Black Mirror Noir

El éxito o el fracaso de una película depende de dos factores: la recepción de la crítica,  durante el estreno y la recaudación en taquilla. Con las series de televisión y desde la llegada de las plataformas digitales, la cosa es muy diferente: influyen las críticas y el número de espectadores acumulados, por supuesto. Pero, para conocer el auténtico impacto de una serie, el dato realmente relevante es su capacidad de generar debate y conversación.

El cine, con muy escasas excepciones, ha perdido ese papel preponderante. Resulta poco habitual que los medios de comunicación utilicen películas de estreno como referente a la hora de contextualizar o ilustrar debates, tribunas o columnas de opinión. Las series de televisión, sin embargo, son el gran paradigma que está en boca de todos, un fenómeno sociológico que va más allá de lo audiovisual.

 

Y en ese marco referencial, Black Mirror se ha convertido en LA serie por excelencia. El estreno de cada nueva temporada genera conversación, análisis y controversia y cada episodio puede ser analizado desde mil y una perspectivas diferentes.

Así, el estreno de la cuarta temporada, en plena Navidad, nos ha traído seis episodios muy, muy potentes y diferentes entre sí, protagonizados por esa amenazante tecnología que cada vez ocupa más espacio en nuestra vida. Tal y como señala Charlie Brooker, su creador y guionista, “cada episodio tiene un tono diferente, un entorno diferente, incluso una realidad diferente, pero todos tratan sobre la forma en que vivimos ahora y la forma en que podríamos estar viviendo en 10 minutos… si somos torpes”.

 

La gran particularidad de “Black Mirror”, lo que la hace radicalmente diferente y original a otras series basadas en un futuro distópico, es que cada episodio es único, independiente y autoconclusivo, contando una historia diferente que transcurre en escenarios y paisajes alejados entre sí. De esa manera, los actores son distintos y cada episodio cuenta con un director específico. Por ejemplo, Jodie Foster, realizadora de esa joya titulada “Arkangel”, uno de los mejores capítulos de la recién estrenada T4 y que les recomiendo encendidamente. Sobre todo, a las personas con hijos a su cargo.

De los seis extraordinarios episodios de la T4, que ya están en Netflix, hay dos de temática puramente Noir: “Cocodrilo” y “Black Museum”. El primero, dirigido por un director tan solvente como John Hillcoat (“La carretera”, “Sin ley”), le da una interesante vuelta de tuerca a uno de los temas clásicos por excelencia del género negro más fatalista: las consecuencias de una toma de decisión equivocada tras un accidente.

 

Un episodio en el que la cuestión tecnológica ya estaba tratada en uno de los capítulos de la primera temporada, jugando con los potenciales peligros de tener a nuestra disposición una prodigiosa memoria que lo retiene todo, todito, todo; incluso cosas que ni siquiera sabíamos… que sabíamos. Filmado en una Islandia austera y opresiva, “Cocodrilo” hará las delicias de los aficionados al Noir… siempre que obvien la relación entre el físico de la actriz protagonista, una excelente Andrea Riseborough, y algunas de las cosillas que Brooker & Hillcoat la obligan a hacer.

Y luego está ese “Black Museum”, un episodio enciclopédico que, como su propio nombre indica, se convierte en compendio esencial de la filosofía que subyace bajo la etiqueta de “Black Mirror”. Se trata de un episodio que trenza tres hilos argumentales distintos para desembocar en el final más duro, perverso, cruel, canalla, oscuro y sensacional que se pueda imaginar.

 

“Black Museum” es un soberbio tour de force argumental que, filmado a caballo entre Málaga y el desierto de Tabernas, nos ofrece un triple menú de alarmante desarrollo tecnológico, aplicado a tres personajes diferentes: un médico que puede sentir exactamente lo mismo que sienten sus pacientes, lo que desemboca en una terrible adicción; un amante esposo que lleva a su mujer dentro de su cabeza después de que quedara en coma; y un holograma con la conciencia de un asesino condenado a muerte.

Sé que, así explicado, es complicado de entender. Por no decir imposible. Y ahí radica una de las grandes virtudes de “Black Mirror”: hay que verla, hay que lanzarse de cabeza a ese Espejo Negro que es la televisión para disfrutar de la experiencia. Para sentirla. Para padecerla. En el mejor sentido de la expresión.

Muchas veces me he sentido ridículo, en la barra del bar, explicando a los amigos el argumento de tal o de cuál episodio de “Black Mirror”, empezando por aquel primero del cerdo y del Primer Ministro británico. Pero en pantalla, funciona. Funciona hasta el punto de que, en muchas ocasiones, al leer noticias sobre sorprendentes avances tecnológicos llamados a cambiarnos la vida, nos suenan a conocidos… porque Charlie Brooker ya los había imaginado antes.

