VISIÓN DEL PORTERO ANTE LA VIDA

Volvemos al Proyecto Florens. En esta ocasión, tenemos una entrada dedicada a unos personajes singulares y sorprendentes: los porteros. Una entrada de José Antonio en que reivindica a unos personajes singulares, siempre especiales, con fama de locos, diferentes, raros y extravagantes.


Los porteros apenas participan del juego, pero su concurso es siempre esencial, a la vista de todos, cada gesto y movimiento escrutado hasta el último detalle.

Disfrutemos de esta Visión del Portero ante la vida.

EL BUENISMO

Dejamos la columna de hoy viernes en IDEAL…

No habían pasado más que unas horas desde su victoria y Berlusconi ya estaba metiendo el dedo en el ojo de nuestro presidente, a costa del gobierno rosa de ZP. La ideobasura, por tanto, vuelve a estar de moda en Italia. Personalmente, me hubiera gustado que ganara Walter Veltroni. Primero, porque se trata de una de esas personas cuya formación es más pluricultural que estrictamente académica, habiendo bebido de fuentes populares tan diversas como el cine, la televisión y los tebeos.

Pero, sobre todo, porque Veltroni es un estupendo representante de eso que se ha dado en llamar “buenismo”. Al mismo Zapatero le insultaban desde la derecha más rancia, precisamente, con el apelativo de buenista. No hay más que recordar un opúsculo editado por la inefable FAES, en 2005, titulado “El fraude del buenismo”, sin ir más lejos.

Veltroni, dicen quienes le conocen, atesora una proverbial tendencia a no enfrentarse, procurando siempre unir a los contrarios y solucionar los conflictos. Pero el buenismo debe ir más allá de ponerle buena cara al mal tiempo y de basarse en un buen rollito de compromiso, siempre sonriente y amable. El buenismo debe predicarse con el ejemplo. Como hace nuestro buen amigo Paco, el Compae, que siempre se despide con sus ya proverbiales y admirados “saludos a la buena gente”.

Porque en este mundo existe buena y mala gente. Parece que en el siglo XXI de la globalización y el comercio sin fronteras, de la velocidad sin límites y las modernidades sin mesura, una cosa tan sencilla como ser buena o mala persona estaría pasado de moda y trasnochado.


Por eso es muy recomendable ver, una y otra vez, una película tan aparentemente sencilla como “La silla de Fernando”, de Luis Alegre y David Trueba. En ella, el protagonista absoluto es un Fernando Fernán Gómez que, con la lucidez y la libertad que otorgan el ser un viejo cascarrabias con malas pulgas, diserta sobre muchas y muy distintas cuestiones que, al final, son todas la misma: la diferencia que va de ser una buena persona a un cabrón redomado.

Y, desde luego, nada tiene ello que ver con el cinismo políticamente correcto que hoy nos invade. Porque FFG habla a pecho descubierto, sentado en su silla, de cuestiones como la guerra civil, Franco, la ideología, la patria o la posguerra. Del cine español, los libros, las mujeres, la amistad, la religión, la fama y el lujo, la noche, el alcohol, el éxito y el fracaso. Habla de la mala conciencia, el futuro, la vejez y la muerte. Y lo hace desde la clarividencia de una persona que lo ha visto y lo ha vivido todo y que, al final, tiene una cosa muy clara: malo es aquél que, la mayor parte del tiempo, cuando puede elegir entre hacer el bien o hacer el mal, elige hacer el mal. Y bueno es aquél que, en la mayoría de las ocasiones, hace el bien. ¿A que no parece tan complicado?

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

RAZONES PARA VIAJAR A ÁFRICA: EL ARTE

El otro día hablábamos de África y sus mujeres, que la hacen salir adelante con su trabajo cotidiano. Pero en África también hay artistas. Si mundialmente conocidos son sus músicos, sus percusionistas y danzarines, también hay escritores, cineastas y artistas plásticos de las escuelas más diferentes.

Personalmente, me gustan las máscaras de madera y las ventanas. Tengo bastantes, en casa, por todos sitios.


Ésta me cautivó desde que entré en la tienda de St. Louis en que estaba expuesta. Y se me notó. Y, por eso, el dueño de la tienda me cobró un pastón por ella. Pero da igual. Un capricho es un capricho y ahí está, colgado en la pared de casa, este mascarón de la escuela del Gabón.

Y es que en esto de las máscaras y el trabajo en madera, los africanos son únicos. Por ejemplo, esta figura, en el exterior del museo de Dakar, tallada directamente sobre la madera de un tronco de árbol.


Y la escritura. Para los musulmanes, la caligrafía es un arte, además de una forma de comunicación. En el museo de Dakar tuvimos el privilegio de disfrutar de una exposición con los mejores trabajos de los más reputados calígrafos del momento y ésta es una buena muestra, de escritura sobre cuero.

