Coches rápidos y música alta

“Baby Driver” es una apreciable película de 115 minutos de duración que hubiera sido mejor si durara 10 minutos menos. De hecho, habría llegado a ser realmente notable si su director se hubiera ceñido a los famosos tres rollos del cine clásico: aquellos ya olvidados 90 minutos a los que los grandes maestros solían ceñirse. Con notable aprovechamiento, por cierto.

Porque la cañera “Baby Driver” comienza a toda mecha, sigue a velocidad de crucero y termina derrapando y aburriendo al respetable al enrollarse sobre sí misma a base de escorzos e innecesarios giros del guion.

 

Edgar Wright, vigoroso director y guionista de la cinta, bien debía saber que “Baby Driver” es un poderoso ejercicio de estilo en el que el desarrollo de los personajes, más que secundario, resulta intrascendente. Que el protagonista tiene empaque suficiente como para sostener toda la historia sobre sus hombros.

¿Quién se acuerda, así a bote pronto, de los malos de “Bullit”, “Drive”, “Heat” o “The Driver”, películas que tanto tienen que ver con ésta? Sí. Hablamos de conductores. Y de coches, motos y persecuciones. De atracos. De música. Y de estilo. De clase. De presencia y de prestancia.

 

Resumiremos “Baby Driver” diciendo que el chaval al que hace referencia el título es un joven y experto conductor que trabaja en los sofisticados atracos que diseña Kevin Spacey. Un joven que, por un accidente del pasado, tiene una afección auditiva: le pitan continuamente los oídos. De ahí que siempre escuche música. Y ya.

 

Porque todo lo demás que contemos sobre el argumento carece de importancia. La clave está en la conducción a toda velocidad, en las maniobras imposibles que realiza Baby, brillantemente interpretado por Ansel Elgort, para burlar a sus perseguidores y en la música que escucha.

Que sí. Que hay una chica. Y un puñado de malotes. Y planes que salen bien. O no. Pero que conceptos como “tensión dramática” o “desarrollo de los personajes” no aplican en la película como para alargarla hasta las dos horas de duración.

 

Recordemos que el “Drive” interpretado por Ryan Gosling apenas llegaba a los 100 minutos. Y en la cinta de Nicolas Winding Refn sí había drama. También es verdad que el protagonista era tan lacónico que al guionista le costaba meter líneas de diálogo en el libreto, pero estamos ante una cinta extraordinaria que va al grano y no se embarulla innecesariamente, solucionando las cosas a base de martillazos cuando resulta necesario.

Walter Hill, por su parte, contó la historia de “The Driver” -hay que destacar la originalidad de los títulos de películas protagonizadas por conductores- en una hora y media exacta. Más que suficiente para que Ryan O’Neal ponga en jaque al policía interpretado por Bruce Dern e, incluso, para tontear con la enigmática jugadora interpretada por Isabelle Adjani.

Obviamos en esta entrega de El Rincón Oscuro al “Taxi Driver” de Scorsese, por mucho que Robert de Niro bordara a Travis y que, en su proceso de identificación con el personaje, obtuviera la licencia de taxista y ejerciera como tal en las calles de Nueva York, experimentando el estrés y la soledad que debe producir conducir en la jungla urbana. La cinta es bien negra, pero no hay persecuciones, atracos ni nada por el estilo.

Así que nos vamos a centrar en “Bullit”. Por varias razones. En primer lugar, por el carisma de Steve McQueen. Que no voy a ser tan osado como para comparar al Elgort de “Baby Driver” con él, pero que le da un aire. Y que su interpretación es un homenaje al maestro.

 

En segundo lugar, por las persecuciones. Que mira que es difícil que las escenas de acción del cine analógico puedan seguir pareciendo majestuosas en la era de los efectos digitales, pero la secuencia del Mustang lanzado a toda velocidad por las calles de San Francisco impresiona hoy tanto como en 1968.