 

Créanme: la exposición a “Black Mirror” genera adicción y, en convreto, las atracciones que encierra el “Black Museum” no les van a dejar en absoluto indiferentes.

 

Jesús Lens

El arma del crimen

Hace un par de años escribía en esta sección una entrega titulada “Martillo matón”, surgida tras una conversación con el escritor Carlos Zanón, uno de nuestros autores de referencia.

Señalaba Zanón que es un escritor más de personajes y atmósferas que de complejas e intrincadas tramas. Por eso, a la hora de matar, hace que sus personajes actúen de forma natural. Y lo natural, en España, no son las pistolas, escopetas o armas de fuego, precisamente. Un martillo, sin embargo, sí forma parte del escenario cotidiano de cualquier vivienda. El martillo, como recordábamos entonces, ha estado presente en las novelas de Andreu Martín y del cubano Lorenzo Lunar, en películas como “Misery”, “Drive” y la tremenda “Old Boy”, del surcoreano Pak Chan-uk, o en series como “Fargo”.

Me acordaba de todo ello viendo el mejor thriller del año pasado: “En realidad, nunca estuviste aquí”, una genialidad de Lynee Ramsay en la que su protagonista, el excesivo y desmesurado Joaquim Phoenix, libera a chicas secuestradas por las mafias de la prostitución martillo en mano, con una brutal contundencia. La secuencia en la que entra en una tienda y elige la herramienta con la que va a tratar de rescatar a otra muchacha, nos recuerda al mazo empleado tradicionalmente por los jueces anglosajones a la hora de impartir justicia, aunque Phoenix la administre de forma mucho más directa y contundente. (Más obre esa joya, AQUÍ)

Viendo “Solo quiero caminar”, de Agustín Díaz Yanes, me encontré con otra secuencia en la que el villano de la función castiga a la sufrida Gloria Duque por el expeditivo método de romperle una mano… de un martillazo. Y es que hay algo especialmente doloroso y humillante en utilizar de forma tan salvaje una herramienta convencional y al alcance de cualquier persona.

 

Menos mal que las chicas son guerreras y, en la misma “Solo quiero caminar”, el personaje interpretado por Ariadna Gil se cobra una deuda pendiente, moral en este caso, a través de otro instrumento poco habitual: un sólido y recio bate de béisbol con el que le mete una paliza de impresión a un macarra al que se la tenía jurada, un mamón con pintas que se merece el severo correctivo que le aplica Aurora, uno de los personajes femeninos con más prestancia del Noir cinematográfico español. (Más sobre estas películas de Agustín Díaz Yanes, AQUÍ)

En España no estamos muy acostumbrados a los bates, herramienta que suelen utilizar los neonazis en sus razzias callejeras. En Estados Unidos, sin embargo, tener un bate de béisbol en casa es tan normal como tener unos patines, un balón de fútbol o unas zapas de baloncesto. De hecho, hay tipos que lo llevan en el maletero de su coche, por lo que pueda pasar. Como Ray Donovan, al que encontramos en uno de los episodios de su magnífica serie quitándose la camisa y haciendo ejercicios de estiramiento con el bate, antes de entrar al bar en que se esconde el perla de su padre, rodeado de sus pendencieros colegas.

Ese mismo bate con el que amenazó a otro mal bicho, que había robado una bolsa llena de dinero, utilizando una de sus frases más memorables: The Bag or the Bat. Una sentencia tan afortunada que ya es leyenda… impresa en camisetas negras de lo más llamativo. (Más sobre Ray Donovan, AQUÍ)

Con imaginación, decisión y mala leche, casi cualquier instrumento puede convertirse en arma homicida. Recordemos las célebres tijeras de “Crimen perfecto”, de Hitchcock, el auténtico maestro en convertir los objetos más convencionales de nuestra vida diaria en arma letal, por inocentes que pudieran parecer. La pala de “Cortina rasgada”, la cuerda de “La soga” y hasta una pierna de cordero, bien congelada, antes de ser debidamente horneada con el fin de hacerla desaparecer… de la manera más sabrosa posible.

