Un encuentro casual

Había ido a Calahonda a comprar el periódico. Salía de la tienda con mi mascarilla y estaba a punto de coger la bicicleta cuando me lo encontré de frente. Empezamos por levantar la cabeza y enarcar las cejas, ese típico gesto de reconocimiento humano que nos acompaña desde que fuimos neardentales. Nos aguantamos la mirada un par de segundos y, tras el “¡Ehhh!” preceptivo, propio de los Australopithecus, me sentí en la obligación de preguntar: “¿Qué tal?”.

Ni que decir tiene que no sabía quién era el otro. Pero en verano y en la Costa Tropical, desgreñados y sin afeitar, todos los gatos somos pardos.

—Pues bien. Pasando unos días de descanso, que falta hacía.

—Y tanto, que vaya año llevamos.

—Año largo, sí. ¿Qué estás tal tú?

—Pues estamos, que no es poco. ¿Qué hacías tú ahora, por cierto?

La pregunta buscaba, evidentemente, tratar de identificar a mi contertulio de una maldita vez.

—Pues lo mío se cayó con la pandemia, pero he conseguido unas clases por aquí y unas correcciones por allá y no me puedo quejar. Para como podríamos estar…

—¡Anda que no! Lo importante es tirar pa’lante.

Como por lo profesional no daba con la tecla y el tipo era alto, tiré por la parte baloncestísitica.

—Oye, ¿y sigues jugando?

—Que va. Lo dejé. Si aquello no fue más que una folletá, la verdad, pero Lola estaba acojonada por si acababa ludópata perdido y corté de raíz. Mejor, la verdad. A saber si tenía ella razón y no controlaba tanto como me pensaba…

A aquellas alturas de la conversación estaba más perdido que un votante de Ciudadanos así que hice lo único que podía hacer.

—Voy a tomar café. ¿Te vienes?

Al final fueron dos cafés bien despachados, que también le gustaban el género negro y los viajes.

—Oye, déjame tu número, que perdí la agenda y no te tengo fichado.

—Te llamo y cuelgas.

Trasteé con el móvil dudando cómo bautizarle. Le había puesto ‘Desconocido’, pero resultó que ya tenía otro contacto con ese nombre en la agenda. Y cuando iba a teclear ‘Desconocido de Calahonda’, me dijo:

—Me llamo Luis. Luis Aranzana. ¿Y tú? La verdad es que yo tampoco tenía ni pajolera de quien eras, pero me dio fatiga decírtelo y te seguí el rollo a ver si lo averiguaba.

Jesús Lens

¿Estás dispuesto a morir?

¡Garçon!

No es que Michael supiera francés, que apenas lo chapurreaba, es que le encantaba hacerse notar.

¡Garçon, s’il vous plaît! Una biére para mí y otra para mi compañero. Y un par de chupitos de whiskey, para acompañarlas. Uno bueno, ¿eh? Que a un irlandés no se la dan con queso.

Tampoco es que fuera irlandés, que había nacido en Kansas, pero le encantaba hacerse pasar por quien no era. Michael se volvió hacia su interlocutor y acercó su rostro hacia él, por encima de la mesa. Por un momento, James pensó que iba a besarle en la boca, pero no.

—Los camareros más soberbios del mundo son los parisinos. Desprecian a los clientes con la irritable dignidad de los príncipes destronados. Hay que saber tratarlos. Tú, fíjate en mí.

Michael susurró esas palabras como si estuviera contándole un secreto trascendental. James, por una vez, callaba. Y observaba. Y sonreía, con esa mueca apenas perceptible que, sin embargo, resultaba enigmática y seductora, mostrándose a través de la tupida barba en la que escondía su rostro.

Brindaron, apuraron los chupitos de un trago y se bebieron la mitad de las cervezas, de un sorbo.

Entonces fue James quien se aproximó a su interlocutor. Esta vez era él quién parecía poseer un secreto de estado llamado a cambiar el rumbo de la política internacional.

