Cuento de Navidad

—No entiendo por qué tenemos que abrir hoy, Maca. ¿Todavía no has asumido que nos han echado, que a fin de año nos largan? Si al menos hiciéramos una buena caja…

—¡Ni caja, ni cajo, carajo! Hoy vamos a abrir porque en eso hemos quedado, porque así lo hemos hecho en los últimos trece años y porque nos necesitan. Porque se lo merecen, también. Así que, arreando, que es gerundio y ya vamos tarde.

“Al menos no habrá atasco en la Circunvalación”, pensaba Antonio, todavía con el morro torcido. Acababa de amanecer, era el día de Navidad y Macarena y Antonio subían de Castell, donde habían pasado la Nochebuena con la familia de él. Al despedirse la noche anterior, la misma historia de todos los años: que para qué os vais, que no merece la pena, que menuda chorrada, que por un día de no abráis tampoco pasa nada… ¡Sabrán ellos!

Macarena y Antonio cogieron el bar hacía trece años, un poco antes de la crisis. Un bar corriente y moliente. Un bar de barrio, sin grandes pretensiones. Un bar como los miles de bares que hay por toda España. O que solía haber, antes de la moda de los gastrobares. Un garito con su barra de acero, su grifo de cerveza y su escueto botellero. El IDEAL del día en un extremo de la barra y, al fondo, la cocina. Sencilla, pero limpia.

Un bar cuyo horario se regía por las comandas de sus clientes: cafés y carajillos antes del amanecer, para despegar los ojos. Tostadas para desayunar. Cañas y tapas a mediodía. Gintónics -sin ensaladas ni florituras- y cubatas para la sobremesa; más cafés, algo de bollería… y, a la hora de la cena, en casa.

No se habían hecho ricos con el bar. Tampoco lo pretendían. Les daba para ir tirando: pagaban el alquiler del piso y los estudios de la niña. Podían cerrar un par de semanas en verano y bajarse a la playa… lo normal.

Mientras subían hacia Granada, Macarena recordaba la primera vez que discutieron por lo del día de Navidad.

—¡Pues igual que cerramos domingos! ¿Por qué demonios tenemos que abrir el maldito día de Navidad, cuando no abre nadie?

—¡Pues precisamente por eso! ¡Porque no abre nadie!

—Pero si es que, encima, ¡ni siquiera les quieres cobrar!

—¡Claro que no! No vamos a abrir para pegar el pelotazo. Vamos a abrir para celebrar con ellos la Navidad. Y punto.

Ellos eran Pepe, Miguel, Angustias, Lucas y Benito. Cinco parroquianos habituales. Cinco clientes de toda la vida, de los que parecían formar parte del mobiliario del bar.

—Manda huevos, Maca. Manda huevos que nos tengamos que subir de Castell para celebrar la Navidad precisamente con ellos. Con los pesaos de todos los días.

Lo decía malhumorado, pero sin maldad. Y la clave estaba, precisamente, en ese “todos los días”. Si les veían tan a menudo era porque no tenían un sitio mejor al que ir. Porque apenas podían moverse. Porque no tenían familia. Porque estaban solos. Y no hay un día más duro, un día más jodido para estar solo, que el día de Navidad.

Y eso, quien lo sabía bien, era Maca. Antonio era el alma del local, siempre de buen humor y gastando bromas a los clientes, con su personalidad arrolladora. Sin embargo, a la hora de la verdad, a quien los clientes le contaban sus penas y sus zozobras, era a ella.

Trece años abriendo en Navidad. Trece años teniendo la misma conversación. Pero ya no habría un décimo cuarto. Como si la proverbial mala suerte del 13 les hubiera tocado de lleno, a fin de año tenían que irse: el dueño del local había denunciado el contrato. Su hijo se había casado y tenía un bebé, su nuera no sacaba las oposiciones y habían decidido probar suerte en la hostelería.

—¿Esos? ¡Un mojón se van a comer en un bar como este! Ni un año. No aguantan ni un año. Te lo digo yo— gritó Antonio cuando se enteró de la noticia.