¿Y qué me dicen de Coppola y de Mario Puzo, a la hora de planear la muerte del siniestro Don Lucchesi, en “El Padrino III”? A sabiendas de que cualquiera que se acercara a un hombre de su posición sería escrupulosamente registrado por sus guardaespaldas, el enviado de la Familia Corleone le arrebatará sus propias gafas y se las clavará en el cuello, en una de esas secuencias que, como la del disparo en el ojo a Moe Green, resultan inolvidables para el espectador, quedando grabadas en su retina de forma indeleble y por siempre jamás. (Más AQUÍ, sobre Los Padrinos)

Esas gafas no te quedan nada de bien…

Vamos a terminar haciendo justicia poética y volviendo a la vapuleada Gloria Duque, uno de los grandes personajes de Agustín Díaz Yanes. En su memorable “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”, Gloria era torturada por un gángster-gourmet que le clavaba, cruel y sañudamente, un abrebotellas en la rótula. ¿Cómo consigue zafarse Gloria, a la vez que vengarse?

Con un bolígrafo metálico que alcanza in extremis y clava en el cuello del vil y taimado sicario mexicano, en una preciosa y sangrienta metáfora visual sobre la pluma y la espada, trasladada al ámbito de los bajos fondos cinematográficos.

 

Jesús Lens

La anticipación del crimen

Si el año pasado no pude rechazar la oferta de comenzar el año en compañía de los Corleone, la gran Familia por excelencia del cine que más nos gusta, esta Nochevieja decidí disfrutar del tránsito interanual combinando dos de los temas que más me interesan en estos momentos: el género negro y el viaje en el tiempo.

Y lo hice viendo una de las películas menos recordadas de Steven Spielberg: “Minority Report”, estrenada en el año 2002 y protagonizada por Tom Cruise. Resulta curioso su caída en el olvido cuando, en su momento, la presencia en un mismo proyecto de dos pesos pesados como Spielberg y Cruise, provocó una enorme perturbación en la Fuerza.

La película, algo larga y con un final demasiado tópico y complaciente, resulta interesante, sobre todo, por el planteamiento de una sociedad futura en la que el crimen pudiera ser no solo previsto antes de que ocurriera, sino también evitado, gracias al departamento de PreCrimen de la policía de Washington, liderado por el capitán John Anderton (Tom Cruise).

El arranque de la película nos cuenta cómo funciona el sistema de detección precoz del delito, gracias a los cerebros conectados de tres seres singulares, tres mutantes conocidos como los Precognitivos.

Entonces, la sorpresa: el sistema prevé un próximo asesinato que será cometido nada más y nada menos que por el propio Anderton, quien sale por piernas, literalmente hablando, al aparecer su nombre en una de las bolitas que, a modo de bingo negro y criminal, expele el sistema. A partir de ahí, una historia de falsos culpables y persecuciones, de lucha contra contra el destino, de venganza, redención y superación de los traumas del pasado. Normal, por tanto, que la película se alargara hasta las dos horas y media. Máxime cuando hay una conspiración por medio…

“Minority Report” está basada en un relato corto del maestro de la ciencia ficción Philip K. Dick, uno de nuestros autores del culto, experto en mezclar el sci-fi con el género negro, como pudimos comprobar en “Blade Runner”.

Un relato de 1956 en el que el escritor le daba todo el sentido a una historia que planteaba una enorme paradoja: si el policía comete o intenta cometer el delito, tendría que ser detenido, juzgado y encarcelado. Ahora bien, si no lo comete, el sistema habría fallado, convirtiendo en inútil todo su trabajo anterior y, lo que es peor, cuestionando la validez de las sentencias dictadas gracias a él.

Reto al lector a que se haga con el relato y lo confronte con el final de la película, a ver cuál le parece más interesante y, sobre todo, le invito a que reflexione sobre las consecuencias de ambas resoluciones.

Máxime porque, lo que en 1956 era un argumento de absoluta ciencia ficción tan especulativa como improbable, sesenta años después empieza a no serlo tanto, gracias a esa especie de piedra filosofal en la que se ha convertido el Big Data.

Que le pregunten, si no, a la empresa española Synergic Partners y su trabajo en la ciudad Nueva York, analizando qué delitos se cometen con más frecuencia, dónde y cuándo… en aras a tratar de prevenirlos.

Si usted tiene previsto viajar a Nueva York, podemos recomendarle, desde ya, que trate de no estar en Brooklyn entre las 15 y las 19 horas, lugar y lapso de tiempo en los que se producen más delitos. ¡Sobre todo los viernes, que la llegada del fin de semana parece animar a los ladrones! Eso sí, en enero, la tendencia baja. ¿Será por la felicidad navideña o por que hace demasiado frío hasta para salir a pegar el palo?