Y luego está la cuestión de la música. Que la banda sonora de Lalo Schifrin forma parte esencial de nuestra vida cinéfila y no se puede entender la película sin la música, binomio inseparable y enriquecedor, modelo de cómo el séptimo arte debe compendiar a todas las demás.

 

Y es que, efectivamente, la clave de “Baby Driver” está en la música. Además de en las calles de Atlanta, un refrescante cambio de ambiente urbano, que Nueva York y Los Ángeles ya están muy vistas. La clave está en la música y en esos auriculares que Baby no se quita ni para dormir. Y en los efectos de sonido, Dolby Digital Surround… en riguroso estéreo.

 

Quedémonos con dos de las canciones que componen una banda sonora apabullante y espectacular: la vibrante “Bellbottoms” de Jon Spencer Blues Explosion que suena al principio de la película y le da el tono a la cinta. Hay que destacarla porque es un temazo… y porque está en el origen de “Baby Driver”, una película que su director ha tardado veinte años en filmar. Los veinte años que han transcurrido desde la primera vez que escuchó la canción en cuestión y soñó con verla en el cine.

Y está “Easy”, de Lionel Ritchie -interpretada por Sky Ferreira para la BSO- y que yo conozco en la versión que Mike Patton grabó como cierre amable y sosegado del descomunal “Angel Dust”, disco capital de una banda histórica del metal de los 90: Faith no more.

 

En estos días abrasados por el calor y la canícula, no es mal plan ver “Baby Driver” en una sala climatizada, con el sonido a todo volumen. ¡Sobre todo porque entre los malos, junto a Jon Hamm y Jamie Foxx, está el mismísimo Flea, mítico bajista de los Red Hot Chili Peppers!

 

Jesús Lens

Esteban Navarro, policía y escritor

Hace unos días tuve la ocasión de conversar con una agente de la Guardia Civil que trabaja en la UCO, nada menos. Entre otros temas, charlamos de literatura. Y me confirmó lo que todo el mundo sabe: que el Cuerpo adora a Lorenzo Silva, creador de los personajes Bevilacqua y Chamorro y autor de un puñado de excelentes novelas que han contribuido a desmontar tópicos sobre la Guardia Civil, acercando su labor a miles y miles de lectores.

El impacto de las novelas de Lorenzo Silva ha sido tal que el 15 de noviembre de 2010 fue distinguido como Guardia Civil Honorario por su contribución a la imagen del Cuerpo. ¡Para que luego digan que la literatura policíaca es un mero entretenimiento sin trascendencia alguna!

 

Coincidió dicha conversación con una noticia que nos ha dejado estupefactos a los lectores españoles aficionados al Noir: el expediente abierto a Esteban Navarro, agente de la Policía Nacional, por su labor como escritor de novelas policíacas.

Escándalo internacional

Navarro, que fue finalista del mismísimo Premio Nadal en 2013 son su novela “La noche de los peones”, nunca ha cobrado por participar en presentaciones de libros o en festivales literarios dedicados al género negro y, en sus novelas, la imagen de la Policía Nacional es positiva y sale reforzada.

 

Destinado en Huesca desde hace muchos años, Esteban Navarro ha colaborado en la organización de un festival como es Aragón Negro y siempre ha sido un activista de la cultura, lo que contribuye a dar una visión moderna y comprometida de la Policía.

 

Paradójicamente -¿o no tanto?- la denuncia que ha motivado la apertura del expediente disciplinario ha partido de la propia comisaría en la que trabaja Navarro. Una denuncia que cuestiona si el autor se aprovecha de su condición de policía para promocionar sus obras y si su actividad literaria perjudica al cuerpo para el que trabaja.

En los tiempos de las redes sociales, internet, transparencia, big data, modernidad líquida, etcétera, etcétera, la primer parte de la denuncia me parece absolutamente gratuita. Ese “aprovecharse” carece de cualquier sentido. Somos lo que hacemos, para bien o para mal. Y la doble condición de policía y escritor, en alguien como Esteban Navarro, se refuerzan y se retroalimentan.