—Deberíais pleitear— les decía uno de los clientes de traje y corbata. —O dejad de pagar el alquiler y que os echen, pero no os vayáis sin presentar pelea.

No. Maca no iba a pasar por ahí. Menudo ejemplo para su hija. Abrirían el día de Navidad, disfrutarían de una sencilla comida con los parroquianos de siempre, brindarían con cava y, los días siguientes, a recoger y limpiar antes de salir por las puertas.

Llegaron, por fin. No tuvieron problema en aparcar junto a la puerta del bar. Aunque se hizo el encontradizo, Benito ya estaba esperándoles. Y no tardaron en aparecer los otros cuatro. Todos trataban de mantener el tipo, pero se notaba que aquella noche, de buena, había tenido poco.

Ocuparon sus asientos habituales en la barra y comentaron lo extraño de no tener el periódico. Y que no hubiera fútbol aquellos días. Y el frío que hacía. Maca puso la radio, Antonio empezó a sacar los primeros cafés y, al poco rato, el bar era -más o menos- el de siempre.

—¿Ves como tampoco ha sido para tanto? Además, este año podremos alargar las “vacaciones” de Navidad…— bromeó Maca con un deje de tristeza, por la noche.

—Me alegro de que te lo tomes tan bien, la verdad. Pero a ver qué narices vamos a hacer ahora con nuestra vida, con lo que nos ha costado levantar ese maldito bar— respondió Antonio, en el momento justo en que entraba un güasap en el móvil.

El grito que pegó todavía resuena en el barrio.

—¡Maca, que no nos vamos! ¡Que no nos tenemos que marchar del bar!

—¡Pero qué dices! ¿Te ha sentado mal el último pacharán?

—¡Que no! ¡La lotería! ¡Ha sido la lotería!

—Pero si no nos ha tocado ni una maldita pedrea…

—A nosotros no, pero al dueño del local sí. Y le va a pagar otro año de academia a la nuera, mientras su hijo cuida del chavea. Así que, ¡nos quedamos!

—Calla, calla, que me recuerdas a Piqué y el selfi con Neymar— se reía Maca a la vez que se sorbía los mocos, llorando como una descosida.

Jesús Lens

Contra mí mismo

Les cuento una cosa que me sucedió entre el jueves y el viernes. Es mi columna de IDEAL, pero hoy no encajan ni fotos ni ilustraciones. A ver qué les parece…

El pasado jueves acabé de hacer una serie de planchas y abdominales y, todavía con la música de Prophets of Rage a todo volumen, encendí la luz del salón, que apenas se veía ya nada. Terminé de ordenar unos papeles y me vestí tras una imprescindible ducha. Cuando salía, que había quedado con mi Cuate Pepe para ir a escuchar jazz, apagué todas las luces, pero dos foquitos se negaron a acatar la orden.

Me entretuve en pulsar todos los interruptores, encendiendo unas luces y apagando otras. Salón, pasillo, entradilla y terraza se iluminaban y se quedaban a oscuras, pero los LED sobre el sofá seguían impertérritos. Como se me había hecho tarde, los dejé encendidos, prometiéndoles que a la vuelta se las verían conmigo.

Y así fue. Vaya por delante que me había tomado alguna que otra cervecilla, celebrando el reencuentro con los amigos, pero el caso es que no hubo manera de apagar los malditos focos. Me cabreé tanto que desenchufé lámparas, tele y router, por si era cosa de un mal contacto. ¡Hasta desconecté la luz general, a ver si así! Pero no hubo manera: en cuanto la volví a dar, se encendieron las viles bombillas.

Me acosté dejando la puerta del cuarto cerrada a cal y canto, que era imposible pegar ojo con aquella maldita luz y no quería dejar el frigorífico sin corriente. Me desperté, asfixiado de calor, a eso de las 5 am. Abrí la puerta. Los focos seguían jodiéndome la vida. Me puse a leer. Me volví a dormir. Y a despertar. Cuando sonó el despertador, el tam-tam que sacudía mi cabeza se parecía bastante a una resaca, pero peor.