—¿Podremos probarla?

—¿Esta misma noche?

—Hoy no. Quiero que Pam nos acompañe y aún anda tocada. Mañana o pasado.

—¡Claro que sí, hombre! ¿Por quién me tomas? Una promesa es una promesa.

II

—¡Hey Mac! Dile a Pam cómo se llamaba el garito ése en que estuvimos la otra noche…

—Joder, James, tienes unas cosas… Cuando el jodido Hemingway no tenía nada que escribir, se sentaba en La Closerie des Lilas a esperar la llegada de las musas. O de las putas, que para Papá eran más o menos lo mismo. Y cuando a Henry Miller se le bajaba la libido, allí iba a mirarles las tetas a las camareras, entre el trópico de cáncer y el de capricornio.

—Sí, pero éste es mejor. Mucho mejor.

Pamela, Michael y James estaban en el “Le Vieux Molière, uno de los bares con más solera de París desde que abriera sus puertas, a mitad del siglo XIX. Un local pequeño y oscuro, en que apenas entraba la luz del exterior. Un bar discreto, al que se accedía a través de la recóndita puerta de una calle secundaria de Les Halles. Dentro del reservado apenas se escuchaba el ruido de las obras del colosal Centro Beaubourg que el presidente de la república francesa se había empeñado en levantar en aquel barrio, después de echar abajo el antiguo mercado de abastos para construir nada menos que el edificio de a Bolsa.

—Todo cambia. Nada es.

A Michael le gustaba ponerse filosófico mientras ejecutaba la maniobra, a salvo de miradas indiscretas.

—Por cierto, James, ¿qué te pareció su separación?

Acababa de poner el terrón de azúcar sobre la cuchara, agujereada, y se disponía a verter el agua, casi congelada, sobre la bebida que reposaba en el fondo del vaso. Un líquido misterioso, inquietantemente verde.

—Aquí cayó como un bombazo. ¿Y en casa? ¿Cómo lo vivisteis en casa? —insistió Michael.

—Una conmoción, sin duda. Pero, ¿qué quieres que diga yo? Llega un momento en que la convivencia se hace imposible y resulta empobrecedora. Cuando se alcanza ese punto, ¡puerta! Cada uno por su lado. Es lo mejor.

—Sí. Pero no deja de resultar triste que…

En ese momento se abrió la puerta del reservado y un hombrecillo mayor, con el pelo canoso y blandiendo airadamente un bastón, interrumpió a los tres amigos, sorprendidos por la súbita aparición.

—¿Qué demonios se cree usted que está haciendo, Michael? ¿No le gusta a usted definirse como hijo del salvaje oeste? Pues vaya mariconada que se trae entre manos, si me permiten la licencia. ¡Quite, quite y déjeme a mí!

Admirados por la enérgica disposición de aquel aparentemente frágil anciano, Michael, Pam y James se echaron instintivamente hacia atrás, dejándole hacer.

—¡Françoise, trae lo que tú y yo sabemos que falta en esta mesa! —gritó el recién llegado mientras se acomodaba junto a la mesa.— Me llamo Jesús. Jesús García. Al juntaletras de Michael lo conozco desde hace tiempo y usted es el famoso Jim, pero usted…

—Pamela

—Encantado, Pamela.

Mientras hacían las presentaciones, el dueño del local había dejado sobre la mesa un frasco de cristal transparente que, sin etiquetas o marcas de ningún tipo, contenía un líquido traslúcido. Jesús lo tomó en sus manos y vertió el líquido sobre el azúcar. A continuación sacó una caja de cerillas de su chaqueta y prendió fuego a la bebida. Apenas se apagaron las llamas, se llevó el vaso a los labios y tragó el contenido, de un trago.