 

Además, insisto, Esteban Navarro nunca ha cobrado por dar charlas, participar en mesas redondas o presentar sus libros. Y, créanme, de la venta de libros, en este país, viven cuatro o cinco escritores, no más. Eso, tirando por lo alto.

 

Y lo que resulta inadmisible es lo de que su actividad literaria perjudica al cuerpo para el que trabaja. Eso solo lo puede sostener quien no haya leído su obra.

 

No sé en qué quedará esta acusación contra Esteban Navarro, pero me parece intolerable. Máxime cuando la Policía Nacional tiene programas de acercamiento a la sociedad para hacerse querer, además de respetar. Por ejemplo, esos carnés de Policía Infantil tan simpáticos y coquetos que regalan a los pequeñuelos que visitan las instalaciones de la Policía o cuándo ésta va a los colegios, a hablar de protección y seguridad.

En España, afortunadamente, cada vez hay más policías que escriben. Escriben ensayos y novelas. Libros que pueden o no estar basados en casos en los que los autores han participado o de los que tienen conocimiento directo. Libros que, por lo general, exudan realismo y conocimiento. Y lo que cuentan estos policías escritores, siempre respetando la confidencialidad y el deber de secreto a que están obligados, resulta especialmente creíble y atractivo a los lectores.

 

Una de las quejas más habituales que les escucho a mis amigos policías es que el cine y la televisión mienten como bellacos, lo que provoca que la gente tenga una idea falsa y distorsionada sobre cómo se conduce una investigación policial. ¿No resulta paradójico que, a la vez, se denuncie a un policía que escribe novelas, de forma seria, documentada y rigurosa, por perjudicar al Cuerpo en que trabaja? ¿En que quedamos?

 

El caso de Esteban Navarro ha calado en el mundo del noir hasta el punto de que los Comisarios de los distintos Festivales dedicados el género negro en España hemos suscrito este comunicado de apoyo al autor. Dice así:

A lo largo de las ediciones de los distintos festivales representados por este colectivo, hemos tenido la posibilidad de conocer al autor Esteban Navarro, quien ha asistido a las jornadas de muchos de ellos siempre con una excelente disposición tanto para la difusión de la literatura en general como del género negro en particular, llegando incluso a organizar algunas ediciones de Aragón Negro.

 

De igual modo, el citado autor, a lo largo de sus intervenciones, charlas y presentaciones, no ha hecho más que ofrecer una imagen respetuosa de las fuerzas del orden, sin menoscabar nunca la imagen de la Policía Nacional, y sin aprovecharse en ningún momento de su condición de miembro de la misma. Más bien ha contribuido, al igual que otros compañeros de otros cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que también escriben novela negra, a normalizar y dignificar el desempeño de su labor profesional entre el público lector.

 

Por ello manifestamos nuestra más enérgica repulsa hacia la denuncia formulada contra dicho autor, en la que se alega que se ha beneficiado de su puesto, por ser miembro del Cuerpo Nacional de Policía, para promocionar sus libros y aumentar las ventas de los mismos. Al mismo tiempo, queremos alertar sobre actitudes como ésta, que suponen un ataque muy peligroso a la libertad de expresión y de creación de todos cuantos nos dedicamos, de una manera o de otra, a la difusión de la literatura en nuestra sociedad.

 

Jesús Lens

Juan Madrid y los perros que muerden

Juan Madrid está de vuelta. Y no ha venido solo. En su nueva cita con las librerías y con los lectores, está acompañado por un puñado de perros. Que él dice que duermen. Pero no. Son perros fieros que gruñen y ladran. Perros que muerden.

Hace unos meses, en Getafe Negro, tras la presentación de la extraordinaria novela de Andrés Pérez Domínguez estuve hablando con la gente de Alianza Editorial, que se mostró completamente entusiasmada con el nuevo libro de Juan Madrid. Que era un tocho gordo, me dijeron. De cerca de quinientas páginas. Y que era una de las grandes obras de uno de los maestros del noir español.

