Agua va, pero no viene

Junto al oro negro y al oro líquido, el oro del siglo XXI es verde y se acuña en forma de aguacate. Como ustedes bien saben, nuestra Costa Tropical es uno de los grandes yacimientos de aguacates del mundo, una auténtica mina a cielo abierto que produce uno de los productos más demandados por el mercado. Todo es bueno en el aguacate: fuente de energía y nutrientes, cardiosaludable, rico en fibra, bajo en colesterol… una auténtica joya recomendada por dietistas y nutricionistas.

Después de grandes subidas en el precio del aguacate, la enorme producción de países exportadores como Perú o México ha hecho que se estabilice. Pero su valor sigue siendo incalculable. Tanto que, como siempre ocurre con la fiebre del oro, despierta la codicia y saca lo peor de los seres humanos más ruines. De ahí que el robo de aguacates sea un delito al alza en Almuñécar y alrededores. (Lo escribí en esta columna de hace unos meses)

¿Saben ustedes, sin embargo, cuál es el peor expolio que están sufriendo los agricultores de nuestra Costa Tropical? El perpetrado un puñado de kilómetros más arriba, a la altura de la Presa de Rules, que sigue sin canalizaciones, convertida en un esperpento, en un descomunal monumento a la dejadez y a la inoperancia de los políticos granadinos.

Estos días ha vuelto a haber bronca, tras el runrún de que la nueva Junta de Andalucía está preparando un trasvase de aguas entre Rules y Almería. ¿Se imaginan? Años y años sin canalizaciones para que el gobierno conformado por PP, Cs y Vox haga por fin las tuberías… que se lleve el agua a otra parte.

¡Para mear y no echar gota, por abundar en los símiles líquidos y representar gráficamente otro doloroso obstruccionismo canalizador!

¿Hasta cuándo vamos a aguantar este ninguneo? El agua es un recurso económico vital y en Granada la estamos desperdiciando a manos llenas. Aunque la consejera de Agricultura ha señalado que no hay nada previsto en relación al trasvase fantasma, es posible que estemos ante la gota que colme el vaso de la paciencia de los agricultores de la Costa Tropical. Un tema del que he escrito tantas veces en este espacio… Aquí, por ejemplo. O aquí: El agua presa de Rules.

De cara a las elecciones generales, junto al tema del acelerador de partículas, hay que estar muy pendientes a qué proponen los partidos sobre las canalizaciones de Rules.

Jesús Lens

Campaña de Teleféricos

Hace unos días escribía que, sin haber profundizado en la cuestión del teleférico a Sierra Nevada, mi ser granadino había desechado mentalmente el proyecto por imposible, inviable e irrealizable en una provincia que carece de la ambición suficiente como para emprender semejante aventura. (Leer AQUÍ)

En primer lugar, una disculpa. En esa columna hice una crítica a los ecologistas, en bruto y de forma genérica, por ser inmovilistas y negarse sistemáticamente a apoyar cualquier proyecto que suponga riqueza y progreso para la comunidad. Una crítica a todas luces injusta, como ocurre con cualquier generalización.

Cuando compartí el artículo en redes sociales, recibí un mensaje de Ignacio Henares en el que incluía varios análisis sobre el proyecto del teleférico. Análisis sólidos, trabajados y muy bien documentados. Análisis que plantean serias y razonables dudas sobre sus posibles utilidades y, sobre todo, sobre la viabilidad económica de una infraestructura costosísima y de alto impacto.

Viendo los números y las cifras del proyecto, se hace muy complicado pensar que vaya a ser económicamente rentable ni ambientalmente sostenible, al margen del innegable impacto paisajístico y de los riesgos ecológicos.

En estas cuitas estaba, reflexionando sobre todo ello, cuando el PP de Lanjarón anuncia como medida estrella de su programa electoral… ¡un teleférico al Caballo! Si subir a esquiadores y a turistas de Granada a la estación de esquí podría tener un cierto sentido, a lo de este telecabina alpujarreño no le encuentro ni pies ni cabeza.

Dado que la propuesta estrella para la campaña electoral del PP parece ser la de “Ponga un teleférico en su pueblo”, ¿debemos esperar que surja un proyecto para conectar Motril o Almuñécar con la cumbre del Mulhacén, por ejemplo? Total, si se llegó a plantear construir un radar, ¿por qué no llevar un teleférico y, de paso, poner un chiringuito que sirva espetos de sardinas en el techo de la Península, a 3.479 metros?

¿Y qué tal si conectamos el Castillo de La Calahorra con el pico del Cuervo y convertimos el Alhorí en pista de hielo? Sería una inmejorable opción para desarrollar diferentes recursos turístico-naturales hasta ahora infrautilizados.

De esta manera, Sierra Nevada sería accesible en teleférico por los cuatro costados. ¿Se imaginan? Entre eso y los nuevos 100 kilómetros de pistas esquiables, Granada por fin explotaría Sierra Nevada ¿como se merece? Tanto la explotaría que no tardaría en reventarla.