—A esta forma de beber la absenta se la conoce como el método gitano. La otra, la parisina, es la forma clásica de tomarla, pero creo que a ninguno de los que nos sentamos en esta mesa nos gusta el clasicismo, precisamente. ¿O me equivoco?

Jesús se expresaba en un inglés más que correcto, lo que tranquilizó a un James que, de otra forma, no habría sabido cómo tratar con aquel tipo, una auténtica leyenda que no hacía sino crecer con el paso del tiempo. No era habitual que James se pusiera nervioso. Pero llevaba mucho tiempo esperando aquel encuentro. Y, por fin, allí estaban.

—Pero, discúlpenme, que entré como elefante en cacharrería, que decimos en España, y les interrumpí su conversación. ¿De qué hablaban?

—De la separación.

—¡Claro! La separación… ¡cómo no! Yo, la verdad, siempre he preferido a los Rolling. Igual que usted, ¿verdad, Jim? ¿O me equivoco?

Y todos prorrumpieron en estruendosas carcajadas, brindando una vez más con una absenta preparada al modo gitano.

III

¡Qué razón tenías, Jesús! Esa Alhambra es algo increíble. El monumento… ¡y la cerveza! No sé la de litros que habremos bebido. Y la gente de La Zíngara, encantadora. ¡Nos hicieron sentir como en casa y apenas nos dieron el coñazo! Pam y yo conseguimos pasar varios días en Granada, esencialmente, recorriendo los palacios árabes. Y en las cuevas del Sacromonte. Con los gitanos. Aunque esos gitanos tuyos no saben nada de quemar la absenta.

—¿Y Marruecos?

—También. Allí empecé a escribir, otra vez. ¡Buena lana, buena marihuana y agua fresca!

Y los cuatro amigos volvieron a reír, retomando la conversación justo donde la habían dejado unas semanas atrás, en el mismo reservado del Viejo Moliére, bebiendo la prohibida absenta verdosa que había conducido a Pam y a James a París. La mítica absenta, los poetas simbolistas franceses, el empeño de Michael… y huir del maremágnum en que se había convertido su vida en los Estados Unidos.

Jesús siguió preguntando:

—Entonces, ¿estás dispuesto a hacerlo? Ten en cuenta que es algo duro, muy duro. Lo digo por experiencia. No solo dejarás atrás tu país y tu vida como la has conocido hasta ahora, sino también a tu familia y a tus amigos más cercanos. Una vez que des el paso, será algo irreversible. Como se dice en las novelas de espías, una vez que cruces la línea, no habrá vuelta atrás.

—¿Por qué lo hiciste tú?

—Porque, de no haberlo hecho, me habrían matado.

—¿No podías haber escapado, como hicieron tantos otros republicanos? A Francia, a México o a los propios Estados Unidos…

—Podría. De hecho, en tu país estaba destinado como diplomático un buen amigo de entonces, Fernando de los Ríos. Y yo ya había estado antes en Nueva York. Me hubiera resultado relativamente sencillo, pero nadie hubiera entendido esa huída. Me habrían masacrado, literaria y moralmente hablando, si me hubiera marchado de aquella España en guerra.

—Pero luego, todo se olvida. Mira ese director vuestro, el surrealista. Buñuel. ¡Ahí lo tienes de vuelta en España! Se le llenó la boca proclamando que jamás volvería mientras hubiera una dictadura, pero no ha dudado en irse a filmar su última película a Toledo ¡Y con todos los permisos y bendiciones del régimen!

—¡Ay, ese Luisito! Si yo te contara… La fama es algo duro de sobrellevar. El hombre famoso tiene la amargura de llevar el pecho frío, traspasado por linternas sordas que los demás dirigen sobre ellos. Pero la fama también es adictiva. Ese sentimiento de poder que conlleva, la sensación de sentirte invulnerable…

—Es cierto. Lo queremos todo y lo queremos ahora. Lo peor de todo es que lo tuvimos. Todo. Y de golpe. Pero, ¿a qué precio?