Por cuestiones de fuerza mayor, el lanzamiento de “Perros que duermen” se ha retrasado unos cuantos meses, que la enfermedad sorprendió a Juan justo en el momento en que se preparaba la primera edición. “Una enfermedad te puede impedir escribir e incluso matarte y es un fastidio. No conozco nada peor”, ha declarado un Juan Madrid felizmente recuperado.

Por fortuna y desde hace unos días, “Perros que duermen” ya está en librerías. ¡Y qué razón tenían los editores de Alianza! Efectivamente, estamos ante una de las obras capitales de Juan Madrid, lo que es tanto como decir que estamos ante una de las obras capitales de la narrativa española contemporánea.

 

Tras varias novelas en las que Juan ha escrito sobre algunas de las lacras de la sociedad contemporánea, de la burbuja inmobiliaria y las políticas especulativas a la gentrificación –mucho antes de que ese horrible nombre se hiciera popular en los medios de comunicación- y a la corrupción; en “Perros que duermen”, el autor vuelve su mirada al pasado. A nuestro pasado. Al pasado de la historia de España.

Por mucho que algunos se obstinen en olvidar y enterrar, hay heridas del pasado que siguen supurando y que, mientras no se curen, jamás podrán cicatrizar. Como señala el autor: “Necesitaba contar esta historia. Se lo debía a mis padres, que lucharon en la guerra y me transmitieron sus sueños. Estuve más de dos años trabajando en ella, aún creo que no he terminado de escribirla. Ahora hay sombras por todas partes y muchas de ellas generadas en la guerra. Otras son de ahora, pero nacieron antes. Este es un país de sombras”.

 

De esas heridas y de esas sombras habla Juan en una novela que abarca un arco temporal que ocupa los años de la Guerra Civil y el primer periodo de la posguerra, cuando todavía había esperanzas de que el contexto internacional influyese en España, mientras los franquistas y la Falange se enzarzaron en una guerra sin cuartel por el control del gobierno.

Los protagonistas de “Perros que duermen” son, por una parte, Juan Delforo hijo, uno de los personajes recurrentes en la narrativa de Juan Madrid, a través del que ha construido una metaliteratura muy interesante, y Juan Delforo padre, un militar republicano que luchó en la defensa de Madrid y que es detenido y condenado a muerte, al final de la guerra.

 

Por otra parte está Dimas Prado, un falangista al que se encarga la investigación de un salvaje asesinato, en el Burgos de 1938: un jerarca de los nacionales ha asesinado a una prostituta y, después, se ha ensañado con el cadáver. Prado investigará dicho crimen y, posteriormente, intervendrá para evitar el fusilamiento de Delforo.

 

A partir de ahí, Juan Madrid traza un fresco, gris y sombrío, sobre unos años de plomo en los que todo fue desesperanza, miseria, dolor y podredumbre, física y moral. Años en los que a algunos solo les quedó la resistencia, como actitud vital.

“Perros que duermen” es una novela que narra, con la fuerza arrebatadora que caracteriza la prosa de Juan Madrid, los años de plomo del siglo XX español. Una novela en la que las balas siembran de cadáveres buena parte de sus páginas y en la que la investigación de un asesinato, durante lo peor del horror, se convierte en perfecta metáfora de la locura.

 

Como metafóricos son los perros a los que alude Juan Madrid en el evocador título de su novela. Esos perros que duermen, pero que, en cuanto te descuidas, muerden.

 

Jesús Lens

El Padrino IV

Cuando vi la foto que ilustra estas líneas y aunque sabía que no podía ser, soñé con la posibilidad de estar viendo “El Padrino IV”, dentro de un par de años, en una sala de cine.