Y después está Sakho, uno de los más conocidos artistas senegaleses. En St. Louis, en un Centro de Estudios francés, además de una nutrida biblioteca y una agenda de actos culturales y eventos festivos, había una exposición de artistas del país. Tuvimos la suerte de poder comprar algunas de sus obras. Como éste Sakho que Sacai y yo tenemos en nuestro dormitorio y que, aún sin creer en supercherías, es verdad que nos ha aportado unas vibraciones muy positivas a la habitación, como si el Feng Shui se hubiera africanizado.

Pero ¿quién es Moussa Sakho?

Dejo estas palabras, sacadas de Internet y traducidas del original francés, con todo cariño, por Magalí, siempre atenta a estas peticiones de ayuda y colaboración.

Moussa Sakho
El arte del “souwer” al servicio de los hombres.

Moussa Sakho vive en la Isla de Goreé, símbolo de la opresión de los negros durante siglos. Aquí, vive y trabaja en un pequeño estudio llamado “Car Rapide” (coche rápido), en alusión a los taxis que surcan Senegal y que a veces son autenticas obras de arte, cubiertos de grafitis y amuletos de todo tipo que alejan la mala suerte y preservan a los pasajeros de la desgracia.

Moussaka Sakho, que ya ha entrado en su segundo medio siglo, hace un conjuro a la mala suerte a través de su obra. Tal y como me confesó hace unos días, Moussa ama la vida y las gentes. Para ellas pinta y trabaja, para hacerlas más felices allí donde se encuentren. ¿Artista? No, Moussa no reivindica ese título, al menos con la acepción occidental del término. “Veo a través de los hermanos, de las hermanas, de todo el mundo, de todo un paraíso…”

Sus obras podrían calificarse de “utilidad pública”, por su capacidad de apaciguar el dolor y la desgracia en la vida de aquellos que lo padecen y lo aceptan. Prueba de ello son los diferentes estudios que dirige Moussa Sakho para instituciones especializadas en el tratamiento de enfermedades mentales. Estos “sowers” nombre wolof para designar esta técnica específicamente senegalesa (llamada también “fijación sobre vidrio”) que realiza Moussa Sakho ¿podrían tener virtudes terapéuticas? En cualquier caso, Moussa Sakho ha otorgado a este arte, una dimensión personal por la originalidad de las formas esbeltas de sus personajes de cuello desmesurado y por la composición mixta de los marcos, madera y metal que parecen proteger y aislar sus personajes de las amenazas externas.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

INDURAIN: UNA RETIRADA A TIEMPO

Retomamos el Proyecto Florens hablando de campeones, retiradas y victorias.

Se rompió el idilio. Fue en el Tour de 1996. El Tour de la derrota. O, más exactamente, una vez finalizado el mismo, cuando los responsables de Banesto forzaron al campeón navarro Miguel Indurain a que corriera una Vuelta Ciclista a España que no podía ganar. En Banesto quisieron sacar tanto jugo de su estrella que terminaron estrellándose, propiciando la retirada ¿prematura? del mejor ciclista español de todos los tiempos.


¿Hizo bien Miguel en retirarse aquel año, sin volver una temporada más a las carreteras francesas, a intentar recuperar los laureles del triunfo, conquistando el sexto Tour que le habría hecho pasar, definitivamente, al Olimpo de los Dioses, tras superar a los Hinault, Anquetil, etcétera? ¿Debió fichar por otro equipo? ¿Reconducir su situación en Banesto?

Hagamos, muy brevemente, un poco de historia.


Indurain comenzó su andadura profesional en el mítico Reynolds, en 1984. Los ochenta fueron años duros en que los españoles asaltaban feudos deportivos que, hasta entonces, les habían estado vetados. Eran años en que las portadas de los periódicos veraniegos nos traían las fotos de Perico Delgado y Ángel Arroyo, volando por los grandes puertos franceses. Nombres como Alpe D´Huez, Tourmalet, Luz Ardiden o Mont Ventoux empezaban a hacerse populares entre los aficionados españoles más jóvenes.

Por aquellos años, Indurain era gregario del equipo, una de esas locomotoras que hacían buenas contrarrelojs (fue líder de una Vuelta a España durante cuatro días por esa razón) y que se encargaban de arropar al líder en las etapas llanas, de tirar a la caza de algún escapado incómodo y de marcar ritmos en las primeras estribaciones de los puertos.

Sin embargo, Indurain estaba llamado a ser mucho más que un gregario de lujo o un buen contrarrelojista. Ayudó a Delgado a la consecución del Tour de Francia de 1988 y, a partir del año siguiente, empezó a asomarse a lo más alto de las clasificaciones. Ganó la París-Niza en 1989 y otra vez en 1990, año en que presentó sus credenciales en la célebre y exigente etapa pirenaica de Luz Ardiden, donde ganó con una rotundidad impensable para quien, se suponía, era un contrarrelojista.

Con el transcurrir del tiempo, José Miguel Echevarri, el que fuera director deportivo tanto de Delgado como de Indurain, manifestaría que la carrera de Miguelón estuvo planificada al milímetro desde esos años 80 en que conoció a la auténtica Joya de la Corona de la escuadra navarra. Sin embargo, todos los que vimos la llegada del ciclista a la meta de Luz Ardiden, con el brazo en alto, entendimos que aquel año, la apuesta de Banesto fue equivocada y que, en vez de por Perico, deberían haber apostado por Indurain como caballo ganador.

