MATAR ELEFANTES VUELVE A SER LEGAL

¿Recordáis la maravillosa película “Cazador blanco, corazón negro”, de Clint Eastwood? En ella se cuentan los entresijos previos al rodaje de “La reina de África”, capitalizados por la obsesión de su director, John Huston, de cazar un elefante.

En uno de los momentos más impresionantes del filme, el personaje que interpreta al escritor y guionista Peter Viertel, le grita a Huston/Eastwood que no entendía cómo podía matar a un elefante, ser majestuoso y uno de los más impresionantes de la naturaleza. Le parecía una atrocidad.

– No. No es una atrocidad- le respondía Huston. – Es un pecado. Es el único pecado que se puede pagar con dinero, sacando una licencia.


Desde hace ya varios años, la comisión de dicho pecado era ilegal. Aunque seguían matándose elefantes por parte de los furtivos, como ha pasado recientemente en el Congo.

Pero la noticia más escandalosa y repulsiva ha surgido en Sudáfrica. Basándose en argumentos conservacionistas y apelando a la superpoblación de elefantes, el gobierno sudafricano ha levantado la prohibición de cazarlos.


Por mucho que lo revistan de argumentos, como los de Japón y las ballenas, de lo que se trata es de volver a favorecer el auge del comercio de marfil, que en la China de vertiginosos crecimientos económicos, es muy demandado. Además, esta prohibición conllevará un efecto rebote en los demás países africanos, un crecimiento del furtivismo y un nuevo impulso al mercado negro de comercio de marfil.

Quienes hemos tenido la suerte de disfrutar de la visión de elefantes en libertad, en los parques de Tanzania, el Tarangire o el Serengeti, podemos dar fe de que sí. De que pegarle un tiro a un elefante es un pecado y una atrocidad. Y que hacerlo para comerciar con el marfil de sus colmillos es de una abyección, una miserabilidad y una crueldad impropias del ser humano supuestamente civilizado del siglo XXI.

Joder, qué asco.

¿OS GUSTA EL CINE?

Seguimos abusando de las fotos remitidas por Nefer, en este caso, para anunciar que en Facebook hemos montado un grupo de amigos para charlar de películas y organizar excursiones cinéfilas, cuyo primer objetivo será, evidentemente, Indiana Jones. ¿Qué es Facebook? De ello hablábamos el fin de semana…

En fin. Que se animen a hacerse de Facebook y nos seguimos viendo en la Red.

Jesús Lens.

EL EFECTO TRANSILVANIA

Una de las cosas que más me gustan de los libros de Juan Ramón Biedma es cómo los titula. Si “El manuscrito de Dios” podría recordar, tan vaga como falsamente, a las novelas criptomilenaristas de inspiración Danbrownianas; títulos como “El espejo del monstruo”, “El imán y la brújula” o “El efecto Transilvania” son esplendorosos fogonazos de ficción súbita, auténticos microrrelatos en sí mismos con una indudable capacidad de sugestión.


Sugestión. Otra de las razones por las que me gustan tanto las novelas de Biedma es por su alto poder de sugestión. Son novelas que provocan sensaciones en el lector, sensaciones físicas, quiero decir. Se trata de novelas táctiles que, al empezar a leerlas, parece que pusieran en marcha una de esas máquinas de hacer niebla que se usan en los conciertos. Abrir las páginas de uno de sus libros significa destapar una especie de Caja de Pandora que enrarece los ambientes y los hace densos y espesos.


Eso no quiere decir que las novelas se hagan duras o pesadas de leer, ni mucho menos. Porque, y creo que ya lo hemos comentado, las novelas de Biedma nos gustan. Nos gustan mucho. Nos gustan, por ejemplo, por la Sevilla que nos muestran. Una Sevilla oscura, diferente. Una Sevilla alejada de los circuitos turísticos al uso. Una Sevilla imaginaria que resulta de lo más real y creíble. Una Sevilla onírica que, como ocurre en las películas de miedo, te gustaría recorrer aún a sabiendas del horror que te puede esperar al doblar cualquier esquina.

Nos gusta haber podido descubrir, de la mano de Biedma, que eso de la novela gótica no es una cosa antigua y trasnochada del siglo XIX. Que una pirámide precolombina en la Sevilla posterior a la Expo puede producir tantos fantasmas como los castillos ingleses. Porque Biedma es, y hace tiempo que no utilizo esta expresión, un tipo proteico con una envidiable y desbordante capacidad para crear atmósferas, universos paralelos, dimensiones desconocidas, mundos imaginarios.

Pero es que, además, Biedma borda a sus personajes. Los mima, los quiere y los trata con cariño, aunque luego los apalee, llegado el caso. Son personajes complejos, contradictorios y llenos de aristas. Personajes que mienten, aman, odian, engañan, ayudan y traicionan. Personajes de muchas caras, y, desde luego, no siempre amables.

Las tramas. ¿Hemos hablado de las tramas? No. Y es que Biedma también construye tramas de estilo arácnido: tiende una fina tela de araña en torno a un lector que queda irremisiblemente atrapado en ella, sin posibilidad de escape.

Bueno, voy concretando: “El efecto Transilvania”, publicada por Roca Editorial, es una novela de Juan Ramón Biedma, por lo que el lector ya debe saber, a estas alturas de la reseña, de qué estamos hablando. Una novela protagonizada por un chaval de catorce años que acaba de salir del hospital, tras sufrir una extraña enfermedad que le hace ver e interpretar la realidad desde un punto de vista muy, muy especial.

Y, aunque podríamos hablar mucho más de ella, ahí lo dejamos. De momento. Invitándoles a todos a que no duden en penetrar en la Sevilla mágica, onírica y fantásticamente irreal de uno de los narradores más poderosos y de una personalidad más fuerte y definida de nuestras letras actuales. Un lujo.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

PD.- Reseña anterior de “El Manuscrito de Dios”, en aquella Bitácora titulada Pinchando en Hueso.