Jesús Lens

Los escenarios de la Granada más Noir

¡Cómo me gusta leer novelas policíacas en las que Granada se convierte en marco, en escenario de las tramas más negras y criminales! Lo comentábamos hace unas semanas, cuando descubrimos al mítico detective Pepe Carvalho soñando con el restaurante de Álvaro Arriaga y sus vistas de la Vega, desde lo alto del Museo Memoria de Andalucía. (Leer Aquí)

En “Problemas de identidad”, Carlos Zanón juega con Carvalho, arrebatándoselo a Manuel Vázquez Montalbán para hacerlo suyo. Así, se lo lleva de tapas por bares chinos y le hace comer una tortilla de patatas de las de toda la vida. ¿Y adivinan ustedes qué cerveza, bien fría, pide en las terrazas de los bares de Barcelona? Nuestra Alhambra, efectivamente, como ya hacía el protagonista de “Taxi”.

Granada se va convirtiendo, poco a poco, en uno de los grandes escenarios de la novela negra contemporánea. Aquí recordamos que los niños protagonistas de “Los tigres de cristal”, de Toni Hill, una de las grandes novelas del 2018, encuentran en Montefrío un trasunto del paraíso perdido. (Aquí otro reportaje en el mismo sentido)

Y está el detective del Zaidín, de Alfonso Salazar. Y la aguerrida Ada Levy, la motera protagonista de las primeras novelas policíacas de Clara Peñalver. Y Narváez y Molina, los investigadores encargados de desentrañar el misterioso “Asesinato en la Alhambra”, de Juan Torres Colomera.

Recuerdo una larga conversación, precisamente con Juan. Pasamos un buen rato debatiendo si en una novela deben aparecer lugares reconocibles de las ciudades en las que transcurre la acción o si es mejor inventárselos. Si le da más verosimilitud a una historia citar nombres comerciales existentes o si la hace más universal utilizar expresiones genéricas.

Personalmente, soy proclive a la citar marcas, nombres y establecimientos. No es lo mismo que un personaje lea el periódico a que lea el IDEAL. Que vaya al cine o que entre en el Madrigal. Que se beba una cerveza o que pida una Alhambra Especial. Que entre a un supermercado o que compre en un Covirán. Son detalles que, bien dosificados, contribuyen a definir a los personajes y a hacer más creíbles y cercanas las historias, sin caer en localismos reduccionistas o en rancios provincianismos.

Lo he vuelto a comprobar en una de mis lecturas más recientes: la fascinante “Petit París” de Justo Navarro, publicada por la editorial Anagrama. “Polo pasó parte de la tarde de aquel domingo en Foto Lapido, el estudio de la calle Sancti Spiritu con escaparate a la calle Reyes Católicos”.

¿No tiene todo el sabor de lo auténtico esa descripción? Continúa Justo Navarro su narración, un poco más adelante, hablando de una de las fotografías reveladas en Foto Lapido. Una foto en la que aparecen dos personas. Una es el propio comisario Polo. El otro individuo es, todavía, una incógnita.

“Dos hombres disfrutaban en Granada de un día primaveral en la terraza de un café… ¿Podía asegurarse que el individuo de París era el mismo que se sentaba con el comisario en la terraza del Café-Lechería Bib-Rambla?”

Me encantó encontrar al Café-Lechería Bib-Rambla en la novela. En primer lugar, por lo bien que suena, haciéndonos viajar en el tiempo, conduciéndonos a otra Granada diferente, una Granada en sepia. Una Granada de mitad del siglo pasado.

En segundo lugar, porque el referido local sigue abierto: hoy es el Gran Café Bib-Rambla que, fundado en 1907, se ha convertido en uno de los más antiguos y con más solera de nuestra ciudad. Un café con historia. Y con historias. El café en el que, cuando tengo que ir al centro, siempre entro a desayunar. Un café que ahora siento todavía más cercano, más cálido e íntimo; en cuyos veladores buscaré la sombra del comisario Polo cada vez que vuelva.

Insisto: no se trata de localismos o de provincianismo. Cuando el comisario Polo viaja a París y entra en el ABC para ver actuar a Nicole Dermit, se aloja en el Hôtel Barbicane o se toma un Gin & Dubonnet en el Bar-Tabac Hugo; me siento igualmente transportado en el tiempo y en el espacio.

Igual que me ha ocurrido al leer “La luz negra”, de María Gainza, también publicado por Anagrama. ¿Cómo va a ser lo mismo hablar del cementerio de Buenos Aires, de forma genérica, que nombrar a la Recoleta, con toda su carga de belleza y misterio? O cuando la protagonista, siguiendo el rastro de la Negra, entra en “La Biela”, uno de los cafés históricos de la capital porteña. ¡Cuántas sensaciones!

Gran Café Bib Rambla, actualmente

Pero volvamos a Granada. Al Zaidín de Matías Verdón y al paseo guiado que nos dio Alfonso Salazar por las calles de su mítico detective. Recuerdo cómo nos contaba que algunos bares de la Avenida de Dílar se llamaban Neuchátel o Zurich porque sus dueños eran emigrantes retornados que habían reunido el dinero necesario para abrirlos currando a destajo en esas ciudades centroeuropeas. ¿Cómo hurtarles ese poso de autenticidad y realismo, esa carga de sudor, insomnio, frío y kilómetros; a la hora de llevarlos a una novela?

