Juan Ramón Tramunt

¡El sábado! ¡El sábado vienen Juan Ramón y María Jesús! A presentar la novela “La piel de la lefaa”, cuya reseña dejamos aquí y, sobre todo, a charlar con todos nosotros sobre viajes, Marruecos, el Sahara, libros, documentales, películas, etc. Será a las 20 horas del sábado 8, en la Sala de Exposiciones de CajaGRANADA en Puerta Real, a las 20 horas.

La piel de la lefaa

Una inmejorable ocasión de disfrutar de una ilustrativa y excitante charla con personas sabias, buenas y entrañables, como vais a tener la ocasión de comprobar.

 

¿Nos vemos?

 

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Jesús Conde: de recuerdos y sueños

La primera vez que lo vi, pensé que podía ser Granada. Pero no. No lo es. Aunque podría serlo. ¿Por qué no?

Jesús Conde, autor del cuadro, me dice que es el Funduq de los Andaluces y que se encuentra en Marruecos, concretamente, en la ciudad de Fez.

Entro en Internet, buceo, busco, comparo… Y sí. Claro que es. O que puede ser. El Funduq de los Andaluces. Aunque también puede que no lo sea. Al menos, que no sea exactamente así como es.

Porque las cosas, los lugares, los objetos; ya no son lo que eran. Excepto en nuestra cabeza, en nuestra imaginación, en nuestros sueños, en nuestros deseos.

Cuando contemplo, admirándolo, el cuadro de Jesús me dan ganas de volver a Fez y buscar el lugar en que se encuentra el Funduq. O lo que queda de él.

Hace unos años, en la Medina de Fez, viví uno de los momentos más intensos en mi existencia viajera, recorriendo durante horas y horas sus callejones, recovecos, cafetines, mezquitas, baños y comercios; perdido en el fragor casi medieval de un barrio que es un mundo en sí mismo, un universo completo, suspendido en el tiempo, en el que las mercaderías se transportan en burro y el paso se pide a voces. O a golpes y encontronazos.

Pocas veces como en la Medina de Fez he estado menos en un lugar físico y concreto que en una pura abstracción, en un universo onírico, metafísico.

Entonces recuerdo el discurso que Jesús Conde pronunció con motivo de su ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de Granada, titulado “Los objetos melancólicos”, y que incluye el siguiente párrafo:

“La melancolía, “esta forma placentera de estar triste” decía Víctor Hugo, es un sofoco del espíritu que afectará a generación tras generación, y Occidente persigue desde hace veinticinco años. Los viajes y cuadernos de apuntes que dibujaron las ciudades perdidas, las cajas que guardamos de niños, los tesoros de los piratas, las tiendas de antigüedades, los mercadillos de viejo, escuchar boleros, buscar en la madrugada el duende del flamenco es a fin de cuentas un estado de ánimo entre “el ombligo y la lágrima” ya que no hay melancolía sin memoria, ni memoria sin melancolía. Ella crea el sentimiento habitual de nuestra imperfección, esa enfermedad de los héroes, la tristeza sin causa. ES LA LUZ DE LA SANGRE.”

Se puede viajar de muchas formas y de muchas maneras y cada persona, en cada viaje, busca cosas distintas. Y, si el viaje es bueno, encontrará cosas diferentes, también, a las que buscaba.

Una de las formas posibles de hacer un viaje, inmóvil, es a través de la ensoñación.

“El Funduq de los Andaluces” es precisamente eso: una invitación al viaje, una ensoñación, una metáfora pictórica de lo que es, de lo fue y de lo pudo llegar a ser.

Me gusta tumbarme en el sofá, cuán largo soy, y contemplar el Funduq. Cerrar los ojos y dejarme llevar por los recuerdos que no sabes si son sueños.

Por los sueños que te gustaría que fueran recuerdos.

Para eso es el arte, ¿no?

Jesús soñador Lens

¿Qué soñábamos, anteriores 13 de enero en los que no era viernes? 2009, 2010 y 2011

Veintidós peldaños

De Roger Mimó, autor de esta extraordinaria “Veintidós peldaños” que acaba de publicar la editorial ALMED, tenía referencias por ser autor de una guía de viajes de Marruecos que me gusta usar cuando viajo hasta allí, y por regentar uno de esos hotelitos con encanto en el país alauita. Además, de Roger Mimó había leído la muy recomendable “El largo camino africano”, una narración de las aventuras que vive el autor cuando emprende un completo y complejo viaje, en un jeep artrítico, por Marruecos, Argelia, Mali, Costa de Marfil, Mauritania y Guinea Conakry.

Con estos avales podréis entender que un buen día, tomando café con Juanma, esturreara toda la barra del garito de Arriaga en que nos vemos de vez en cuando, al decirme que estaban a punto de publicar la nueva novela de Roger Mimó, cuya web podéis ver aquí.

