El libro de la vida

¡Qué gran y agradable sorpresa, esta película de animación, que llega a nuestras pantallas con el sello y el marchamo de garantía del gran Guillermo del Toro!

 El libro de la vida

Aunque sea de producción estadounidense, director, guionistas y compositor de la banda sonora son de ascendencia mexicana y, sobre todo, la historia que cuenta la mágica película está completamente enraizada en la cultura del país azteca, hablando sobre ese famoso Día de los Muertos en el que los cementerios bullen de vida, fiesta, luz y color.

Dos niños. Una niña. Y el amor. Compartido. Tres familias. Un pueblo. Y los mitos, la historia y las tradiciones. El peso de la sangre. Los ancestros. A Manolo le gusta tocar la guitarra y aspira a ser músico, pero apellidarse Sánchez le obliga a ser torero. Sin embargo a Joaquín, su compañero de correrías, convertirse en un gran luchador, no le importa: es lo que se espera de él y es lo que quiere ser. María, por su parte, no está dispuesta a ser una muñequita conformista que dice a todo que sí y a casarse con quién decida su padre…

 El libro de la vida cartel

Efectivamente, un argumento sobre personajes que se niegan a aceptar su destino y que luchan contra él no resulta especialmente novedoso, pero la espectacular y apabullante riqueza visual de la película, su colorido y la desbordante imaginación que se derrama de la pantalla en cada plano; la convierten en una joya, en una delicia, en una exquisitez, en una delicatesen.

(Sigue leyendo la reseña en mi Espacio Lensanity, en la web de Cinema 2000)

Y atento a esta oferta… ¡Para auténticos cinéfilos!

 Polanski

Jesús Lens

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Cambios disruptivos: ¡ojito!

Mi columna de hoy, en el periódico IDEAL. No sé cómo verás la cuestión y si estás o no muy de acuerdo… ¿Eres de cambios disruptivos o tiendes más al lampedusianismo del que “todo cambie para que todo siga (más o menos) igual?

Hay un momento en la película “Detour”, un clásico del cine negro norteamericano de los años 40 del pasado siglo, en que un personaje llama por teléfono a su novia, desde Nueva York a Los Ángeles. Utiliza una cabina y las imágenes, para mostrar lo importante, larga y complicada que es la llamada, muestran a las célebres operadoras, afanándose en meter y sacar las clavijas de conexión en inmensos paneles frente a ellas.

 Disruptivos

Quiso la casualidad que viera esta película poco después de “10.000 kilómetros”, una de las candidatas a los Goya de este año, en que se cuenta la relación a distancia de un chaval de Barcelona con su pareja, que se ha mudado a Los Ángeles. Lo novedoso de la película es que todo su desarrollo está basado en los diálogos, las conversaciones, las broncas y discusiones que mantienen los dos únicos personajes… a través de las novísimas tecnologías de la comunicación. Así, ambos duermen junto a sus portátiles, acompañados por la imagen del otro en pantalla. Hablan por Skype, se comunican por Whatsapp, a través de Facebook, por correo electrónico… hasta un tutorial de cocina on line se hacen, a través de Internet, en vivo y en directo. ¡Un no parar de estar permanentemente comunicados!

 Disruptivos 10000

En unas decenas de años, todo lo referente a la comunicación ha ido sufriendo avances tan prodigiosos que podríamos trazar un larguísimo itinerario de hitos disruptivos, desde el primitivo telégrafo hasta los actuales (y tiranos) Smartphones. Ahora, cuando el Whatsapp se cae un par de horas, las Redes Sociales hierven de indignación. ¡El horror! ¡El horror!

 Disruptivo WhatsApp

Así las cosas, nos hemos acostumbrado a tantos y a tan vertiginosos cambios tecnológicos que nuestra vida cotidiana se nos va quedando atrás, incapaz de proporcionarnos las satisfacciones que debería. Si los teléfonos y las televisiones cambian a tal velocidad, ¿por qué no deberíamos hacerlo nosotros, como personas y como sociedad?

Es entonces cuando empezamos a barajar la posibilidad y el anhelo de cambios disruptivos, también, en la realidad que nos rodea, en nuestro día a día. Solo que no debemos olvidar que esos grandes cambios, excitantes de por sí, además de provocar una brusca ruptura con lo anterior, conllevan la desaparición de costumbres, productos y servicios que eran de uso habitual en la sociedad.

 Disruptivo Televisión curva

Y es que el cambio disruptivo nos hace considerar que todo lo anterior, lo viejo; no solo está desfasado, sino que también es inferior en cuanto a calidad, prestaciones y satisfacciones.

Leo que la plataforma Uber, una disruptiva pesadilla para los taxistas de las grandes ciudades del Primer Mundo, anda estos días muy preocupada por la irrupción de Google en el mercado de los vehículos sin conductor, controlados y conducidos por GPS y por control remoto. Sin que aún haya sido aceptada, utilizada y digerida por buena parte de la sociedad… ¡Uber empieza a estar obsoleta!

