Plantemos un árbol

Ayer por la tarde tuvo lugar en la sede de la Fundación Euro-Árabe la presentación de un pequeño libro que reunía poemas y textos de veintidós autores granadinos. ¿La enésima y definitiva antología? No, algo bastante más sugerente. Se trataba de un acto cívico-literario donde poetas y escritores proponían la suplantación por un árbol del monolito que homenajea a José Antonio en la Plaza Bibataubín.
 
En principio es una propuesta de higiene democrática y de decencia ética que hace tiempo se habría debido tomar, pero seguro que alguien le pone pegas: “Es una parte de la historia que hay que asumir”; “Conviene mirar hacia el futuro y no reabrir heridas del pasado” (ésta es la preferida del PP); y algunas más por el estilo.
 
Yo celebro la iniciativa de este grupo de amigos coordinado por José Carlos Rosales. Creo que los ciudadanos debemos tomar conciencia de que la ciudad no es un paisaje ajeno sino un espacio propio, público y compartido en el que gastamos buena parte de las horas del día. Una ciudad es la extensión civil de nuestra casa. Nos gusta verla limpia, con flores de temporada, con paseos nostálgicos y rincones personales, lo mismo que nuestro salón.  ¿Y quién colocaría un monolito a José Antonio en el salón de su casa? Entiendo que la mayoría no lo haríamos, pero si alguien está dispuesto, lo animo vivamente a que no tenga reparos y acometa la feliz trasgresión de un robo nocturno. Me comprometo a ayudarle en la mudanza.

Quizás (sería hermoso), a la noche siguiente el ladrón filofascista llegara a la plaza, ya libre, y nos ayudara a plantar el árbol. Pero no creo.

‘Sólo amor’ de Jesús Munárriz

Portada del libro

Portada del libro

Cualquier aficionado a la poesía reconoce a bote pronto el nombre de Jesús Munárriz; bien sea porque se ha acercado a sus versos sencillos, irónicos y comprometidos, bien porque ha leído alguna de sus traducciones de los clásicos en alemán: Goethe, Hölderlin, Rilke, Celan… O bien porque ha tenido entre sus manos algún libro editado en Hiperión, esa prestigiosa editorial que él dirige desde que la fundara en 1975 y que llena nuestra librería de colores sugerentes y divertidos (todo poeta joven ha fantaseado alguna vez con cuál sería el color de su libro si ganase el premio Hiperión).

Hoy lo traigo a este blog en calidad de poeta, para recomendar vivamente su último libro, Sólo amor.

Munárriz ha fijado en el tema amoroso una de las líneas maestras del conjunto de su obra. Baste recordar los títulos de alguno de sus libros: De aquel amor me quedan estos versos (¡Qué envidia de título!), Esos tus ojos u Otros labios me sueñan.

Después de leer los versos de Sólo amor al lector le queda un eco suave en los oídos, como una pelota que golpea en un frontón, porque son versos de palabras humildes y elementales que buscan su acomodo en el poema sin estridencias, que dicen y se elevan sin necesidad de complejos artefactos.

Ahora bien, aquí la poesía, en tanto que manejo de unos conocimientos métricos y estilísticos existe, y además existe mucho; lo que ocurre es que Munárriz sabe que un poeta ostentoso acaba por ser un poeta innecesario, por eso camufla sus recursos técnicos entre el follaje de unos versos declaradamente sinceros.

El libro es un bloque homogéneo, en el sentido de que no tiene secciones ni apartados, pero también es un viaje sentimental que se proyecta en múltiples direcciones. Cada poema es un recuerdo, una anécdota, una manera íntima de nombrar sin nombrar a la persona amada.

Por no extenderme copio aquí sólo el primer poema, el que recibe al lector y lleva por título “Ofrenda”:

Este fuego se enciende

a la divinidad cuyos altares

son los cuerpos hermosos,

su liturgia el deseo,

su sacrificio el goce.

Permítanme una exageración: Si los adolescentes españoles colocaran algunos poemas de este libro en sus carpetas, yo creo que el día de mañana este país sería un lugar sentimentalmente más decente.