Noticias como ésa son de las que te alegran un día, haciendo que no te importe que empiece a llover cuando has salido de casa sin paraguas o, peor aún, comprobar que no tienes las llaves encima, al regresar. Da igual. No importa. No pasa nada.

Reconozco que cuando Juanma me comentó de qué iba “Veintidós peldaños”, me dio un poquito de yuyu. Ojo, el tema me parecía, y me sigue pareciendo, apasionante, pero después de haber leído las novelas de Yasmina Khadra, temía que el descenso al abismo del terrorismo islamista al que nos invita Mimó me sonase a conocido. Peor aún, a repetido.

Porque “Veintidós peldaños” lleva como subtítulo, precisamente, “Memorias de un terrorista islamista” y los escalones referidos son todos y cada uno de los estadios por los que pasa un muchacho tan brutote como noble, nacido en una zona de Marruecos, hasta verse convertido en una bomba de relojería a punto de estallar.

Pero no. Os puedo asegurar que no hay que tener el más mínimo de los recelos y que cualquier atisbo de duda se disipa prácticamente desde que comienzas una lectura absolutamente recomendable, necesaria y esencial para saber muchas de las cosas que pasan ahí abajo, ahí al lado, en un país del que somos vecinos y con el que estamos felizmente condenados a entendernos.

¿Hay religión en la conversión del protagonista de la novela? Sí, claro. Pero mucha menos de la que te puedas imaginar. Y, desde luego, no del tipo que estás pensando. Porque para que un chaval normal y corriente decida convertirse en un asesino en masa, la religión tiene que venir acompañada de más cosas. De muchas más cosas.

De una situación económica complicada, por ejemplo. De un entorno familiar que tampoco es fácil. De una sociedad opresiva. De unas expectativas demasiado altas. De una realidad más dura aún. De los sueños que se rompen. De los sueños que nos roban. De los sueños que, al final, se convierten en pesadillas.

Cuando leas “Veintidós peldaños” –porque tienes que leerla, ya me lo agradecerás- hablamos de todo esto y demás. Hablamos, que el libro tiene miga y, lo que es mejor, se lee a la velocidad de un huracán.

Una vez que pasas las primeras páginas y subes el primer peldaño, ya no podrás dejar de ascender hasta alcanzar el veintidós, el más alto y definitivo. Ya verás que no haces un alto en el camino, que no buscas un rellano en el que coger aliento. ¡Todo hacia arriba!

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

Mitad de diciembre. ¿En qué estábamos, en 2008, 2009 y 2010?

Los que hemos amado

Desde que descubrí el sur, nunca quiero ir al norte. Me da igual el calor, la incomodidad, la falta de museos y centros culturales, la sequedad, la sed, las moscas, la malaria o los mosquitos. Desde que descubrí el sur, yo ya solo miro hacia abajo.

Por alguna extraña e incomprensible razón (Cristina seguro que deja de hablarme desde que lo haga público) no había leído nada de Willy Uribe. Hasta ahora. Lo conozco de Semana Negra y cada vez que le he escuchado hablar me ha parecido un tipo serio y cabal. Su “Sé que mi padre decía” arrasó entre lectores y otros escritores, hace un par de años. O tres. Y “Cuadrante las planas” fue uno de los libros más recomendados, boca-oreja, del año pasado.

Pero, por alguna conjura astral o, sencillamente, por una sencilla cuestión de oligofrenia, no había abierto un solo libro de Willy Uribe. Hasta ahora. Aunque los tengo todos. O casi.

Me fui a la playa, el pasado fin de semana. En mi caso, bajar a la playa es bajar a Carchuna y, por tanto, encerrarme en ese espacio mítico en que sólo hay un porche y una playa, una carretera secundaria, unas zapatillas para correr, sol, mar… y muchas, muchas horas por delante.

Comencé “Los que hemos amado” el viernes por la noche, antes de irme a dormir. El sábado a media tarde, no quedaban ni las raspas de la novela de Uribe. Una novela que, en mi caso, arranca con una de esas dedicatorias que ya denotan que el autor es alguien especial, diferente, con voz y criterio propios: “¡Salud y Fortuna!”

Ahí es nada. Salud y Fortuna. ¿Se puede ser más generoso con menos palabras? Y sí. Es cierto que esta novela, editada por Libros del Lince, es relativamente cortita, apenas 225 páginas. Pero… ¡qué páginas!