Ojito con determinados cambios disruptivos. Que sí. Que su mera anticipación nos excita y nos saca de la abulia y de los cansinos lugares comunes que nos rodean. Pero que, por su propia naturaleza, esos cambios no solo no tienen marcha atrás, sino que no tardan en ser superados por otros que no habíamos sido capaces de prever y anticipar.

 Disruptivo Televisión

Jesús Lens

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Las ovejas no pierden el tren

Me estoy haciendo viejo. Es un hecho incontestable del que da fe un documento: el Nacional de Identidad. Y, además, una serie de detalles que complementan al frío dato del DNI. Por ejemplo, cuando en un formulario de Internet tengo que buscar mi año de nacimiento y el muy ladino se esconde en lo más profundo del listado. O cuando, en las carreras, aparezco en los listados de Veterano B. ¿O es ya C?

Las ovejas no pierden el tren comida

Hoy me ha vuelto a pasar cuando, para preparar esta reseña, me he ido a repasar la filmografía del director de la agridulce comedia “Las ovejas no pierden el tren” y me he encontrado con que su primer trabajo, un cortometraje titulado “El columpio”, fue una de aquellas piezas que yo vi en el momento de su estreno. 1992. Eran tiempos en los que las televisiones daban cortos. ¡Qué tiempos!

Pero no nos desviemos del camino. Porque, con este preámbulo, lo que yo quería decir es que mi vida como espectador y crítico de cine está generacionalmente ligada a la de Álvaro Fernández Armero, nacido en 1969 y cuyas películas suelen tratar muchas de las cuitas que nos han ido asaltando a los que éramos veinteañeros en los 90, a los que entramos en la treintena con el año 2000 y a los que la crisis de los 40 nos asaltó cuando abordamos una década que ya empieza a consumir su primer lustro.

Las ovejas no pierden el tren armero

Con “Las ovejas no pierden el tren”, el director y guionista vuelve a acertar. De pleno. Porque sus personajes podrían ser los de sus cintas anteriores, pero ya instalados en esa cuarentena en la que, si te despistas, se te escapa el tren. Para siempre. Por ejemplo, el periodista y escritor que lleva 12 años de sequía creativa desde que publicó una exitosa novela y que se ha mudado a un pueblo rural con su mujer y su hijo, en busca de la inspiración. Y lo de pueblo rural no es pleonasmo, que conste. O su hermano, un corresponsal de televisión de larga trayectoria que, separado y con dos hijas, trata de reinventarse, personal y profesionalmente. Y para ello, sale con una chica veinte años más joven mientras trata de sacar adelante una agencia de comunicación.

Y están los padres de ambos dos. Él, con Alzheimer. Y ella, que empieza a no poder más. Y están sus parejas. Y las madres de ellas. Y las hermanas. Y los amigos. Y los colegas. Y los vecinos. Y lo que les va pasando a todos ellos, juntos y por separado.

Las ovejas no pierden el tren bar

Además, por supuesto, están los sueños. Sueños, entre rotos y hechos añicos, la mayoría. Y los proyectos, muchos de los cuáles rozan el surrealismo. Y luego está la realidad. La del Bla Bla Car, por ejemplo. Aunque tenga mucho de ecológico, supuestamente. Y la de la crisis. La económica, en este caso, además de la emocional. Y el cinismo. Y la ternura. Y la insatisfacción. Y la complicidad. Y el egoísmo.

Y luego están, claro, las ovejas. Y los trenes. Porque, a ver: ¿quién no ha tenido y/o tiene miedo de perder el tren, en una u otra estación de su vida? El tren, como metáfora, claro. Aunque, concretamente en Granada, no es una metáfora que nos impresione, dado que aquí vamos escasos de ferrocarriles. Pero no nos desviemos. Otra vez. Porque perder el tren es algo chungo. Y grave. Sobre todo, a partir de ciertas edades.

¿O no?

Pues dependerá, también, de si había mucho tráfico en la carretera. O no. Y de la prisa que tengas. En llegar. O en salir. Y del destino al que te diriges. Si crees en destinos, claro, sean humanos… o divinos.

Las ovejas no pierden el tren

Porque la película de Álvaro Fernández Armero nos habla de todas esas cosas de la vida, sencillas. Del día a día. Y lo hace de una forma amable y desenfadada, utilizando el extraordinario diseño de producción de su película para potenciar sus tesis, a partir de los diferentes espacios y escenarios en que los personajes se encuentran, se desencuentran, se pelean y se reconcilian. De los exteriores de los edificios y las calles de la ciudad a las solitarias calles del pueblo de piedra, pasando por los bares, las cafeterías, los restaurantes, los lofts y esos hipsters con luengas barbas y tatuajes tribales, que ya forman parte de cualquier paisaje contemporáneo.