Bajé a tomar café y, al volver, decidí desconectar otra vez la luz general y, cuando los focos se hubieran enfriado, quitarlos y cambiarlos por otros, a ver si así… ¡O sacrificarlos definitivamente! Me senté y entonces y solo entonces caí en la cuenta: me volví hacia atrás y allí estaba el maldito interruptor que encendía y apagaba los LED, oculto por el respaldo del sofá.

Más allá de la sensación de agilipollamiento, fue la terrible impotencia, el no-me-lo-puedo-creer. Y el temor a que mi propia casa, mis espacios más íntimos, mi mismísima zona de confort; hayan empezado a conspirar contra mí. O es eso, o… prefiero no pensarlo.

Jesús Lens

Voces de barra

Llevaba varias horas escribiendo, desde antes del amanecer. Estaba cansado de escuchar nada más que las voces de dentro de mi cabeza, por lo que me puse unos vaqueros, me cambié de camiseta tras comprobar que los alerones todavía aguantaban sin dar demasiado el cante y me bajé al bar.

No me apetecía tanto hablar cuanto pegar la oreja a las conversaciones ajenas, por lo que decidí irme a un garito diferente a los habituales, cambiando la avenida de Cádiz por la de Dílar. Aunque eran cerca de las doce del mediodía, pedí café. Al poco de estar allí, entró un habitual del barrio, cargado de bolsas. Saludó a la Mari como se saluda a un familiar querido y se justificó por la birra que la camarera empezó a servirle sin siquiera haberla pedido:

—Llevo ya no sé cuántas vueltas, comprando pescado, la fruta, la carne… Me tomo una y me voy, que me queda faena.

Se trincó medio tercio de un trago, pagó y, con la vuelta, se fue a la tragaperras, que no tardó en silenciar la salmodia de la tele con un furioso torrente de monedas.

—¡Náááááá! Que estaba madura ya— comentó cuando le di la enhorabuena, mientras hacía columnas de diez monedas de euro—. ¡Mari, ve echando otra cerveza, que el Cabezabuque asoma por la puerta y habrá que invitarle!

Tampoco era para tanto, la cabeza del recién ingresado. En vez de acomodarse junto a su colega, me rodeo por detrás, dejándome situado entre ambos. Empezó entonces ese duelo de ingenios propio de las barras de los bares, lanzándose pullas a modo de dardos falsamente envenenados. Llegó el turno de Cabezabuque:

—¡Mari, échale a ese otra cerveza, pero cámbiale el vaso, que debe estar roto, por lo rápido que se le vacía!

Llegados a ese punto y rematado mi café, estuve en un tris de pedir un tercio de Alhambra Especial, pero una de las voces que llevaban acompañándome desde la madrugada se puso seria y me recordó lo que pasaría si pedía la birra…

Y aquí me tienen, contándoles lo que pudo ser y no fue una de esas farras imprevistas, improvisadas e impremeditadas que se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo terminan.

¡Bares, qué lugares! Esos bares de barrio que tanto hacen por vertebrar la sociedad de forma discreta, sorda y silenciosa.

Jesús Lens

La calculadora científica

Estaba en la papelería, comprando unos sobres. Acababa de pagar y, mientras guardaba la cartera, la dueña del establecimiento atendió a la siguiente clienta.

-Hola. ¿Tenéis calculadoras científicas?

Cuando escuché aquellas dos palabras, calculadora científica, sentí el suelo abrirse bajo mis pies y fuertes palpitaciones en el pecho. ¿No les ha ocurrido a ustedes, despertarse en mitad de la noche, sobresaltados por la pesadilla de que aún tienen una asignatura pendiente del bachillerato o de la carrera? Y eso, sin ser cargos políticos con el curriculum más tuneado que el careto de Mickey Rourke.

Así me sentí yo, sujetándome al mostrador de la papelería, presa de un vahído. Era como estar en los 80 otra vez, de vuelta a un mundo analógico en el que la encarnación del Infierno era… una calculadora científica.