Sin embargo, cuando desperté, la película ya no estaba allí. Porque la foto mira al pasado y no al futuro: lo que cuenta es el encuentro propiciado por Robert De Niro, en el marco de su Festival de cine, Tribeca, para celebrar el 45 aniversario de “El Padrino”. Un encuentro que pueden ustedes ver en redes sociales, que fue retransmitido a través de Facebook Live, en la página del Festival.

Se preguntarán acerca del porqué de mi sueño sobre la cuarta parte de El Padrino, idea a todas luces descabellada… ahora. Porque en su momento no lo fue.

 

Este año 2017, tal y como les conté el pasado enero en esta entrega de El Rincón Oscuro, lo empecé con los Corleone, volviendo a ver la mítica trilogía protagonizada por una de las Familias más memorables de la historia del cine. También aproveché para disfrutar de los extras de una edición especial en Blu-ray que atesoro como oro en paño. Y entre ese material extra, además de varios documentales y entrevistas con Coppola y los actores principales, había una reveladora conversación con Mario Puzo, autor de la novela original de “El Padrino” y de los guiones de las tres películas.

Decía Puzo, en dicha entrevista: “Espero que se haga “El Padrino IV. Tengo tan claro que sería algo que podría funcionar… Algo que transcurriera en los años 20 (del pasado siglo). Sonny, interpretado por James Caan… ¡Hay que buscar al nuevo Jimmy Caan! Sería el héroe, la fuerza motriz de la película, además del Padrino, que sería muy importante”.

 

¿No se les acelera el pulso, al leer algo así? Pues esperen, que aún hay más.

 

“Yo he escrito la mitad del guion. Ya lo tiene De Niro. Lo tiene la Paramount y, por supuesto, lo tiene Francis (Ford Coppola). Creo que sería perfecto que el público pudiera ver a la Familia cuando Michael era pequeño, su bautizo, cómo Sonny se convierte en asesino y cómo construye el Padrino su fortaleza. Muestra el auge de los Corleone”.

¿Es o no es una historia emocionante? ¿No les parece que habría sido una gran continuación de la historia de los Corleone? Cuando le preguntaron a Coppola sobre la posibilidad de filmar esta continuación, dijo lo siguiente: “El Padrino” es propiedad de la Paramount. Dependería de ellos que encarguen a Mario Puzo que la escriba. Saben que él lo haría, pero no hacen esa oferta”.

 

¿No hubiera sido una de esas ofertas imposibles de rechazar? ¡Pero qué complicadas, siempre, las relaciones de Coppola con la Paramount, como se han encargado de recordarnos en la reunión del pasado fin de semana, en Tribeca! Que si no querían ver a Brando ni en pintura, que si preferían a un actor más alto para interpretar a Michael, que si tampoco veían a Talia Shire como Connie…

 

Sin embargo, Mario Puzo parecía tenerlo claro: “Yo creo que es algo bastante probable. Quisiera tener el poder de Hollywood para que se haga la película. ¡Me encantaría que se hiciera esa película!”

Casi tanto como a nosotros… ¡Ays!

 

Ya fue un parto complejo, el de la tercera parte de la saga de El Padrino, tras años y años de rumores, filtraciones y dimes y diretes, durante los que estuvo a punto de ser dirigida e interpretada por el mismísimo Sylvester Stallone. Finalmente se estrenó en 1991, cerca de veinte años después de que “El Padrino II” arrasara entre el público y la crítica, haciéndose acreedora de seis Óscares, incluyendo Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guion Adaptado.

“El Padrino III” gustó a la crítica, pero con peros y matices: es una gran película, pero no está a la altura de las anteriores; es una cinta brillante, pero no es una obra maestra… y así. Tampoco fue el bombazo en taquilla que se esperaba. Sin embargo, con el paso del tiempo y vuelta a ver sin la urgente necesidad del estreno, el desenlace de la historia de Michael Corleone está a la altura de sus dos predecesoras, con secuencias memorables, como las de Palermo, la masacre del principio o las conversaciones con el Papa.