Dividida en 60 cortos capítulos, secos y contundentes como un puñetazo en la boca del estómago, “Los que hemos amado” es una de esas novelas que ha conectado conmigo, con mi forma de entender la vida (desde una óptica más ideal e idealista que auténticamente real, por desgracia), la literatura, el viaje y la amistad. O de no entenderla, claro. Pero, en el fondo, da lo mismo: los extremos siempre acaban tocándose.

Años 80. Dos amigos de Bilbao, surferos, jóvenes y desubicados, uno rico y distinguido, de noble familia bien situada; el otro humilde y pobre, de familia bien desestructurada, se marchan a Marruecos. A coger olas. Y a ver la vida pasar. ¿O bajan a algo más?

Antes del viaje, algunas señales ya ponen a Sergio, el chico pobre, sobre aviso. O deberían haberle puesto. Porque Eder, el perfecto, quizá no lo sea tanto. ¿O sí?

“La primera vez que viajé al sur, a Marruecos, tenía veinte años. La idea fue de mi amigo Eder, que acababa de cumplir diecinueve. Para él también fue la primera vez. Y muy a su pesar, la última.”

Así comienza “Los que hemos amado”, un título ¿inadecuado? para una historia protagonizada por dos muchachos tan jóvenes, que tienen toda la vida por delante, sobre todo, para meter la pata. Y sacarla después. Y enmendar los errores cometidos. ¿O no?

Tempus fugit. Y se acerca el invierno. Pero nos queda el sur. Siempre, el sur. Gracias, Willy, por recordárnoslo. “Los que hemos amado”. Imprescindible.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

PD.- Otras cosas del 25 de julio: las de 2009 y las de 2010

La piel de la lefaa

Si ustedes le conocieran, no lo creerían. Es alto. También. ¿Qué pasará en Agüimes para que buena parte de la peña creativa de la localidad canaria tienda a alcanzar los dos metros de altura, como comentamos en el caso de Paco Suárez?

 

Juan Ramón Tramunt es, además, afable, pausado y cariñoso. Un primor de hombre, rebosante de bonhomía y humanidad. Y por eso digo que, si ustedes le conocieran, no lo creerían. Porque, después de leer, en dos sentadas, la primera versión de su novela inédita (de momento), “La piel de la lefaa”, me ha quedado meridianamente claro que Juan Ramón está detrás de todos los acontecimientos que, en las últimas semanas, sacuden los países del Magreb.

Imagino que la CIA, el FBI, la Interpol y hasta el CNI español tendrán un dossier más gordo que lo que solía ser una guía de teléfonos sobre Juan Ramón. Y es que en su novela, en un puñado de adictivos 200 folios que se leen en lo que tarda un avión en salir, despegar, volar, aterrizar y aparcar, explica a la perfección cómo se puede organizar una revuelta de la forma más aparentemente inocua y pretendidamente inocente.

¿Os acordáis del follón que se organizó en los territorios saharauis hace unos meses y que anticipó lo que, después, pasaría en Túnez, Egipto y Libia? Solo que, en Marruecos, la cosa no acabó igual: a sangre y fuego, los alauitas sofocaron la protesta saharaui…

Hace ahora un año tuvimos la ocasión de compartir un viaje con Juan Ramón, el antes citado Paco y otro nutrido grupo de personas, comandadas por nuestro siempre querido y añorado Antonio Lozano. Bajamos hasta Marrakech y, desde allí, cruzando el Atlas, nos adentramos en sur profundo de Marruecos, hasta que arribamos a las primeras arenas del desierto del Sahara.

Entre birra y birra, regateo y regateo, visita y visita… Juan Ramón iba mirándolo todo, viéndolo todo y fotografiándolo todo. Pero, en especial, iba con los poros bien abiertos, captando sensorialmente todo lo que nos rodeaba.

Y, como los buenos escritores, devuelve el contenido de aquellos días al lector, en la novela. Y lo hace de una forma sencilla, transparente y en absoluto artificiosa. En “La piel de la lefaa” no hay exotismo gratuito sino que el paisaje forma parte de la narración, la condiciona y la hace avanzar. Juan Ramón transporta al lector a un espacio y a un tiempo que, por cercanía geográfica, debería resultarnos muy familiar pero que, por separación geográfica es como si estuviera a años luz.

No sé qué editorial tendrá la suerte de publicar “La piel de la lefaa”, pero creedme que estaré muy atento y, en cuanto aparezca, lo haremos saber para que podáis disfrutar de una extraordinaria novela.

Y a Juan Ramón, antes de que los servicios de inteligencia españoles, franceses o yanquis lo contraten para su causa, tan sólo nos queda darle la enhorabuena por haber escrito esta novela. Un privilegio haberte conocido y haber compartido buenos tragos y mejores momentos. ¡No te pierdas, querido Juan Ramón, que seguimos teniendo pendientes esos vinos con aroma volcánico en El Hierro!

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.