Lo que pasó entre 1991 y 1995 ya está en la leyenda y en los anales de la historia deportiva. Uno tras otro, fueron cayendo los Tours de Francia. Los adjetivos calificativos se quedaban pequeños para definir a un ciclista frío y cerebral como un robot en la planificación y ejecución de las estrategias de la carrera, pero generoso con los rivales y amigo de sus compañeros. Un ciclista humilde que siempre hablaba en plural mayestático cuando se refería a sus victorias, haciéndonos a todos partícipes de las mismas.


En estos años de victorias ininterrumpidas, sólo hubo dos momentos delicados en la carrera de Miguel I de Navarra. El primero, cuando perdió un Giro de Italia contra un ruso, hasta entonces desconocido: Eugeni Berzin. Recuerdo a un amigo que, simplificando las cosas hasta el extremo, cerró una discusión con la siguiente frase: “Ha aparecido un ciclista que es mejor que él. No hay que darle más vueltas.”

A la vuelta del tiempo, da risa recordar aquella aseveración, vista la efímera carrera del impetuoso y rubio ruso volador. Indurain siguió ganando Tours de Francia, batiendo el récord de la hora y ganando medallas en los Mundiales de Ciclismo, aunque en Duitama, Colombia, se viera obligado a dejar ganar al supuestamente llamado a sucederle, un Abraham Olano que tuvo su mejor aliado en el percherón navarro.

Y así llegamos al año 1996, el de la consagración definitiva de Indurain, como campeón y como persona. Hasta entonces había enterrado las ilusiones de decenas de ciclistas de dos generaciones, ganando a sus competidores en todos los terrenos, de la montaña a la contrarreloj, en los abanicos contra el viento, en los descensos más suicidas o en aquella célebre subida en que, sin levantarse del sillín, fue descolgando a todos sus rivales hasta llegar solo a meta. Y por todo ello, empezó a parecer que Miguel ganaba sin esforzarse, por inercia, porque estaba en el guión de la carrera. Como si una genética y unas condiciones físicas privilegiadas le condenasen a ganar esas carreras.

Por eso, la derrota en el que hubiera sido su sexto Tour de Francia consecutivo fue tan importante: nos sirvió para valorar en su justa medida la enormidad que suponía la consecución de los cinco Tours anteriores. Una derrota que escoció especialmente porque, cruzando los Pirineos y el célebre puerto de Larrau, llegaba hasta Pamplona, en lo que debía ser un homenaje al campeón. Que lo fue, por supuesto, pero teñido por la tristeza y la melancolía de la derrota.

Lo que nadie pensó que podía ocurrir, ocurrió: Indurain dejó de ser un extraterrestre para convertirse en un hombre, en un ciclista. En un ser infinitamente humano. Ríos de tinta se escribieron entonces. Y más cuando se obligó al mito a “ganarse” el sueldo corriendo la Vuelta a España, después de hacerse con la medalla olímpica de Atlanta, sin estar preparado ni mentalizado para ello.

Había comenzado el principio del fin.

Rota la confianza con la gente de Banesto, la ONCE hizo una oferta mareante a Indurain. Y es que sus jefes de filas nunca eran españoles por lo que, cuando ponían en jaque el dominio del navarro, la Asociación Nacional de Ciegos sufría en sus carnes una virulenta ola de antipublicidad. Incluso se habló de que el combativo Kelme podría estar en la puja por los servicios de Miguel.

Pero el hecho es que, en una multitudinaria rueda de prensa, el día 2 de enero de 1997, Indurain anunció su adiós, rotundo y definitivo, al ciclismo profesional. Sin rencores, sin una mala palabra, sin buscar culpables; Miguel se bajaba de la bicicleta sin intentar reconquistar los laureles del triunfo, aunque existía un convencimiento generalizado de que su derrota ante Bjarne Riis en el Tour no había sido más que un accidente y que seguía siendo, de largo, el mejor ciclista del pelotón.

De hecho, a Riis le desposeyeron de su título después de confesar que corrió dopado, Ullrich terminó quedándose en un permanente quiero y no puedo y la historia del siguiente ganador de la ronda gala, Marco Pantani, es de todos conocida. Hasta que llegó el dominio de Armstrong en el Tour, un dominio tan abrumador y tan brutal que consiguió domeñar a una prueba centenaria que siempre había devorado a sus hijos. El texano ganó siete Tours antes de retirarse y, con ello, dejó herida de muerte a la prueba estrella del ciclismo mundial, acabando con buena parte de su mística. Una herida en que el dopaje ha venido a cebarse y que, por tanto, tiene como último gran héroe mítico, grande en sus victorias y aún más grande en sus derrotas, a un Miguel Indurain que supo cuándo retirarse de un deporte que estaba a punto de iniciar una imparable y trágica espiral descendente que, de momento, no parece encontrar fin.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.