Para terminar, habrá que agradecerle a la amada (nunca nombrada en el libro) la provocación de estos poemas. Vamos digo yo.

Sólo amor,

Jesús Munárriz,

Bartleby Editores, 2008.

‘Arquitectura efímera’ de Francisco Ruiz Nogueras

Francisco Ruiz Nogueras

Francisco Ruiz Nogueras

Francisco Ruiz Nogueras es un poeta malagueño y necesario. Lo primero porque le dieron a luz en el bello pueblo de Frigiliana; lo segundo porque en su personal voz se reúne lo mejor de las mejores tendencias poéticas de este siglo que se fue y que nunca nos quitaremos de encima.

Para muestra les propongo hoy la lectura del su último libro, Arquitectura efímera, que recibió el Premio Vicente Núñez en este año 2008.

Es muy reconfortante encontrarse con libros meditados, que no se recrean en la banalidad de lo anecdótico ni en el canto impostado de lo sublime. Libro humilde, sincero y modesto el de Ruiz Nogueras, y sólo desde esa triada se puede abordar con éxito las reflexión poética sobre el paso del tiempo y el coste de vivir. Al fin y al cabo esto es la “arquitectura efímera”, un necesario construir para llegar a la nada, un instante tremendo en espacios concretos: por eso conviene, como nos recuerda el poeta, mirar todo lo que de hermoso se te ofrece.

El libro se divide en cuatro apartados y un poema final. Cada apartado termina con un poema de un único verso que lleva por título Ars vivendi. Junto aquí los cuatro versos y hago un poema:

Saquear las moradas de la vida.
Soportar el rumor de la memoria.
Buscar la luz en medio de la niebla.
Mirar los ojos limpios de lo oscuro.

Cada uno de estos versos funciona como resumen o sentencia de los poemas que le preceden. Así, los poemas del primer apartado son más vitalistas; más nostálgicos los del segundo; reflexivos y punzantes los del tercero; y trágicamente contenidos los del cuarto.

Apunten ciertas perlas. Poemas como los que llevan por título “Propósito”, “Nevada”, “Herida” o “El filo” son verdaderos ejemplos de cómo la poesía sólo necesita unas pocas palabras esenciales y bien articuladas para abordar desde la sencillez los temas más trascendentales.

Qué bueno sería que viniera a leerlos pronto por Granada.

‘Arquitectura efímera’

Francisco Ruiz Nogueras.

Visor, 2008.

‘Fin de fuga’ de Trinidad Gan

El próximo lunes se presentará a las siete y media, en la librería de la Universidad de Granada “La bóveda”, el último libro de poemas de Trinidad Gan, Fin de fuga. El libro viene avalado por el Premio de Poesía Cáceres Patrimonio de la Humanidad del cual resultó ganador en su vigésima edición.

Fin de fuga supone, entre otras cosas, el fin de un silencio que iba ya durando demasiado. Desde que a finales del pasado siglo el nombre de Trinidad Gan se acercara a los corrillos literarios con un breve libro editado en Cuadernos del Vigía, Los sueños del pirata, no habíamos vuelto a leer de ella, si salvamos la edición colecctiva que hizo la Diputación de Granada de los finalistas del Premio Genil, entre los que Trinidad se encontraba. Y afortunadamente este silecio se ha hecho trizas en un solo año, porque, aparte de este Fin de fuga que hoy comentaremos, está listo para salir su próximo libro, que también, sin duda, tendremos el gusto de traer a estas páginas virtuales.

Los poemas de Fin de fuga siguen una estructura sigilosa y bien domada, sin exhabruptos, sin cantos de cisne. Es un viaje sentimental que parte del naufragio más íntimo para terminar felizmente arribando a la costa serena de la vida. Pero entre la ola que hunde la barca y la ola que reflota al náufrago transcurren cuatro apartados a lo largo de los cuales Trinidad Gan se detiene en reflexiones nocturas, que no encuentran consuelo en la madrugada, y afronta aquellas verdades incómodas que sólo el sufrimiento y el desvelo enseñan a comprender.

