Las sinfonías de Mozart

Krips señalando con el dedo

Krips señalando con el dedo

Las sinfonías de Mozart son un tratado estupendo de la evolución del compositor, que parte de reminiscencias haydinianas y paternas, para derivar en ese estilo tan personal de sus últimas sinfonías. Hay algunos meritorios batuteros que se han atrevido a grabar la integral sinfónica del compositor, siendo los resultados una oscilación que va desde el más salvaje atentando hasta  el sentido homenaje, como si se tratara de un difunto con dinero.

La más justamente afamada es la que grabaron a la sazón, uno con más pimienta que el otro, Sir Neville Marriner (de la 1 a la 20) y el rechonchete Josef Krips (21-41), allá por los años sesenta y setenta. Los resultados son modestitos en cuanto a mordiente en el caso de Marriner, que nos muestra un Mozart sin demasiado sobresaltos, para hipotensos, y  para escuchar mientras conversamos de la alegría de Kafka con los amigos. También para la hora del tea con pastas. Una bella sonoridad al servicio de una imaginación de funcionario musical dos días antes de la jubilación. ´Prefiero pensar que la poca chicha de las partituras tuvo algo que ver en los resultados.

Una forma diferente de mirar a Mozart

Una forma diferente de mirar a Mozart

Lo que hace Krips es harina de otro costal. Es más, por la apariencia física de Krips, parece haberse zampado la harina él solo. En cambio, sus maneras musicales fueron de las más exquisitas que circularon en el mundo directorial por aquellos años. El maestro realiza un Mozart sin aristas, dulce pero profundo, de una claridad de líneas que para sí la quisieran muchos historicistas anémicos que confunden Mozart con la arterioesclerosis.
Krips desgrana al genio de Salzburgo desde un prisma amable, curiosamente, con la misma orquesta que años después el salvaje Harnoncourt revolucionaria el sonido Amadeus.

La cara y la cruz del genio la podemos encontrar en estos dos directores. Cada uno a su manera, consiguen un mozart hondo y moderno. El primero desde la sencillez, el segundo desde el dramatismo encarnado. Para no perderse ninguna opción, porque si te gusta Mozart, nunca falta curiosidad por escuchar nuevos “concetos”. Muy recomendable.

Harnoncourt “in tempori belli”, rezando como puede.

Nikolaus Harnoncourt y su forma de meterle caña a todo, da igual que sea una sinfonía de Bruckner o un oratorio. De las dos versiones del austríaco, recomiendo la primera para Teldec, ya que la segunda es una penosa reincidencia de la primera, por no hablar de un despropósito. Servidor se considera un admirador del director, y lo defiende a ultranza de los que le acusan de ser “el Toscanini de los instrumentos originales”. Harnoncourt es el redescubridor de Bach, junto a Leonhardt y su séquito, y uno de los máximos exponentes del resurgir de Haydn o Mozart. Sus trabajos pueden gustar o no, pero no cabe duda que siempre resultan interesantes.

Con El Mesías, Don Nikolaus está falto de tacto, poco presto al detalle intimista, aunque su Handel tiene el gancho suficiente como para no aburrir. En fin, ya que la opción resulta bastante asequible de precio, la recomiendo como un registro para iniciarse o, al menos, para concebir la obra de Handel como una composición barroca (tirando a rockera) y no como una obra religiosa.

Continuará….

McCreesh da clases en el Oxford English Handel

Para quien conozca la excelente versión del Requiem de Victoria de McCreesh, no extrañará que su registro de la obra de Handel pueda resultar también referencial. El Mesías del director de los Gabrielli Consort es intimista, rozando una introspección minimalista que corta el aliento. Los cantantes de su Mesías no son perlas del canto barroco, pero se exponen con auténtica devoción. Sin ser las estrellas rutilantes de Jacobs o Gardiner, cantan sentimientos, rezo y música, mucha música. Una versión a tener en cuenta a pesar los detractores, que lo acusan de ser “demasiado inglés”. Que yo sepa, los ingleses siempre han sido excelentes músicos, pero sin esa garra de…

René Jacobs le saca los colores a El Mesías

René Jacobs es un director de raza, y a él le gusta que se le trate como chef de orquesta y no como pretérito contratenor; es como si quisiera olvidar esa etapa madrigalesca de su vida. La verdad es que Jacobs, en mi modestísima opinión, no tuvo el empaste, la personalidad y la delicadeza de otros cantantes de su cuerda, como Deller, Jaurossky, Lesne o Kowalski (llamado “La callas de los contratenores”). Fue un trovador excelente, pero le faltó ese plus de genialidad, por cierto, muy poco extendido en esa rama del canto. En fin, pero estos son otros menesteres.

Decía que Jacobs se ha convertido en un director de orquesta esencial en la moderna discografía barroca. Son claves sus grabaciones de Handel o sus celebradas incursiones en el repertorio mozartiano, donde un pulso vibrante y ese sentido de la urgencia (inferior al del nervioso Minkowski) resulta muy reveladores del mundo del salzburgués.

