MY BLUEBERRY NIGHTS

En su subjetivo, personal y parcial resumen de lo mejor del año, mi gurú particular, Carlos Boyero, reseña lo siguiente: «No siendo fan incondicional del cine de Wong Kar Wai, me fascina el trasplante de sus obsesiones, de encuentros y desencuentros amorosos, de su inconfundible y poderosa estética que ha realizado al cine norteamericano con «My blueberry nights.»

 

Y, como (casi) siempre, no puedo sino coincidir al 100% con su apreciación. De hecho, entré en la sala cargado con un cierto resquemor. Otras películas del esteta cineasta chino me habían gustado mucho formalmente, pero habían terminado aburriéndome sobremanera. Así que…

 

Además, las críticas a su película americana, en general, no habían sido buenas. Nada buenas. Y eso que el guión viene firmado por él y por el grandioso escritor Lawrence Block, uno de mis novelistas negros y criminales más queridos y respetados. Y la banda sonora, compuesta por Ry Cooder, por lo que podíamos esperar un cierto aroma a «París, Texas», por supuesto. (Música e imágenes, pinchando en estos Cuaversos)

 

Y para mí que de ahí viene el problema con las malas críticas, precisamente. Por un lado, aún teniendo secuencias e imágenes de una belleza sin igual, «My blueberry nights» es, posiblemente, la menos esteticista de las películas de su autor, concediendo más importancia a los actores y a la historia que a la indudable potencia de la fotografía y el montaje. En este sentido, los muy modelnos se debieron quedar con un palmo de narices.

 

Pero tampoco estamos ante una película fácil o complaciente. De hecho, cuando terminó su proyección, dos chicas de unos diecibastantes años proclamaron a voz en grito que la peli era un bodrio, que no contaba nada, que no tenía historia y que era un aburrimiento.

 

Pobres.

 

Que no cuenta nada la película. ¡Ay!

 

En un momento, Jeremy, interpretado por un atractivísimo Jude Law, explica cómo fracasó su relación con una chica: «Pasaron cosas. Pasó el futuro. Pasó la vida». ¿Se puede decir más con menos palabras? Es, quizá, la gran característica del cine de Wong Kar Way: decir lo máximo posible con las mínimas palabras. Por eso, las imágenes de los labios de Norah Jones, con restos de tarta, resultan tan explícitas, tan sensuales, tan atractivas, tan mágicas, tan sugerentes.

 

¿Que le falta Lógica?

 

¿Qué lógica puede haber en una historia de amor fou? ¿Cómo no creer en la fuga, en la huída del personaje de Norah Jones? ¿Cómo no emocionarse con esos personajes con los que entabla relación en el camino, del policía alcohólico a la jugadora de dulce sonrisa?

 

Sí. «My blueberry nights» fascina, hipnotiza y conquista a cualquier espectador con un mínimo de sensibilidad. Al menos, a cualquiera que haya sufrido en sus carnes el desamor, la soledad y el abandono. Y puede que no sea una película redonda o perfecta, que haya algún bajón en el ritmo y que, en algún momento, resulte redundante. ¿Y? Estamos ante una fantástica road movie que, de bar en bar, de cafetería en cafetería, de tugurio en tugurio; muestra bocados de realidad y suspiros de poesía, belleza, inocencia y esperanza. La esperanza que hay en los ojos de Jeremy o en la sonrisa del personaje interpretado por la cada vez más adorable Natalie Portman.

 

Sí. Me ha gustado «My blueberry nights». Mucho. ¿Se nota?

 

Lo mejor: que la he visto en el momento oportuno. Y Natalie Portman. Un fetiche. Una fijación, desde «León el Profesional».

 

Lo peor: Algún tiempo muerto que se hace demasiado largo.

 

Valoración: 8

Jesús Lens      

007. QUANTUM OF SOLACE

Diez razones por las que me ha decepcionado la nueva entrega de la serie James Bond:

 

Primera.- Porque arranca con una persecución directamente copiada de «Casino Royale», pero sin llegarle a ésta ni a la altura de los zapatos.

 

Segunda.- Porque la huella, la mano y la sombra de Bourne son alargadas, quizá demasiado. Vale que en la pelea cuerpo a cuerpo de Daniel Craig, la inspiración con el olvidadizo héroe encarnado por Matt Damon está bien lograda, pero el tono general de una película Bond no puede remitir a otros héroes de acción, por contemporáneos y molones que éstos sean.

 

Tercera.- Porque, a decir de muchos, ésta es la peli de Bond que gustará a quiénes no les gusta Bond. Pero yo he ido a ver una película Bond y, claro, quiero una buena dosis de 007. Y en «Quantum os solace» no la encuentro (casi) por ningún lado.

 

Cuarta.- Porque las pelis de Bond, argumentalmente, empiezan y terminan en sí mismas, son autoconclusivas, sin dejar cabos sueltos que atar en la siguiente entrega. Así, no es de recibo que Bond busque venganza en Quantum por lo que le aconteció en «Casino Royale», máxime si ello afecta a sus relaciones con el género femenino.

 

Quinta.- Íntimamente ligada con la anterior y sin entrar en detalles, porque la chica Bond no ejerce de tal.

 

Sexta, Séptima, Octava, Novena y Décima.- Porque el malo de la película es pésimo. Patético. Lamentable. Risible. Sin el más mínimo carisma. Sin la más mínima conectividad con el espectador. Posiblemente, el peor malo de la historia de la saga de Bond.

 

Y así, ¿qué más da que Daniel Craig me siga gustando como 007? ¿Qué importa que la trama toque temas interesantes y globalizados? ¿Qué más da que haya momentos visualmente impactantes, como los del desierto de Bolivia? ¿Cómo voy a hablar bien de la secuencia de Tosca, bien resuelta e imaginativamente trabajada? ¿Y para qué reflexionar sobre el proceso de embrutecimiento sufrido por un James Bond que parece haber estado en un curso de reciclaje impartido por Jack Bauer & co?   

 

Un fiasco, este 007. Con lo felices que nos las prometíamos con la durísima «Casino Royale», esta segunda entrega de la dinastía Craig nos hace temernos lo peor con relación al futuro de los servicios de espionaje británicos.

 

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.