero: «Viendo el resultado de Ágora, es imposible hacerle reproches a su estética ni a su ética, a su argumentación moral ni al tono narrativo, a lo que trata de contar y a la forma de hacerlo. Pero a esa fuerza expositiva, a la necesaria e inaplazable crítica del fundamentalismo religioso y la asfixia que éste ejerce contra el pensamiento libre, le falta nervio, le falta capacidad de conmoción para implicar emocionalmente al espectador en una historia tan terrible, para que la barbarie que observas te remueva, para que el progresivo acorralamiento que sufre esa astrónoma atea te toque las entrañas.»  (Leer la reseña completa AQUÍ)

 

Pero hay otro artículo fantástico, AQUÍ,  en que Jordi Costa, directamente, asesina a Amenábar, al que odia cordialmente. Sin olvidar ESTE de Jacinto Antón, recordando a la verdadera Hypatia:

 

«Entre Cleopatra y Justine, la antigua reina y el personaje moderno de Lawrence Durrell, está Hypatia, la otra gran alejandrina. Juntas, las tres mujeres representan perfectamente el alma de Alejandría, la capital de los Ptolomeos -con los inigualables Biblioteca y Museo, el alto Faro y el Soma, la resplandeciente tumba del fundador, Alejandro Magno- pero también la ciudad arruinada de innumerables calles en las que se arremolina el polvo de la historia, la ciudad de las rencillas religiosas, la decrépita y melancólica del Viejo (Kavafis), la ciudad recreada por E. M. Forster, la ciudad, en fin, «de las cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones, el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la escollera, pero con más de cinco sexos», como la describió Durrell en su Cuarteto. Alejandría… con Atenas y Roma la gran partera de nuestra civilización y el crisol de tantos sueños, amores y maravillas.»

 

Jesús Lens, preguntón.

LA CLASE

Ha tardado varios meses en estrenarse la película de carácter semidocumental «La clase», desde que ganara la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes, presidido por Sean Penn, un actor y director al que se puede etiquetar como «comprometido» y que, en declaraciones previas al concurso, señalaba que el cine debe estar conectado con la vida y hablar de la realidad.

 

El punto de partida de «La clase» es muy sencillo ya que cuenta, en dos horas, el día a día del instituto de un barrio periférico y conflictivo de París. A través de la relación que se establece entre un profesor de lengua, y sus alumnos, Laurent Cantet ilustra los problemas a que se enfrenta a sociedad multirracial y pluricultural de este comienzo de siglo XXI.

 

La didáctica del profesor, Françoise, se basa en el mantenimiento de una constante dialéctica con sus alumnos. Partiendo de las preguntas que él les hace sobre cuestiones lingüísticas o literarias, Françoise no rehuye ninguna de las preguntas o cuestiones que los adolescentes, de entre catorce y quince años, ponen encima de la mesa. Les trata con honestidad, intentando ganarse su confianza y respeto.

 

Así, si «La clase» fuese una película made in Hollywood, tras un inicio entre divertido y facilón, mostrando a un profe enrollao, algún alumno plantearía un problema gravísimo, sería expulsado y después sería el mismo profesor el que, yendo a la casa del alumno y conociendo a su desestructurada familia, conseguiría reconducir la situación, haciendo que volviera a clase para terminar convirtiéndose en un alumno modelo.

 

Pero no. «La clase» es francesa y está basada en un libro escrito por propio actor que interpreta al profesor en la película, lo que contribuye a darle más verismo. Y lo que cuenta, todo lo que cuenta, es radicalmente cierto. Françoise Bégaudeau no ha inventado nada. No le hacía falta. La realidad ya es lo suficientemente rica, compleja y contradictoria como para que no fuera necesario dramatizar artificialmente la vida de los chicos del instituto.

 

Por tanto, toda la película transmite realidad a raudales. Sin banda sonora, circunscrita a los muros del instituto y con los alumnos interpretándose a sí mismos, a partir de determinado punto, las cosas empiezan a írsele de las manos al profesor. Porque no es perfecto. Como la vida, que no responde a un guión preestablecido, happy end incluido. Por eso el final, seco y áspero, cargado de un nihilismo brutal, termina dejando al espectador el sabor de la hiel en la boca.      

 

¿Y que dice Él, sobre «La clase»? Carlos Boyero escribió lo siguiente, tras su pase en Cannes: «una película empeñada en reproducir la vida sin adulterarla, en describir con conocimiento, respeto y sentimiento los conflictos que provoca intentar educar y enseñar, las tensiones de todo tipo que laten en un colegio multirracial y con mayoría de inmigrantes, el retrato de las preocupaciones prioritarias de los adolescentes alumnos, la táctica de un profesor joven y humanista para ser escuchado y respetado por chavales que sienten instintivo enfrentamiento con cualquier forma de autoridad.»

 

Lo mejor: la ausencia de moralina, el realismo a raudales de su propuesta y una tensión que se mantiene durante todo el metraje.

 

Lo peor: que va de más a menos.

 

Calificación: 7.

 

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

 

PD.- Si la ha visto algún profesor, sería estupendo contar con su opinión.