
Portada del libro
Más allá del ladrido, el mordisco y la fidelidad, si algo hay que reconocerle a los perros como específico de su ser es la melancolía de su mirada. Pues algo sí sucede con el libro de Manuel García. Vamos por partes:
Hay aquí poemas que ladran, sin desafinar, y nombran espacios en sombra, incómodos paisajes que los ciudadanos preferimos ignorar y donde los poetas, cuando deciden detenerse en ellos, suelen patinar en la pose fatal del malditismo; pero felizmente no es éste al caso de Manuel García, porque para ladrar bien, y no parecer ni perro ni bobo, hay que saber de lo que se habla, es decir, de lo que se ladra. Uno de los mejores ejemplos de ladrido, casi lobo aullando, se da en el poema en prosa “Mi nombre es nadie”, donde queda probado que la poesía admite la denuncia y lo social, sin más exigencia que la obligación de ser denuncia poética y no palabras aisladas que explotan y manchan y lo dejan todo hecho un asco.
A golpes de ladrido se crea un pequeño circo de monstruos solitarios con mendigos, perros abandonados, niños tontos, maestros viejos y olvidados y, no podía faltar, una puta. El tratamiento poético de una galería de personajes tal, parece un trabajo fracasado de antemano, sólo abordable por posmodernas corrientes adictas al vacío o voluntariosos militantes de ONG. Pero Manuel García logra esquivar a unos y otros para inaugurar un nuevo mirador, donde no cabe el feísmo sino el realismo, donde no hay sensiblería sino dolor hondo y mondo, donde no encuentra un hueco la maleada solidaridad porque la respuesta del poeta es incómoda y veraz.
Esconde también este libro poemas que muerden. Mordiscos tiernos, aunque a primera vista parezca lo contrario, que en lugar de herir abren respiraderos por los que se cuela la luz provocando un interesante juego de contrates. Me refiero concretamente a la primera parte del libro que lleva por título “Belchite” y donde poemas desalentados reflexionan, re-visan (vuelven a mirar) los paisajes después de la batalla, después de la derrota. Pero enfrentados a estos poemas están unos pequeños mordiscos de cuatro versos entre corchetes que dan paso a la esperanza: Porque habrán de venir nuevos hombres de leche,/ nuevos hombres de pluma, de hierro, nuevos hombres/ en los que el daño viejo sea corteza presente/ no de miedo ni cascos ni metralla ni cal.
Y, cómo no, poemas fieles como perros de mesa de camilla. ¿Pero a los pies de quién puede descansar una poesía tan “incómoda”? ¿A qué señor responde fiel Manolo García? ¿Cuál es la voz de su amo? En los buenos poetas y en los que quieren aprender a serlo sólo cabe una gran fidelidad: la poesía, y a mayores, la literatura en general. De ahí surgen poemas claramente metaliterarios con Oscar Wilde, con Azorín, con Antonio Muñoz Rojas, y una malvada y divertida “Maldición Literaria” pensando en no sé quién. Porque si algo queda claro al leer estos poemas es que Manolo García tiene muchos libros detrás que lo sustentan, y sobre ellos se alza para ladrar a gusto.
Finalmente cabe explicar lo de la melancolía de la mirada canina. Y quizá sea éste, a mi modo de ver, el gran saco que reúne a ladridos, mordiscos y fieles carantoñas, porque Poemas para perros contra lo que se ha dicho no es un libro duro. Es cierto que sus poemas transitan por una especie de meseta que en una primera lectura puede resultar algo árida. Cojan, por ejemplo, el primero y el último de los poemas. El primer verso del libro dice: Me vas a perdonar que te vomite… Por su parte el último verso del último poema acaba: …frente al risco desierto y desolado. Objetivamente las lindes del libro son austeras, pero sólo son eso, fronteras que encierran al libro y a cada uno de sus poemas. Estéticos parapetos muy bien logrados que a duras penas contienen la verdadera emoción que les late por dentro. Así, el primer poema, tras un comienzo tan ladrador acaba por reconocer: … la tierra adentro/ a la que fui a caerme desde el vientre/ profundo de mi madre es la que quiero. No hay que ser ingenuos: cuando el verso vertebral de un poema está compuesto por palabras como “profundo”, “madre” y “quiero”, por más agreste que sea su periferia, es definitivamente un poema melancólico, en el mejor sentido que esta palabra pueda tener.
El caso del poema final es más claro aún, pues resulta un homenaje a Muñoz Rojas, un poeta nada rudo, ni seco, ni ladrador, aunque sí, claramente melancólico.
Y por apostillar: Escribir es herir, dice Manuel García; Amar es combatir, decía Vallejo. La lucha en ambos casos se da en los versos.
Manuel García, ‘Poemas para perros’, Point de Lunettes. Sevilla, 2007.