HABLANDO DE NUESTRO LIBRO

¿No os parece que hace mucho que no hablamos de nuestro libro, “Hasta donde el cine nos lleve”?

 

Os dejo dos reseñas. Una de Jose Vicente Pascual, que fue mi vecino de columna en IDEAL y de quién, cuando se marchó a La Opinión, heredé su Puerta Real. Hace unos días comenzaba su artículo diciendo:

 

“Jesús Lens es un hombre instalado, de momento, en lo pleno de la juventud y el vigor creativo de un espíritu inquieto; es alto en muchos sentidos y un poco más alto que cualquier ala-pivot lituano, lo que siempre me ha puesto un poco nervioso porque, la verdad, no estoy acostumbrado a alzar la vista cuando converso con alguien. Me duelen las cervicales.”

 

¡Nada menos! El resto lo tenéis AQUÍ.

 

¡En qué gran compañía!
¡En qué gran compañía!

Por su parte, Antonio Zafra, comenzaba su entrada bloguera en Oleopolis con las siguientes palabras: “Bienvenido sea el libro que firman Jesús Lens y Francisco J. Ortiz titulado “Hasta donde el cine nos lleve”, por atreverse a abordar la relación entre cine y viaje, un género al que los autores dan carta de identidad aunque generalmente no sea tenido como tal. Para éstos, hay un cine de viaje como se reconoce una literatura viajera.”

 

Lo demás, a través de ESTE enlace.

 

¿Qué os parecen los artículos? E, igualmente importante, ¿qué os parece el libro? Que ya sé que mucho lo tenéis, algunos lo habéis hojeado y unos pocos, incluso… ¡lo habéis leído!

 

Pues eso.

 

Que seguimos pateando el mundo y viendo pelis… ¡a ver hasta dónde nos llevan el cine y las patas!

 

Jesús Lens, autorreferencial 😉

CONGO. LAS LETRAS DE LAS TINIEBLAS

El 25 de mayo, en IDEAL, publicamos este reportaje sobre el Congo, subtitulado así: “El país más peligroso de África ha sido un imán literario para escritores como Javier Reverte, John Le Carre o Atxaga.” Como inmediatamente leeréis, hoy vuelve a estar de actualidad.

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Congo. Su sola mención ya tiene ecos mágicos, misteriosos y lejanos. Congo. Por mucho que el demente de Mobutu se empeñara en africanizar el nombre del país, cambiándolo por el de Zaire durante su enloquecido mandato, Congo es la denominación histórica con que conocemos un territorio mítico e ignoto que sigue excitando la imaginación de los viajeros y los aventureros de todo el mundo. Por eso no es de extrañar que escritores de todas las ascendencias se sientan subyugados por el fascinante universo congoleño y por su torturada historia, radicando allí sus ficciones más o menos basadas en hechos reales.

(NOTA.- El 3 de Noviembre de 2010 es importante ya que se publica la nueva novela del reciente Premio Nóbel, Mario Vargas Llosa, “el sueño del celta”, con el Congo como protagonista. Para “abrir boca”, esta impresionante galería de fotos del Horror conradiano y unos fragmentos de la novela, AQUÍ.)

Tras Albert Sánchez Piñol y su inquietante “Pandora en el Congo”, el último en hacerlo ha sido Bernardo Atxaga, el escritor vasco que lo ganara todo con la mágica y portentosa “Obabakoak” y que abandonó su Obaba natal para trasladarse, literariamente hablando, al Congo belga que le serviría de inspiración para la sorprendente, inesperada e inclasificable “Siete casas en Francia”.

Los protagonistas de la novela son Lalande Biran, la máxima autoridad en Yangambi, un poeta que, ambicionando amasar una gran fortuna, tiene como auténtico anhelo el volver a la capital de Francia y disfrutar de las tertulias de los cafés parisinos. Junto a él, un ex-legionario bastante perturbado o un soldado servil que quiere hacer carrera por la vía de conseguirle a su jefe las jóvenes chicas nativas, siempre vírgenes, que a éste gusta disfrutar. Y, por supuesto, Chrysostome Liège, un tirador casi infalible cuya llegada a Yangambi precipita los vertiginosos acontecimientos que nos cuenta Atxaga en una novela que, como él mismo señala, “roza la literatura grotesca, el humor negro, lo paródico, que ya es algo que he desarrollado en mis poemas. Yo sé que mis poemas de humor negro son un verdadero impacto para mucha gente así que, al usar este estilo en este libro, pienso “a ver si sucede lo mismo”.

