Carta a Griegos y Troyanos.

Srs. corporativos aprobadores de la indignante ordenanza de la convivencia:

 

            Soy una ciudadana, con más pena que gloria en estas circunstancias, de esta hermosa ciudad, Granada. Como tal tengo el derecho y la obligación de participar en una comunidad, a través de la acción autorregulada, inclusiva, pacífica y responsable, con el objetivo de optimizar el bienestar público (definición de ciudadanía). Por ello, entiendo que con esta democracia cada vez más autoritaria estamos sumidos en una vorágine de prohibiciones y me veo obligada a insumirme ante tal agravio vital.

 

            Las ciudades y sus habitantes no se regulan a través de prohibiciones y policías por doquier, sino a través de buenas ordenaciones sociales que garanticen la cultura e independencia del individuo. ¿Cuánto dinero público hará falta para mantener a tal ingente número de policías-serenos que guarden el por ustedes llamado “derecho de uso y disfrute de los espacios públicos”? ¿A caso ese erario público no estaría mucho mejor empleado en educación para garantizar, ahora sí, una con-vivencia, entre todos, gracias al respeto mutuo venido por la cultura de los viandantes o “viasentados”?

 

          Ahora a vosotros, conciudadanos:

         No nos dejemos engañar por este caballo de Troya llamado ayuntamiento, pues señores, empezamos en su día con la ley del botellón y acabaremos como en época de Franco con los “azules” persiguiendo a grupos más de cinco personas presuntamente reunidos por conspiración. Levantémonos en vuelo y seamos libres desde el respeto y la tolerancia. Dejemos que nuestras calles sigan teniendo vida, color, miradas de niños frente a una mágica pompa de jabón, abuelos que se dejen transportar por la sonrisa de un mimo, que las guitarras sigan sonando junto a los chorros de agua, tal como nuestro cineasta Val del Omar nos legó en sus creaciones. Esto conforma nuestra cultura y la idiosincrasia propia de una ciudad y un pueblo.

 

            ¡Conciudadanos! ¡Luchemos por vivir en libertad! desde el respeto mutuo y autoimpuesto por cada uno de nosotros.

 

Úrsula Tutosaus.

 

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