 

Sí es cierto que hay demasiadas frases sentenciosas o que el asesinato de Joey Zasa durante una procesión en Little Italy se parece demasiado a la escena cumbre de “El Padrino II”, pero con menos grandeza. Aun así, es un placer para todo buen cinéfilo paladearla despacio y, además de disfrutar de la historia principal, reconocer todos los guiños y referencias al pasado que incluyeron Puzo y Coppola en la cinta.

¿Y qué pasó con “El Padrino IV”? Pues que, efectivamente, Puzo había escrito la parte de la historia de los Corleone que le interesaba. La del pasado. Pero la Paramount quería, también, que se desarrollara el personaje de Victor Mancini que interpretó Andy García en la tercera parte de la saga. Y  de eso no había nada escrito.

 

En 1999 empezaron a surgir rumores de que el proyecto salía adelante, que se estaban buscando localizaciones, en Nueva York y Sicilia, para la hipotética cuarta parte de la saga de los Corleone. Por desgracia, un ataque al corazón mató a Mario Puzo, el 2 de julio de 1999, en su casa de Long Island, sin que hubiera terminado el guion de una película que, en realidad, Coppola no parecía tener muchas ganas de dirigir. Y ahí murió el proyecto. Hasta la fecha.

Ni que decir tiene que, como buen cinéfilo, en ocasiones sueño con “El Padrino IV”. Como ocurrió el pasado fin de semana, al ver la foto que ilustra esta entrega de El Rincón Oscuro. Porque lo bueno de las grandes películas jamás filmadas es que permiten a cada espectador construirlas libremente en su imaginación.

 

Pero es que además, en este caso, tenemos una inmejorable herramienta para seguir soñando con los Corleone. Se trata de una novela. Y merece mucho la pena. Se lo cuento, dentro de poco, en esta misma sección…

 

Jesús Lens

La música del Noir contemporáneo

Si tuviera usted menos de cinco segundos para señalar con qué música se identifica más y mejor el género negro y criminal, ¿qué diría? El jazz, posiblemente. Y razón, no le faltaría. Pero, aunque no tardaremos en dedicar una entrega de El Rincón Oscuro a la influencia del jazz en el género, hoy les quiero hablar de cinco nombres alternativos que, con su música, están llevando al Noir cinematográfico a otra dimensión.

Comencemos por la más reciente, la imprescindible “Comanchería”. Es una de esas películas, extraordinaria, en la que cada pieza del puzle encaja a la perfección. Por ejemplo –y por supuesto- la banda sonora, compuesta por una de esas personalidades distintas y a contracorriente, diferente, original, única y casi siempre magistral: Nick Cave.

 

Efectivamente, el crooner australiano de la voz rota, el genio de las visiones surrealistas y las imágenes poéticas imposibles, el trovador del lado oscuro; compuso la banda sonora de “Comanchería” junto a Warren Ellis. Y ambas, música y película, se adaptan, se acoplan y se retroalimentan en perfecta simbiosis, como desierto polvoriento y serpiente ondulante, recio cowboy y espuelas desgastadas o ranchera baqueteada y gasolinera desvencijada.

 

Para “Hell or high water”, que es como se titula originalmente la película de David Mackenzie, el dúo conformado por Cave & Ellis ha creado una música elegíaca y nostálgica, crepuscular, de mundo que se termina y civilización en plena descomposición: muchos graves, mucho bajo, mucho acorde repetido una y otra vez, sin resultar reiterativo.

 

Son tiempos prolíficos para un Nick Cave que, tras la trágica muerte de su hijo, además de este trabajo ha editado nuevo disco con su banda de toda la vida, The Bad Seeds, esas Malas Semillas que germinan entre la muerte y la violencia. Y es que, para los aficionados al Noir, el disco titulado “Murder Ballads” es de escucha obligatoria.