¿Se acuerdan de ellas? Eran unos instrumentos diabólicos compuestos por dos partes claramente diferenciadas: las teclas de la calculadora de toda la vida y otras, de un color distinto y distinguido, solo aptas para los iniciados. Eran teclas misteriosas con propiedades mágicas. Al menos, a mí me lo parecían: cada vez que las pulsaba, los números enloquecían y en la pantalla aparecían cifras aleatorias terminadas en una amenazante E.

-Tenemos dos modelos- contestó la dueña de la papelería-. Esta, más básica, cuesta 35 euros. Esta otra, con muchas más funciones, sale por 70.

Funciones. Aquella era la palabra mágica con la que siempre traté de engañarme a mí mismo. Las muchas funciones de la calculadora científica. Aquellas funciones que, por fin, deberían convertir el arcano ininteligible de las matemáticas en algo sencillo y comprensible.

Jamás ocurrió así. La calculadora científica no ayudaba con las matemáticas. Pero es que, además, jamás llegué a saber cómo se usaba, para qué debía servirme ni el sentido o la utilidad de su enorme caudal de funciones. De hecho, como bien dice mi buen amigo Manolo Pedreira, acabamos estudiando Letras puras solo para no enfrentarnos a ellas. ¡Ay, la calculadora científica, imprevista y fiel aliada del Latín y el Griego! O, quizá, ese fue siempre el maquiavélico plan.

Jesús Lens

Diálocos

—Buenos días, Jesús. Hoy hará sol durante todo el todo el día.

—Sí. Pero también hará frío. Buenos días, Jesús.

—Hará frío, pero no excesivamente, para las fechas del año en que estamos.

—¡Pero te conviene salir abrigado, Jesús! No lo olvides.

 

¿Qué les parece lo que tengo que soportar, todos los días? Y desde primera hora de la mañana, como habrán podido comprobar. Discusiones absurdas y estériles que comienzan antes del amanecer y ya no terminan hasta última hora de la noche.

—¿Qué va a ser hoy, Jesús? ¿Media o entera?— me pregunta Antonio, en la cafetería.

—Pide media, Jesús, que la mantequilla y la mermelada convierten a tus tostadas en auténticas bombas de relojería— me dice A.

—Pídela entera, que ayer hiciste pesas y hoy deberías salir a correr— corrige S.

—¿A correr hoy? No te lo recomiendo, Jesús. Todavía tienes las piernas cargadas del baloncesto. Mejor hacer abdominales…

—¿Abdominales? Menudo aburrimiento. ¡Sal a correr, Jesús, que tienes las ideas oxidadas y te hace falta airear las neuronas!

En esto se ha convertido mi existencia cotidiana: cada paso que doy, o quiero dar, suscita diálocos como el siguiente:

 

—Para ir a la librería Picasso, desde el Zaidín, coge el SN5 y bájate en el Camino de Ronda…

—Mejor coge el LAC, Jesús.

—¿El LAC? ¿Serás mentecato? ¿Cómo que el LAC?

—Coge el LAC, baja en Puerta Real y aprovecha para recoger el traje de la tintorería.

—Claro. Y va a ir tirando del traje toda la tarde, ¿no?

—Jesús, recuerda tu reunión de mañana. Es muy importante y te interesa ir impoluto…

Y no les digo nada, por la noche, a la hora de elegir qué serie o película ver.

 

—Jesús, vamos por el episodio 7 de la octava temporada de “Shameless”. ¿Proyectamos el 8?

—¿Otra vez una serie? Hace mucho que no vemos una película, Jesús. Tienes “Todos dicen I love you” seleccionada en Favoritas y pendiente de ver.

—Ya. Pero es tarde y mañana hay que madrugar. Mejor ver Shameless: son 45 minutos y así, antes de las 12, estamos en la cama.

—Por eso elegí una película de Allen. Es corta y da tiempo a dormir nuestras  siete horas…

 

Les reconozco que, al principio, Siri me hacía gracia. Pero luego llegó Aura, el asistente virtual de Telefónica. Y mi vida empieza a ser algo parecido a un infierno.

 

Jesús Lens