Las ovejas no pierden el tren inma

Con la satisfacción de reencontrarme con una película de AFA, tras varios años de silencio, les recomiendo que vean “Las ovejas no pierden el tren” y que después, si les apetece, hablemos. De las metáforas. Por ejemplo.

 

Jesús Lens

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Alma Salvaje

Vaya por delante que una película sobre una persona que se lía la manta a la cabeza y se va a recorrer un camino de más de 1.000 kilómetros, sola y a pie; a mí, personalmente, ya me tiene absolutamente predispuesto. A su favor y para lo mejor, por supuesto.

Alma salvaje poster

Yo, que me tengo por viajero, que fui montañero y que sigo adorando el contacto con la naturaleza, buscando ahora los espacios abiertos, las lomas y las crestas para correr; que tengo escritos varios elogios al Viaje a Pie y que dediqué un libro a las películas que narran largos y epopéyicos periplos; en cuanto vi que se estrenaba “Alma salvaje”, fui corriendo al cine.

Y la historia interpretada por Reese Witherspoon no me decepcionó. Al menos, no en todo lo referido al viaje propiamente dicho.

Pero antes de hablar del argumento, comentemos la sorpresa que nos deparan los títulos de crédito, más allá de la (merecida) nominación al Óscar para una actriz que llevaba demasiado tiempo encasillada en papeles intrascendentes.

Alma salvaje

En primer lugar, el guionista, Nick Hornby, uno de los autores británicos más interesantes de los últimos años y…

¿Te apetece seguir leyendo? Pues date un salto a mi espacio Lensanity. Además, echa un ojo a la programación que Cinema 2000 va a presentar dentro del Retroback.

¿Nos vemos… en el cine?

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Whiplash

¡La que ha liado la película de Damien Chazelle! Para no ser prolijos, pero planteando el debate en sus justos términos: ¿os acordáis del célebre “La fama cuesta”? ¿Os acordáis de “La fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar con sudor”?

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Pues cambiad el mundo del baile por el del jazz y, al sudor, añadidle un buen caudal de lágrimas… y varios chorreones de sangre. Porque el profesor de música interpretado por J.K. Simmons es un letal cocktail que combina y agita al mítico sargento de hierro interpretado por Clint Eastwood con aquel otro memorable sargento, el Hartman de la devastadora “La chaqueta metálica”, dirigida por Stanley Kubrick.

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“Whiplash” es una película que plantea una apasionante cuestión: ¿es la célebre y acomodaticia expresión “buen trabajo” una invitación al conformismo y a la mediocridad? ¿Puede el “buen trabajo” estar privando al mundo del arte, la música, la literatura y la ciencia del desarrollo del auténtico y del verdadero genio?

Es decir, si un profesor detecta una especial habilidad en un alumno, ¿hasta qué punto debe presionarle para que alcance la excelencia que está más allá del talento? ¿Dónde está el límite?

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En el caso de “Whiplash”, el alumno en cuestión, interpretado por Miles Teller, es un joven baterista de jazz que consigue ingresar en una de las escuelas más prestigiosas de Nueva York. Y será allí donde conozca y se enfrente al Profesor, uno de esos personajes que, vilipendiado por muchos espectadores debido a la grotesca imagen que proyecta en pantalla; se te clava en la retina desde su primera misteriosa aparición y ya no la abandona hasta el final de la película. De hecho, tras el The End, su poderosa calva, sus enérgicos ademanes y hasta su forma de quitarse la chaqueta se quedan bien fijados en la memoria cinéfila del espectador.

Whiplash Simmons

Como aficionado al cine, me gustó la película. Mucho. No me parece una obra maestra, pero sí es un apreciable ejercicio cinematográfico que, a través de su metraje, plantea cuestiones que me interesan. Un filme que capta mi atención y me mantiene imantado a la pantalla. Secuencias poderosas, imágenes potentes y diálogos para el recuerdo. En concreto, dos de ellos son clave: el de la comida familiar a la que asiste el joven baterista con su padre, sus tíos y sus primos futbolistas; y la charla con el Profesor, fuera de la escuela.

 whiplash poster

Tras el despliegue de energía de muchas de las secuencias, esos momentos de charla, aunque no exentos de tensión, sirven para ponernos en la rampa de despegue de la última, larga, compleja y emocionante última secuencia de “Whiplash”.

Ahora bien, como escritor y creador, como amante del arte, de la música y del jazz y si aceptamos que el medio es el mensaje; “Whiplash” es una terrible película que podría desanimar a cualquier familia a introducir a sus vástagos en el mundo de la música. Que sería extrapolable al de la pintura, la escritura creativa o el deporte, por supuesto.

 Whiplash kitty rouge

Llegados a este punto, deberíamos hablar de las célebres 10.000 horas. Pero como ya hemos sobrepasado las 500 palabras y, seguramente, estarás cansado de leer en la pantalla, lo dejamos aquí. De momento. Porque, obviamente… ¡seguimos!

Jesús Lens

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