Es la noche en estos poemas el territorio común donde se encuentran los desnortados, aquellos que como Trinidad eligen escribir la historia personal de su desorientación para mayor gloria de la valentía sentimental (algo, ay, tan escaso).

Más allá de todo esto, y abriendo un hueco para que el libro respire antes de abordar las conclusiones, cabe destacar el hermoso apartado titulado “Los centinelas”; una serie de poemas de corte elegíaco que juntan la emoción del recuerdo y la sobriedad del verso de una manera ciertamente notable.

Si tiene tiempo asista a la presentación del lunes, si no lo tiene haga un esfuerzo y deténgase un instante en cualquier librería. Y no corra tanto, que ya nos advierte Trinidad Gan de que toda fuga acaba por tener un fin.

Fin de fuga,
Trinidad Gan.
Visor, 2008

‘El don de la ignorancia’ de José Corredor-Matheos

El Don de la Ignorancia

La semana pasada vino a leer sus poemas a Granada un señor que junto a su amabilidad portaba una edad venerable y un currículun dilatado: Premio Boscán de Poesía, Premio Nacional de Traducción, Premi d`Arts Plastiques de la Generalitat de Catalunya, y aquí me paro porque el resto de su bio-bibliografía se puede encontrar en Google.

De entre todos sus libros El don de la ignorancia es uno de los mejores ejemplos para entender las líneas maestras de la poesía de Corredor-Matheos, un autor de incómoda clasificación para los amantes de las generaciones y los grupos.

El poemario, dividido en cuatro apartados, transita siempre por la senda de la “palabra esencial”, es decir, desecha cualquier material léxico que no le ayude a mostrar la sencillez de aquello que quiere expresar. Esa pulcritud es la que le lleva a componer unos poemas límpios, donde muestra su asombro por la vida; unos poemas desprovistos de casi todo, menos de verdad. En este sentido es pertinente la comparación con Eugenio de Andrade.

La relación de Corredor–Matheos con la naturaleza tiene algo de vocación panteísta pero, en su acertada apuesta por la sencillez, cuando dice “arbol”, “pájaro” o “mar” no quiere nombrar ni la robustez del árbol, ni la libertad del pájaro, ni la inmensidad del mar, sino al objeto árbol o al objeto pájaro como elementos desprovisto de cualquier simbología:

No sabe el gorrión

que es gorrión,

aunque advierte que él

no es una alondra […]

Las conexiones de la poesía de Corredor-Matheos con filosofías orientales como el budismo o el taoismo no están disimuladas en ningún momento; no es sólo la contención léxica antes reseñada, sino que más allá de la propia estructura, se encuentra un juego de emociones que generalmente tiende a derramarse hacia adentro, huyendo de todo efectismo y toda resonancia.

Por último, destacar el guiño socrático del título. Ciertamente, aquí la “ignorancia” no es más que el asombro constante ante la fugacidad y la perpetuación de la vida; es decir, el don de la verdadera sabiduría, que sólo algunos pocos, y ya ancianos, saben discernir.

‘Poemas para perros’ de Manuel García

Portada del libro

Más allá del ladrido, el mordisco y la fidelidad, si algo hay que reconocerle a los perros como específico de su ser es la melancolía de su mirada. Pues algo sí sucede con el libro de Manuel García. Vamos por partes:

Hay aquí poemas que ladran, sin desafinar, y nombran espacios en sombra, incómodos paisajes que los ciudadanos preferimos ignorar y donde los poetas, cuando deciden detenerse en ellos, suelen patinar en la pose fatal del malditismo; pero felizmente no es éste al caso de Manuel García, porque para ladrar bien, y no parecer ni perro ni bobo, hay que saber de lo que se habla, es decir, de lo que se ladra. Uno de los mejores ejemplos de ladrido, casi lobo aullando, se da en el poema en prosa “Mi nombre es nadie”, donde queda probado que la poesía admite la denuncia y lo social, sin más exigencia que la obligación de ser denuncia poética y no palabras aisladas que explotan y manchan y lo dejan todo hecho un asco.