—Pamela empezó a ponerse nerviosa. Jim y ella habían podido disfrutar de unas cuantas semanas de relativa paz y sosiego, aunque hubieran estado bebiendo duro y fumando hachís y marihuana. Pero, escuchando hablar a Jim, podía sentir que el viejo Jimbo y los fantasmas del pasado amagaban con reaparecer. El maldito Jimbo divagante y pendenciero al que creían haber dejado en Los Ángeles… ¿les habría acompañado hasta París?

Pamela trató de rebajar la tensión rescatando un verso que le había escuchado declamar al bueno de McClure  y que le había gustado especialmente:

—Venga chicos. Vamos a relajarnos. Oye, Mac, ¿cómo decía ese verso que tanto te gusta repetir? ¿La frase de aquel poeta del alcohol? ¿Ponchon se llamaba?

—Sí. Raoul Ponchon. «Cuando mi vaso está vacío, lo lleno; cuando mi vaso está lleno, lo vacío». Venga, va. Brindemos. Como decimos los irlandeses: ¡Slainte!

No es que Pamela fuera una frívola. Es que no quería que Jim desviara su atención de lo realmente importante y empezara a divagar. Por eso redirigió la conversación:

—Entonces, Jesús, ¿cómo piensas que lo podemos hacer?

—Matándolo. Es la única manera.

—¿Hacerlo desaparecer no sería suficiente?

—Créeme. Además, por la vida que ha llevado y la fama que arrastra, seguro que tiene detrás al FBI y no me extrañaría que hasta a la CIA. Que se desvanezca no sería suficiente. Hay que matarlo. Y bien muerto. Con certificado médico, ataúd y entierro.

En ese momento, Jesús miró fijamente a los ojos de James:

—Te lo voy a preguntar una sola vez: ¿estás dispuesto a morir?

—«Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir». ¿Te suena esa frase…, Federico?

IV

Hacía calor aquella mañana de julio. Los tres hombres esperaban a que Pamela apareciera por la puerta del bar. Estaban acodados en la barra y cada vez que alguien entraba en el local, se giraban a la vez, esperando ver su rubia melena. Era temprano, pero la hora no era impedimento para que ya estuvieran tomando unas cervezas.

Entonces, llegó.

—Está hecho.

James, Jesús y Michael apuraron sus cervezas y pidieron una botella de vino de Borgoña.

—En mi tierra decimos que el que va a un entierro y no bebe un vaso de vino es porque el suyo viene de camino. ¡Salud!

Bebieron el silencio, pero antes de que un halo de luto pesimista se instalara entre los presentes, fue Michael quien les sacó del mutismo.

—Junto a Oscar Wilde. No podrás quejarte…

—Y cerquita de Édith Piaf. No. No es mal sitio para descansar, por los siglos de los siglos —apostilló James.—Bueno, compañeros. Acabamos de despedir a un amigo. A una estrella. Hoy hemos enterrado a una leyenda del rock: Jim Morrison, el líder de The Doors, ha muerto. Descanse en paz. Pero hoy, también, celebramos un nacimiento. Hoy ha nacido Douglas Clarke, poeta.

Volvieron a alzar las copas y bebieron. Y Michael volvió a la carga:

—¿No es un poco arriesgado usar la parte menos conocida de tu nombre, pero nombre oficial, al fin y al cabo, para tu nueva identidad?

—Al contrario. Así será más fácil tramitar el nuevo pasaporte. James Douglas Morrison Clarke lo mismo puede ser Jim Morrison que Douglas Clarke. Más o menos fue lo mismo que tú hiciste, ¿no, Jesús?

—Sí. Es verdad. Es más sencillo. A mí me bautizaron como Federico del Sagrado Corazón de Jesús, aunque todo el mundo me conocía como Federico. Así que fue fácil empezar a usar mi segundo nombre, Jesús, seguido de mi primer apellido, García. Y dejando el segundo, Lorca, para la historia de la literatura. Y ahora, apurad el vino que tenemos una cita con el editor. Está ardiendo por conocer a esa nueva y desconocida voz de la poesía americana, recién instalada en París.