Y es que el Congo impacta. Que se lo digan, si no, a Javier Reverte, quién pudo sentir cómo le rondaba el hálito de la muerte en mitad de la travesía que, entre Kinshasa y Kisangani, realizara en un barco por el Río Congo, uno de los más fascinantes y atractivos caudales de agua del mundo. Y todo ello lo cuenta en la que es, posiblemente, su mejor obra: “Vagabundo en África”, narración en que recrea no sólo su viaje desde Ciudad del Cabo hasta la zona de los Grandes Lagos, sino toda la rica y desmesurada historia de dicha parte de África.

Una historia que encuentra su quintaesencia en “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad, una obra maestra de la literatura universal que se condensa en la célebre expresión de Kurtz: “El horror”. Reverte decidió remontar el curso del río centroafricano siguiendo la estela del viaje que hiciera el protagonista, buscando a ese Kurtz al que las tinieblas habían hecho perder la razón y que Francis Ford Coppola adaptaría magistralmente al cine en “Apocalypse now”, trasladando la acción a la guerra de Vietnam.

Otro personaje que tuvo una íntima vinculación con Congo fue el célebre Henry Morton Stanley, contratado por el siniestro rey Leopoldo II de Bélgica para ejecutar sus planes de colonización de una tierra que, gracias a la naturaleza, atesora inmensas cantidades de riquezas naturales, lo que la ha convertido en objeto de una salvaje y permanente explotación sistemática. En la autobiografía de Stanley podemos leer la siguiente entrada, fechada el 15 de agosto de 1879: “Llegué a la desembocadura del Congo. Han pasado dos años desde mi estancia anterior aquí, tras mi descenso por el gran río en 1877. Habiendo sido el primero en explorarlo, me propongo ser el primero en probar su utilidad al mundo. Desembarco a mis setenta zanzibaríes y somalíes, con la finalidad de dar el primer paso hacia la tarea de civilizar la cuenca del Congo”.

Una tarea que terminaría desembocando en un auténtico genocidio, como los imprescindibles libros de Peter Forbath, “El río Congo. Descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra”, y de Adam Hochschild, “El fantasma del Rey Leolpoldo. Codicia, terror y heroísmo en el África colonial” se encargan de demostrar minuciosamente. Precisamente, el prólogo de este último viene firmado por Mario Vargas Llosa, quién en estos momentos se encuentra trabajando en un proyecto literario sobre este remoto país.

Hubo una vez, sin embargo, en que el Congo pareció ver la luz, entre tantas tinieblas. Fue de la mano de Patricio Lumumba, un hombre íntegro e independiente, elegido democráticamente como presidente del país y que fue depuesto por un golpe de estado inspirado por Bélgica, la anterior potencia colonial. Su tortura y muerte están contadas por Ludo De Witte en un libro tan apasionante como desgarrador: “El asesinato de Lumumba”.

Y, si en época de Stanley y Leopoldo II, las materias primas que se obtenían del Congo eran la madera y el caucho principalmente, la aparición de los móviles y los ordenadores portátiles hizo que dicho país volviera al candelero económico internacional por culpa de un mineral muy exclusivo: el coltan, de cuyas reservas, más del 90% se encuentran bajo el suelo congoleño. Así, John Le Carré traslada allí la acción principal de una de sus más recientes novelas de espías: “La canción de los misioneros” y Alberto Vázquez Figueroa titula con el nombre del mineral uno de sus más conocidos best sellers: “Coltan”. Michael Crichton, por su parte, tituló sencillamente “Congo” a su novela de aventuras africana.

Congo. Una tierra que parece maldita, permanentemente ensangrentada, y en la que, en fin, el célebre Hergé situaría la acción de uno de sus álbumes más controvertidos, acusado de racista y en permanente discusión: “Tintín en el Congo”. Y es que ni con los tebeos ha tenido suerte uno de los más sugestivos, ricos, atractivos, difíciles y demenciales países del mundo.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.