La dama de oro

El pasado.¡Ay, el pasado! Va uno a ver “La dama de oro” y se pasa la película reafirmándose en su idea de que, para que las heridas cicatricen, es necesario sacarles todo el pus que acumulan en su interior. Que no bastan los paños calientes, las gasas y el agua oxigenada. Que hay que sajar, limpiar profundamente y desinfectar, antes de suturar para que la herida cicatrice.

 La dama de oro Mirren

Y piensas todo esto porque “La dama de oro” cuenta una historia con los nazis como protagonistas. Los nazis, los malos más malos de la historia. Los malos por antonomasia. Aquellos nazis que, antes de asesinar a millones de judíos en los campos de concentración, les despojaron de todos sus bienes materiales, incluyendo obras de arte de valor incalculable.

Robaron, por ejemplo, el “Retrato de Adele Bloch-Bauer I”, popularmente conocido como “La dama de oro”. Un cuadro espectacular, mágico y extraordinario que Gustav Klimt pintó para una de esas familias judías centroeuropeas que gozaban de una desahogada posición económica y que amaban el arte, la música y la cultura.

La dama de oro

Un cuadro tan importante que se convirtió en uno de los iconos de Austria, en una de sus señas de identidad, figurando en uno de los lugares más destacados del Palacio Belvedere que acoge la pinacoteca más importante del país.

Sigue leyendo la reseña en mi espacio Lensanity de la web de Cinema 2000

 

Jesús Lens

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El artista y la modelo

¡Pedazo de película, la nueva de Fernando Trueba! Tras el éxito de “Chico y Rita”, uno de nuestros directores más interesantes vuelve a dar en el clavo con esta pequeña e intimista cinta, rodada en blanco y negro, que trata sobre temas clásicos, tan antiguos como el hombre: la creación, la amistad, el respeto, el descubrimiento, la belleza, el compromiso, la vida y la muerte.

 

¡Ahí es nada!

Una película que podríamos definir como afrancesada, con un inequívoco aroma a Rohmer, por ejemplo. Una película basada en la palabra. Y en la mirada. Y las sensaciones.

Una película que se adentra en las entrañas de la creación y que, siendo muy recomendable para todo el mundo, debería ser de visión obligatoria para cualquier persona interesada en lo creativo, en lo artístico y en la búsqueda de la originalidad.

La Idea. Lo realmente complicado es encontrar la Idea.

Esa es la premisa de la que parte el artista que protagoniza la cinta, un pintor y escultor al que Jean Rochefort aporta su estólida y quijotesca figura, su rostro enjuto y afilado, sus rebeldes pelos blancos y su lánguida mirada.

 

“¡Buscando una idea!” – cantaba Manu Chao, en diversas ocasiones, en uno de sus conciertos, que escuché mil veces mientras escribía mi “Café-Bar Cinema”.

Y me acuerdo de mi querido Colin Bertholet, que tiene que ver esta película, sí o también, cuando dice que tener ideas es un paraíso, pero que ejecutarlas es un infierno.

Una chica amanece durmiendo en el quicio de una puerta. Estamos en la Francia pirenaica de los años de la II Guerra Mundial. Una señora mayor la invita a ir a su casa, le da de comer y su esposo termina por convencerla de que trabaje para él, como modelo, a cambio de acomodo en su casa de las montañas. Y de un sueldo, claro.

Ella acepta y comienza una relación de acercamiento, descubrimiento e interacción entre el artista y su modelo. Una relación entre lo personal y lo artístico en la que los primeros bocetos son como las primeras palabras que dos desconocidos se dirigen, para romper el hielo.

Cambios de posturas, apuntes desde la espalda, de frente, desde arriba… y tachones. Muchos tachones. Y vuelta a empezar. Y los diálogos. Y las miradas. Y los baños en el río. Y las risas, la naturalidad y la exhuberancia de esa jovencita, interpretada por una expresiva y admirativa Aida Folch, musa de Trueba desde hace mucho tiempo.

Hasta que, de repente, ¡ahí está! La idea. La postura. El rapto de genio e inspiración. ¿Por casualidad? ¡Jamás! Para encontrar lo que buscas, hay que invertir tiempo, ganas, esfuerzo y paciencia. Y hay que borrar mucho. Mucho que romper, olvidar y desechar.

Pero, al final, llega.

No. No voy a contar nada más sobre los personajes, sus relaciones, sus ambiciones, anhelos o deseos. Ni sobre sus conversaciones. Solo diré que “El artista y la modelo” es una película excelente que, por desgracia, pierde en su versión doblada y que ansío ver en VO subtitulada.

 

Y, por supuesto, resaltar a las maravillosas Claudia Cardinale y Chus Lampreave, cada una en su género. Porque, como el buen vino, cada día están mejor.

En tres palabras: ¡Id a verla!

Jesús Lens