Jesús Lens, en el día del 50 aniversario de la (supuesta) muerte de Jim Morrison. ¡Salud!

 

 

Este relato está dedicado a Fernando Marías.

De él he aprendido que lo improbable no tiene que ser necesariamente imposible.

¡Dad vida feliz!

Desde hace la intemerata de tiempo, este 24 de diciembre me gusta celebrarlo con el tradicional cuento de Navidad o relato de invierno. La costumbre me viene de los tiempos de Paul Auster y aquel maravilloso ‘Cuento de Navidad de Auggie Wren’, pieza insuperable cargada de emoción y sensibilidad.

Este año, sin embargo, he sido incapaz de escribirlo. No les voy a ocultar que la realidad es tan absorbente que cualquier ficción palidece a su lado. Tenía una idea, creo que buena. Gracias a Amanda, la auténtica y genuina Homeroteca de IDEAL, había encontrado una noticia publicada el 31 de mayo de 1932: el novelista HG Wells se encuentra de visita en Granada. “Admirado de nuestra ciudad, aunque no pensaba quedarse más de un día, ha prolongado su estancia para tres o cuatro”. ¿Qué hizo el fantástico novelista durante aquellos días?

“Hemos visitado al ilustre escritor para saludarle y ofrecernos durante su estancia en ésta, negándose de momento a hacer ninguna clase de manifestaciones a la prensa”, escribía el plumilla de entonces.

Había pensado alojar a Wells en el Alhambra Palace y llevarle a la tertulia del Rinconcillo o al Ateneo, que está documentado que participó en alguna de aquellas reuniones. Quería juntarle con Lorca y sus coetáneos, a los que enseñaría cómo fabricar su prodigiosa máquina del tiempo, a sabiendas de lo que pasaría apenas cuatro años después. El plan de fuga iba a ser un sencillo homenaje a esa serie tan maravillosa, ‘El Ministerio del Tiempo’, una de las mejores cosas que nos han pasado durante este año aciago. Lo vinculaba a esta columna sobre El Ministerio del Tiempo a la granaína.

Pero, como les digo, no lo he logrado. Empezaba a escribir y era incapaz de concentrarme. En este presente tan complejo, extraño y amenazador, me resulta imposible encapsularme en un universo de pura ficción, aunque sea durante unas horas. Seguiré perseverando en el intento, no obstante. A continuación tenéis el Cuento de Navidad de 2019, 2018  y 2017. En esa página están enlazados los de años anteriores.

Celebramos la Nochebuena y la Navidad. A estas alturas, ponernos en plan admonitorio tampoco tiene mucho sentido. Ya sabemos qué hacer y, sobre todo, qué debemos evitar estos días, tratando de ser cerebrales y no dejarnos llevar por las emociones, las que surgen de forma natural y espontánea y las que son producto de una copilla de más.

Hace unos días vi un cartelito que me gustó mucho: ‘feliz naVIDAd’. Con esa idea me quiero quedar. Este año, démosle la vuelta a la Navidad y hagamos todo lo posible por proteger la vida. Este año… ¡Dad Vida Feliz!

Jesús Lens

Los forasteros

A muchos de ustedes les habría gustado que el protagonista de esta historia se llamara Cayetano o, peor aún, Borja Mari. Pero no. Se llama Manuel. Y es un tipo normal y corriente. Como ustedes y como yo.

Manuel y su pareja, Mercedes, aprovecharon el cambio de fase en el proceso de desescalada del confinamiento dictado por la pandemia provocada por la Covid-19 a comienzos del año 2020 en todo el mundo (¡uf, lo que cuesta explicarlo!) para viajar a un pequeño pueblo de montaña del interior de su provincia.

