Buenas, soy Emilio Calatayud. Un padre boomer , que es amigo mío, le pregunta a su hijo adolescente cuando ve que va a salir de casa: «¿Vas al tontódromo?». Respuesta del chaval: «En plan, el tontoqué..?». A partir de esta anécdota, voy a explicar qué era un tontódromo en mis tiempos: un punto de la ciudad en el que los jóvenes se ponían a dar vueltas durante horas para mirar a los otros y ser mirados por los otros. Sonrisillas por aquí, guiños por allá, grititos, poses de chulo, secretos contados a la oreja… En fin, toda esa coreografía del cortejo que las redes sociales se han cargado. Sigue habiendo tontódromos, pero todos van mirando el móvil.








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