A golpes de ladrido se crea un pequeño circo de monstruos solitarios con mendigos, perros abandonados, niños tontos, maestros viejos y olvidados y, no podía faltar, una puta. El tratamiento poético de una galería de personajes tal, parece un trabajo fracasado de antemano, sólo abordable por posmodernas corrientes adictas al vacío o voluntariosos militantes de ONG. Pero Manuel García logra esquivar a unos y otros para inaugurar un nuevo mirador, donde no cabe el feísmo sino el realismo, donde no hay sensiblería sino dolor hondo y mondo, donde no encuentra un hueco la maleada solidaridad porque la respuesta del poeta es incómoda y veraz.

Esconde también este libro poemas que muerden. Mordiscos tiernos, aunque a primera vista parezca lo contrario, que en lugar de herir abren respiraderos por los que se cuela la luz provocando un interesante juego de contrates. Me refiero concretamente a la primera parte del libro que lleva por título “Belchite” y donde poemas desalentados reflexionan, re-visan (vuelven a mirar) los paisajes después de la batalla, después de la derrota. Pero enfrentados a estos poemas están unos pequeños mordiscos de cuatro versos entre corchetes que dan paso a la esperanza: Porque habrán de venir nuevos hombres de leche,/ nuevos hombres de pluma, de hierro, nuevos hombres/ en los que el daño viejo sea corteza presente/ no de miedo ni cascos ni metralla ni cal.

Y, cómo no, poemas fieles como perros de mesa de camilla. ¿Pero a los pies de quién puede descansar una poesía tan “incómoda”? ¿A qué señor responde fiel Manolo García? ¿Cuál es la voz de su amo? En los buenos poetas y en los que quieren aprender a serlo sólo cabe una gran fidelidad: la poesía, y a mayores, la literatura en general. De ahí surgen poemas claramente metaliterarios con Oscar Wilde, con Azorín, con Antonio Muñoz Rojas, y una malvada y divertida “Maldición Literaria” pensando en no sé quién. Porque si algo queda claro al leer estos poemas es que Manolo García tiene muchos libros detrás que lo sustentan, y sobre ellos se alza para ladrar a gusto.

Finalmente cabe explicar lo de la melancolía de la mirada canina. Y quizá sea éste, a mi modo de ver, el gran saco que reúne a ladridos, mordiscos y fieles carantoñas, porque Poemas para perros contra lo que se ha dicho no es un libro duro. Es cierto que sus poemas transitan por una especie de meseta que en una primera lectura puede resultar algo árida. Cojan, por ejemplo, el primero y el último de los poemas. El primer verso del libro dice: Me vas a perdonar que te vomite… Por su parte el último verso del último poema acaba: …frente al risco desierto y desolado. Objetivamente las lindes del libro son austeras, pero sólo son eso, fronteras que encierran al libro y a cada uno de sus poemas. Estéticos parapetos muy bien logrados que a duras penas contienen la verdadera emoción que les late por dentro. Así, el primer poema, tras un comienzo tan ladrador acaba por reconocer: … la tierra adentro/ a la que fui a caerme desde el vientre/ profundo de mi madre es la que quiero. No hay que ser ingenuos: cuando el verso vertebral de un poema está compuesto por palabras como “profundo”, “madre” y “quiero”, por más agreste que sea su periferia, es definitivamente un poema melancólico, en el mejor sentido que esta palabra pueda tener.

El caso del poema final es más claro aún, pues resulta un homenaje a Muñoz Rojas, un poeta nada rudo, ni seco, ni ladrador, aunque sí, claramente melancólico.

Y por apostillar: Escribir es herir, dice Manuel García; Amar es combatir, decía Vallejo. La lucha en ambos casos se da en los versos.

Manuel García, ‘Poemas para perros’, Point de Lunettes. Sevilla, 2007.

Comenzamos

Desde este rincón nos acercaremos cada semana a la poesía. Libros, presentaciones, premios… Todo lo recomendado en nuestra ciudad.

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