Mercedes hubiera preferido ir a la playa para unificar ese asimétrico bronceado a retales que había conseguido en la terraza de su piso, pero no tenían claro ni qué playas abrirían ni cómo o en qué condiciones lo harían. Y, sobre todo, que Manuel no estaba dispuesto a pasar por el “humillante trance”, como lo definió él, de que un guardia municipal le tomara la temperatura y se permitiera impedirle el acceso al rebalaje.

Bastante había aguantado aquellos dos meses religiosamente encerrado en casa, cumpliendo los dictados de un gobierno con el que no simpatizaba, pero… ¿qué remedio le quedaba?

Eso sí: ahora que se podía salir más allá del paseo en la franja horaria dictada por el dictatorial mando único de Pedro Sánchez y su socio Iglesias, iban a aprovecharlo bien. Manuel y Mercedes se decantaron por un pueblito con encanto, bien lejano a la capital, que les diera sensación de viajar.

—Lo bien que les vendrá que nos gastemos allí unos eurillos— sostenía orgulloso Manuel.

—Además, es uno de los pueblos que no ha tenido ni un solo caso de coronavirus— señaló Mercedes.

—¿Te importa bajar la música? Me duele la cabeza.

—Normal. Que me has dejado abollada la cacerola, con tanta protesta callejera—ironizó la mujer.

En la plaza de ese pueblo, un domingo cualquiera, hubiera sido imposible aparcar. Era una localidad turística ‘con encanto’ que los fines de semana estaba habitualmente petada, autobuses de la tercera edad incluidos.

Aquel domingo, a pesar de haberse levantado el confinamiento radical, el pueblo estaba semidesierto.

Manuel y Mercedes subían por una de las empinadas cuestas del pueblo. Resoplaban. Él más que ella. Le miró divertida.

—Demasiadas semanas de inactividad— se justificó Manolo.

—Si en vez de tanto Zoom hubieras hecho más zumba…

—…Dijo la que considera un deporte olímpico estirarse en la cama al despertar.

Les gustaban aquellas pullas. Se divertían.

—Para un poco, que me ahogo— reclamó Manolo, expectorando. En ese momento se cruzaron con una mujer mayor, tocada con sombrero y, en la cara, una mascarilla cosida a mano. Cruzaron las miradas, pero ni una sola palabra.

—Debimos traer las mascarillas— señaló Mercedes.

—¿Para qué? ¿No habías dicho que aquí no había coronavirus?

Las tiendas de artesanía y productos típicos de la comarca estaban cerradas a cal y canto, pero Mercedes vio un colmado con las puertas abiertas.

—Lo mismo tienen queso artesanal— comentó esperanzada mientras entraba. Dentro solo había una persona.

—¿Le importa esperar fuera mientras termino de despachar a este cliente?

Mercedes tuvo que apaciguar a su Manolo, que ya iba para dentro blandiendo el reglamento de lo que estaba permitido en esa fase de la desescalada. Entre otras cosas, podía haber más de un cliente en las tiendas, siempre que…

—¡Déjalo ya, anda! Tengamos la fiesta en paz. Vamos a ver si comemos algo, que es tarde.

—¿Y el queso?

—Da igual. Además, seguro que cualquiera de los de la tienda gourmet de debajo de casa está mejor.

—Pues sí. El paleto este se lo pierde.

En la plaza del pueblo, unas mesas invitaban a disfrutar del sol primaveral. Separadas como setas, estaban todas ocupadas. Manuel entró al mesón a reservar.

—Buenas, venía a…

—¿Se puede usted limpiar las manos con este hidrogel, por favor?

Una vez cumplimentado el trámite, a regañadientes, insistió:

—Para reservar una mesa y…

—¿No tiene usted mascarilla?

—Pues no. Su uso no es obligatorio y…

—Mejor se marcha, si no le importa.

Manuel sintió sus mejillas enrojecer.