Jesús Lens

 

De bares y sociología

En la película de la HBO sobre el Brexit, protagonizada por Benedict Cumberbatch, hay detalles interesantes sobre los que conviene reflexionar. “Brexit: The Uncivil War” dista de ser una obra maestra, pero resultan notables muchos de sus planteamientos.

Resulta destacable, por ejemplo, el importante papel que desempeña Cambridge Analytica, la tenebrosa empresa de Robert Mercer y Steve Bannon, con su opaco trabajo de minería de datos, análisis del big data y utilización del microtargeting a través de las redes sociales.

Algunas de sus prácticas han sido calificadas como ilegales por las autoridades británicas. Otras, sin embargo, demostraron ser preclaras, inteligentes y vanguardistas, como la de “descubrir”, sacar del anonimato y llevar a las urnas a tres millones de ciudadanos, pobres y excluidos, que resultaban ajenos a cualquier radar electoral.

Más allá de la cuestión cibernética, sin embargo, hay un aspecto del personaje de Benedict Cumberbatch que me parece especialmente reseñable: lo primero que hace cuando acepta ser el coordinador de la campaña en favor del Brexit es… irse al bar.

A los bares, para ser más precisos. A los célebres pubs ingleses en los que se trasiega la cerveza con abundancia y generosidad. Y es allí, entre tragos y pintas, donde el cerebro de la campaña por el Brexit empieza a trazar su estrategia, de acuerdo con lo que escucha de la gente. Les pregunta a los parroquianos. Les interpela, les interroga, les espolea. Y toma notas. Mensajes fuerza. Consignas. Lemas. Ideas.

El “laboratorio” del ideólogo del Brexit, tras pasar por el pub

Mientras, la candidatura en favor de la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea crea un aséptico laboratorio, integrado por personas científicamente elegidas para representar las diversas posiciones en torno al Brexit.

Lo tengo muy escrito: el pulso de la realidad se toma en los bares. Pero en los bares de verdad, no en los nuevos garitos de diseño. En los bares de toda la vida. En los bares de barrio donde ponen tapas de tortilla y de carne en salsa. En las cafeterías de currantes que abren a las 7 de la mañana y, junto a los cafés y a las medias de mantequilla, se despachan carajillos y solysombras mientras la tele matinal desgrana sus letanías de sucesos y tragedias.

Hay más sociología en la barra de un bar de barrio que en todo el CIS de Tezanos y otros Think Tanks por el estilo.

Jesús Lens

El adiós de Carbó

Por razones personales anunciaron que se las piran, en menos de 24 horas, Santiago Carbó, Jemi Sánchez y Baldomero Oliver. Por razones estrictamente personales, insisten, pero…

El día que Santiago Carbó se incorporaba al Consejo Social

Son situaciones diferentes, pero que dos de los mejores concejales del gobierno de Francisco Cuenca decidan bajarse del barco resulta de lo más elocuente. Ambos tienen puesto de trabajo fuera de la política y, tras estos años dedicados al municipalismo, no les duele en prendas dar un paso lateral y volver a sus carreras profesionales. Un gesto que les honra, sin duda, pero que deja tocado a un PSOE que pierde a dos de sus referentes más y mejor valorados.

Lo de Carbó es más doloroso. Santiago Carbó es un economista de reconocido prestigio internacional que asumió una tarea complicada, pero muy necesaria en esta tierra. Menos de dos años después de acceder a la presidencia del Consejo Social, se va. Cansado, aburrido, harto y mareado.

Lo escribí en este mismo espacio el 22 de abril de 2017: “Querido Santiago, llegas al Consejo Social en un momento muy complicado para Granada. Y, precisamente por eso, tu concurso va a ser más necesario que nunca. ¡Bienvenido!”. No fue la misma bienvenida la dispensada por los representantes de los partidos políticos, siempre celosos de sus roalillos, familias, parcelas, áreas de influencia y cuotas de poder. (AQUÍ, aquella columna)

A la vista de su despedida, no parece que Carbó haya contado con demasiada colaboración en este par de años: critica los enfrentamientos partidistas, denuncia la falta de recursos -escasos, casi inexistentes- y concluye que el Consejo Social debería ser un lugar de encuentro y no de enfrentamiento. (Leer AQUÍ)

Mal vamos en Granada. Un PSOE errático trata de vendernos una ciudad nueva y diferente, que funciona. Según ellos. Un amnésico PP, que parece haber olvidado que ocupó la Plaza del Carmen durante trece años seguidos, promete quiméricos teleféricos e imposibles pistas de esquí. Podemos se desangra en sus luchas intestinas y Cs, de perfil.

En precampaña electoral, nos hartaremos de oír promesas, planes y propuestas. Convendrá no olvidar lo único cierto e incontestable: que una persona independiente, del prestigio y la solidez intelectual de Santiago Carbó, se ha visto obligado a dejar el Consejo Social por la cortedad de miras, la inoperancia y la falta de ambición de una clase política granadina que no está a la altura de las circunstancias.

Jesús Lens