 

Y, como compañero de viaje de Cave por la Comanchería, Warren Ellis, otro músico y multiinstrumentista australiano radicalmente fuera de modas o tendencias que lo mismo toca el piano, el violín, la mandolina, la guitarra, la flauta o el mismísimo bouzouki griego. Miembro esporádico de The Bad Seeds, ha colaborado con Cave en otras bandas sonoras. Como la igualmente reseñable y apocalíptica ”The road”, cinta basada en la novela de Cormac McCarthy y que tanto tiene que ver con el universo oscuro y decadente de las carreteras secundarias de la vida, demasiado poco transitadas y cada vez por menos gente.

 

Ahora si bien, si hablamos de tipos con personalidad propia, resulta imprescindible y obligatorio hablar de Trent Reznor, el mítico líder de la no menos mítica banda Nine Inch Nails y que, junto al músico, productor e ingeniero Atticus Ross y al cineasta David Fincher, han conformado un creativo y productivo trío estable que les ha llevado a colaborar hasta en tres películas: “Los hombres que no amaban a las mujeres”, adaptación de la famosa novela sueca de Stieg Larson, “La Red Social” y “Perdida”, ejemplo perfecto del llamado Domestic Noir.

 

La música que firman Reznor & Ross en sus incursiones cinematográficas es una prolongación de su estilo tecno, oscuro, ambiental, post industrial y electrónico. Un fascinante e hipnótico rock alternativo que conduce a la obsesión y a la ansiedad, potenciando la paranoia de los personajes.

 

Y es que Reznor, desde que vio “Taxi Driver” y escuchó la excepcional banda sonora compuesta por Bernard Herrmann para el film de Scorsese, supo que la música es un elemento esencial para la construcción de la atmósfera cinematográfica de una película. De ahí que sus composiciones para las cintas de Fincher, tan opresivas y angustiosas, contribuyan en gran medida a mostrar al público la pesadumbre que se cierne sobre los personajes. De hecho, por su trabajo en “La Red Social”, en la que se cuenta el origen de Facebook, Reznor y Ross ganaron el Óscar a la Mejor Banda Sonora Original.

 

Es una pena que los próximos proyectos cinematográficos de Fincher sean, sobre el papel, tan poco excitantes: remakes de “Extraños en un tren”, sobre la novela de Patricia Highsmith que ya fue llevada al cine por Hitchcock, y una continuación de “World War Z”. Menos mal que, con Netflix, sí está desarrollando proyectos televisivos interesantes, como “Mindnunter”, sobre la unidad especial que el FBI creó para combatir a los asesinos en serie. Se estrena en octubre de este año y, por supuesto, estaremos muy atentos a ella.

 

Y el quinto elemento de esta hornada de músicos que, con su arte y su trabajo, están llevando al Noir a dimensiones sónicas desconocidas hasta la fecha, es Jóhann Jóhannsson, nacido en Islandia en 1969. Tras estudiar idiomas y literatura y tocar la guitarra en un grupo indie, en 1999 contribuyó a poner en marcha el proyecto Kitchen Motors, que es a la vez un grupo de reflexión, una organización de arte y un sello discográfico que propicia y fomenta la colaboración interdisciplinar entre artistas de punk, jazz, música clásica, metal y música electrónica.

 

Y fue de estas experiencias musicales de las que nació el propio estilo de un Jóhann Jóhannsson que ha hecho pareja creativa con el cineasta Dennis Villeneuve, firmando las bandas sonoras de sus películas más negras y criminales: “Prisioneros” y la excepcional “Sicario”, uno de los grandes títulos del Noir contemporáneo cuyo sonido metálico y acerado contribuye a crear esa opresiva atmósfera, cruel, fría y desapasionada, que tanto impone al espectador.

 

Un Jóhann Jóhannsson que, en estos momentos, está trabajando en la banda sonora de “Blade Runner 2049” y que, dirigida por Villeneuve, es una de las películas más ansiadas por cientos de miles de espectadores que la esperamos con tantas expectativas… como temores, miedos y suspicacias.

 

Jesús Lens