—Mire usted…

—No, ¡MIRE USTED!— respondió el tabernero, elevando el tono de voz—. Sin mascarilla, en mi bar no se está.

En ese momento, una mesa se quedó vacía en la terraza. Mercedes hizo ademán de acercarse. La tajante voz del dueño del mesón la paró en seco.

—Está ya reservada. Lo siento. Hoy no tenemos nada libre. Mejor se van.

Manuel y Mercedes miraron alrededor, sin encontrar a ningún posible cliente. Y dado que pasaban de las tres de la tarde, era poco probable que ningún lugareño fuera a aparecer.

En ese momento Manuel vio un coche de la Guardia Civil que avanzaba por la calle principal. Decidió presentar una queja por el comportamiento agresivo y amenazante del dueño del bar.

—¿Se aparta de la puerta, por favor?— le dijo el Guardia Civil desde el interior del coche, antes de salir—. ¿No tiene usted mascarilla?— le preguntó nada más bajar.

—No. No es necesario llevarla y…

—Que se mantenga a distancia, le digo.

En ese momento, Manuel tosió levemente, llevándose la mano a la boca.

Si en la plaza del pueblo ya se había hecho un silencio expectante, en ese momento se convirtió en sepulcral. Hasta los pájaros parecieron ponerse de acuerdo para dejar de gorjear.

Entonces, otra tos. Nada estridente, pero bien audible.

Una familia de las familias sentada a una de las mesas se levantó de inmediato.

—Andrea, coge a tu madre e id tirando para arriba. ¡Arturo! Dime qué se debe.

—Déjalo. Ahora te subo a casa el choto que faltaba por salir, que vamos a ir cerrando.

CONTINUARÁ.

Jesús Lens

 

 

Mujeres en un autobús

Cogían el 4 a la misma hora, en dirección al trabajo. Eran viejas amigas, aunque ambas se sentían feliz y desprejuiciadamente jóvenes. Sobre todo, los viernes.

—Vaya leche—, dijo Angustias—. Este fin de semana va a hacer malo. ¡Con lo organizadito que lo tenía todo!

—¡Pero qué dices!— le respondió Esperanza—. Según mi móvil, van a subir las temperaturas.

—¡Anda ya! En el mío, bajan. Además, hay riesgo de lluvia.

Se enseñaron los móviles respectivos y, cuando comprobaron que ambas tenían razón, se echaron a reír. Al cesar las risas, en vez del socorrido “estos del tiempo no dan una”, Esperanza le propuso un trato a Angustias.

—No tengo nada importante previsto para estos días. Sólo quiero acabar la novela que tengo entre manos y ver Netflix. ¿Por qué no te llevas tú mi teléfono, donde dice que va a hacer bueno, y me quedo yo con el tuyo? ¡Con lo que me gusta leer tumbada en el sofá con una mantita mientras llueve afuera!

Esta vez fueron carcajadas. Sin embargo y sin pensarlo mucho, se animaron a intercambiar sus teléfonos. “Puede resultar divertido”, se dijeron tras darse los pines respectivos y quedar en avisarse si ocurría algo grave.

El lunes por la mañana, de nuevo en el autobús, al devolverse los móviles, Esperanza y Angustias se sentían confusas y extrañas. Cortadas.

—Que calladito te lo tenías.

—Pues anda que tú… ¡quién lo habría dicho! Con esa carita de no haber roto un plato en tu vida.

El martes no coincidieron. Una de ellas cogió el Metropolitano. La otra se fue andando con la excusa de que le vendría bien hacer algo de ejercicio. El miércoles, sólo una se decidió a retomar el bus. El jueves, ambas; aunque no se sentaron juntas. Llegado el viernes, aunque incómodas y recelosas, volvieron a compartir asiento.

A punto de llegar a su destino, al unísono y sonriendo, ambas preguntaron en alta voz: ¿Qué tiempo dice tu móvil que hará mañana?

Jesús Lens