Jacobs construye un Mesías diferente, preciso, bello de principio a fin, mezclando laúd y clave en el contínuo, aclarando las líneas hasta el infinito. En resumen, edifica un Handel exclusivo, mediterráneo, sin pesantez o religiosidad artificial. Al contrario, la devoción musical de Jacobs es intimista, hasta tal punto que el famoso “Aleluya” suena ligero. Una joya, además, de sonido excepcional. Ah, y un lujo de cantantes. Sin duda, la opción moderna con permiso de…

El batiburrilo historicista se ceba con El Mesías

Después de la experiencia espontánea, caprichosa, grandilocuente y fuera del tiesto (gloriosa fuera del tiesto) de Sir Thomas y sus allegados, hagamos hincapié en los historicistas, aunque más adelante volveremos a otras versiones llamadas “históricas”, por su importancia musical.

¿Qué grabación historicista es la más recomendable? Volvamos a la eterna discusión, a la falta de entendimiento entre melómanos, a la sinrazón de “mi sensibilidad musical es la que cuenta”, a los gustos como colores… aunque todo el mundo coincide en que la registrada por Gardiner reúne todas las cualidades para ser entronizada con los ojos cerrados. En efecto, Sir John cuenta con una orquesta muy labrada en estos menesteres, la English Baroque Soloists, y, sobre todo, con un coro imbatible, el Monteverdi. Este detalle es el que sienta cátedra en cuanto a las ventajas de esta opción. También cuenta con unos solistas excelentes, siendo Margaret Marshall la que se lleva la palma, por experiencia y buenos modales haendelianos. En fin, al referencia moderna, con permiso de…

El perfecto Mesías en disco, qué gran cosa

Portada de El Mesías, RCA

Portada de El Mesías, RCA

Siempre que me preguntan por alguna buena versión de El Mesías, la obra que hizo Haendel para mayor gloria de su Aleluya, no encuentro una respuesta clara, porque no resulta fácil establecer una “pole position” de versiones referenciales. En una obra donde pululan tantos gustos como colores vocales y orquestales, lo primero, piensa un servidor, es saber qué es lo que quiere uno, si una prestación canora a la antigua usanza (tenores wagnerianos como Vickers, con un par, metidos con calzador a cantar oratorios como el que vende pescado) o a la moderna (voces en estilo pero frecuentemente débiles, blancas o simplemente sin personalidad: algunas hasta miserables). También corresponde delimitar los gustos orquestales, ya que no es lo mismo oír la obra con una orquesta sinfónica que con una de instrumentos originales. También el coro influye en la elección.

John Vickers y la señora Monster.

John Vickers y la señora Monster.

Con estos preliminares, optaremos por el Mesías que mejor nos entre, o el que más allá del placer efímero, nos emocione o convenza. Ardua tarea.

Conozco melómanos que aún escuchan los antiguos elepés de Sir Malcolm Sargent y su Orquesta de Liverpoool, versión lenta, llena de pathos y profunda humanidad (EMI). También es habitual, aunque cada vez menos, decantarse por la versión orquestada por Eugenne Goossens (curiosamente, la reina de Inglaterra le quitó el título de “Sir” por coquetear con el ocultismo más sospechoso) para la versión de Sir Thomas Beecham para RCA. Este registro reúne un reparto que canta a la heroicidad de Cristo más que a su bondad. El arriba citado Vickers canta “Comfort ye” como si estuviese declamando a Tristán. Toda una experiencia para los que adoran los oratorios con un toque de pimienta parsifaliana. Beecham dirige como es habitual en él, inspirándose sobre la marcha, pero consiguiendo momentos de espiritualidad que se echan en falta en bastantes de los registros modernos, ya os digo, algunos dignos de figurar en una sala de esculturas de hielo. La señora Sinclair hace gala de su fama y el incansable Giorgio Tozzi, que lo mismo cantaba el Renato de Un ballo in maschera de Verdi, que intervenía en una ópera de Barber. El bajo muestra generosidad en sus partes cantables, destacando un lucido “The trumpet shall sound”.

Beecham junto al barco de Chanquete

Beecham junto al barco de Chanquete

Por mi parte, recomendarles esta grabación no es un acto de maldad, sino un gesto de cariño, ya que encierra mil y un tesoros que los prejuicios de la modernidad mal entendida han extendido en pos de una “originalidad” más centrada en el sonido que en lo que dice el sonido. Como no soy del Betis ni del Sevilla, lo mismo le recomiendo esto que lo que viene a continuación…

Tercer capítulo sobre Papá Peluca

En 1717 se traslada al servicio del Príncipe Leopold, donde encuentra la suficiente estabilidad+ pelas como para escribir música. Más quemado que las maracas y el conjunto orquestal al completo de Machín, por fin puede componer algo más que Cantatas y alumbra algunas de sus mejores obras (para mí lo son todas), como los Conciertos de Brandemburgo, las Sonatas para Violín, las indicadas para las curvas del violonchelo y, sobre todo, el excepcional universo moral de El clave bien temperado. Esta obra profunda y de una belleza más allá de las formas, es un perfecto tratado tonal, aunque también podría definirse como un tratado filosófico. Los entendidos ya me entienden.

Pero acercarse a la felicidad siempre conlleva el riesgo de perderla. En 1720, el genio pierde a su primera esposa, María Bárbara, una chicarrona del norte de Europa con la que tuvo siete hijos que alimentar en todos los sentidos. Después de un período de derrumbe lógico, Bach encuentra de nuevo el pálpito del cuore durante uno de sus concierto de órgano. La afortunada a la que colgar siete churumbeles era una profunda admiradora del arte de Papá Peluca. Tanto que le daría trece hijos, trece. Hay que querer mucho para eso, señores.

En el próximo capítulo os narraré cómo fue el encuentro, reproduciendo la epístola a los enamorados que Ana Magdalena en su furor escribió tras los primeros compases del latido. Como un tantán de la selva.

Papá Peluca (II)

En aquella época, pasear era obligatorio, ya que decir que querías comprarte un Opel era sinónimo de muerte segura en la hoguera por brujo. Pero al bueno de Johann es que le encantaba peregrinar a pierna suelta por los rincones de la ciudad. Esta costumbre de la alpargata extrema le llevaría incluso a hacer a patita sus innumerables y pesadas mudanzas.

Con quince años ya supo lo que eran unas oposiciones “a la española”. Habiendo ganado una plaza como tocador de órganos en Lüneburg, fue concedida a otra persona, aún cuando por aquel entonces los enchufes eran a candil o a dedo. El enchufado en cuestión no sería el primer Caín sobre pedales que se encontraría este santo, ya que se contabilizan tantos cabrones en su vida como cantatas compuso.

Tras tapear como mayordomo musical del Duque Johann Ernst (Juan Ernesto para los lugareños, una gran fortuna que ha quedado para la posteridad como un triste recuerdo de hemeroteca y dos retratillos de época), lo absorbente y pelmazo de su carácter impedía desarrollar a Bach su vocación como organista.

Sobre Papá Peluca (1)

Bach entretenido con la factura del móvil

Bach entretenido con la factura del móvil

Bach nació en Eisenach, un dato que probablemente a ti te importará un calabacín, salvo que seas de la misma ciudad. Eisenach es una urbe de Alemania que antaño fue una de esas diminutas ciudades empedradas para gozo de tullidos, donde la gente podía hacer cosas tan humanas como pasear un carro, adelantar en mula, tener una posada llena de roedores, beber cerveza cantando valses decadentes, oler a salchicha peleona,  e incluso tocar el órgano a la gente. He aquí la habilidad de nuestro Johann Sebastian, hijo de Ambrosius, un trompetista y director musical de la ciudad de marras.

Pero ralentizo un poco la biografía, porque este hombre era un genio, vale, pero no tanto como para haber nacido componiendo cantatas, motetes y otras piezas de alta cilindrada. Pero casi fue así, porque la familia Mastropiero ya llevaba varias generaciones componiéndoselas para sobrevivir enchufando partituras a los mecenas que daban los posibles para que los Bach compusieran lo imposible. No era como ahora, desgraciadamente, donde unos pelanas (Johann también tenía una pelana en la cabeza, blanca oveja y con rulos) se forran con cancioncillas atascadas de “tripis” en la lista de los más vendidos. Bach se ahogó en su tiempo, y salió a la superficie un par de siglos después.

El melómano

El melómano es un individuo culto, pero nadie siente envidia de él. En general, suele ser una personilla reservada que disfruta con los placeres y retortijones emocionales que le proporciona la música fresca o enlatada. Resumiendo, un hombre de inamovibles convicciones, o dicho de otra forma más sugestiva, un cabezón: si le gusta Karajan, matará a su familia entera por defender el nombre y los gestos de su ídolo, a la sazón un individuo genial que pasó a la historia por mover el pelo enlacado como nadie. Y que conste que a mí me gusta la laca.

Este blog no pretende pontificar, sino más bien bajarse del pedestal de los elegidos y compartir impresiones y humores contigo, picaruelo lector. Espero que compartas, si tu religión te lo permite, mis gustos y disgustos musicales. Hay mucho donde elegir, porque esto de la música es como una gran farmacia,  unas pocas medicinas curan, y las que más, matan de aburrimiento. Hablaré de todos, porque los músicos anestesiantes también tienen derecho a que se les diga “levántate y anda, aunque sea sólo un poquito para saber que estás vivo”. También hablaremos de ese diván de psiquiatra que es la dirección de orquesta, de los cortes de pelo de los magos de la batuta, y del diván de manicomio que es la grabación perfecta: ese disco soñado que jamás se ha grabado pero que muchos se empeñan en comprar.

En resumen, parto de la nada y es posible que llegue a la más absoluta de las miserias musicales. No en vano, no es un experto el que te escribe, sino un simple aficionado que ha recibido el encargo de cartearse contigo. No sé muy bien que es un blog, al principio pensé que era una especie de flamenquín. Ahora descubro su utilidad, que no es ni más ni menos que la telepatía escrita. Gracias de antemano, espero que me busques como quien busca a un amigo. Eso sí, nada de besitos, sólo música.

Míralo, qué bien peinaico.

Míralo, qué bien peinaico.

Hasta pronto.

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