Estadísticas sobre la comisión de delitos las ha habido desde tiempos inmemoriales, por supuesto, pero la empresa española ha conseguido “predecir” un 72% de los delitos cometidos en la urbe y hasta un 83% en el caso de los asesinatos. Predecir en sentido figurado, dado que no tienen la información de la policía en tiempo real, sino a posteriori. Pero las cifras demuestran que el sistema funciona.

El salto diferencial que proporciona la gestión del Big Data se basa en introducir cada vez más variables en los estudios, unas puramente policiales, como las denuncias o los sucesos acaecidos cada día; y otras más circunstanciales: celebración de eventos en la ciudad, niveles de renta, cotización de la Bolsa, datos de desempleo… e incluso variables atmosféricas, aunque no consta si se tiene en cuenta la fase creciente o decreciente de la luna.

El reto al que se enfrenta Synergic Partners es el de ir cada vez más allá en el análisis de los datos, de forma que se puedan extraer conclusiones que permitan tomar decisiones correctas a la hora de prevenir los delitos, lo que unido a procesos de geolocalización de las unidades policiales, nos invita a pensar en un futuro no tan alejado de lo que propone “Minority Report”. Pero sin la participación de mutantes videntes, por supuesto.

Jesús Lens

La vida es un cabaret

Consumimos los últimos suspiros del año 2017 entre pesadas y largas digestiones y los planes para el despiporre de fin de año, con ganas de darle matarile a un ejercicio tanto o más complicado que sus predecesores y antesala de 365 días… que tampoco serán fáciles. Ni muchísimo menos. Por eso, el cuerpo pide fiesta, locura, abandono y desenfreno.

El Rincón Oscuro, en IDEAL

Históricamente, las fiestas más desmadradas y espectaculares se han celebrado en tiempos difíciles y complejos, tumultuosos y propicios a cambios vertiginosos. Ya lo cantaba Sally Bowles, a comienzos de los años 30, sobre el escenario del Kit Kat Club berlinés: la vida es un Cabaret que invita a beber champán, a gozar del jazz, a hacer sonar los tambores y a disfrutar de un buen jolgorio.

“Cabaret”, película mítica de Bob Fosse, filmada en 1972 e interpretada por una majestuosa Liza Minelli, mostraba la contradicción de una Alemania libertina y desenfrenada que, sin embargo, ya empezaba a sufrir los primeros embates del nazismo que estaba por llegar, poniéndolo todo patas arriba. Ahora, recuperando aquel espíritu contradictorio, nos llega una de las mejores series europeas de los últimos años, “Babylon Berlín”, que nos transporta a la capital alemana de los años 20 del pasado siglo, uno de los momentos estelares en la historia de la humanidad.

Cuando digo que la serie nos transporta a otra época, no exagero un ápice: son tales el cuidado en el detalle y el preciosismo en la ambientación que cada episodio de “Babylon Berlín” se transforma en un viaje a un pasado mítico, a una época convulsa en la historia del Viejo Continente… que terminó de la peor manera posible. Sin embargo, las contradicciones y dificultades sociales, políticas y económicas de la Alemania de los años 20 y de la República de Weimar supusieron, paradójicamente y desde un punto de vista artístico y creativo, uno de los momentos cumbres de la cultura europea, como la editorial Taschen mostrará, con todo lujo de detalles, en uno de sus libros más esperados: la edición en inglés de “La noche cae sobre Berlín durante los locos años veinte”, de Robert Nippoldt y Boris Pofalla.

“Un paseo por un tiempo tan presente y apasionante como ningún otro de la historia alemana”, define al libro uno de sus autores. “Explore el Berlín de la década de 1920, las luces brillantes, los susurros entre bastidores y los frágiles consensos políticos… un vívido retrato de las personas, los lugares y las ideas de una metrópolis efervescente durante una década de gran transformación”, nos sugiere la editorial.

Mientras nos comemos las uñas, esperando la edición del libro, podemos matar el gusanillo disfrutando de esa “Babylon Berlín” que le pone imágenes, música y ambientación a aquellos tiempos difíciles, a través de una trama policíaca protagonizada por Gereon Rath, un joven policía de Colonia destinado a Berlín para investigar una red de pornografía y chantajes varios. Gereon se encuentra, solo, en una ciudad convulsa que, a medida que se aproxima la celebración del 1 de mayo de 1929, amenaza con arder por los cuatro costados. Una metrópoli, sin embargo, en la que nadie parece dormir, yendo de los despachos y las calles a clubes como el Babylon, sin pasar por casa. Y viceversa.

En el segundo episodio de la serie, algunos de los personajes participan de una ceremonia ritual que se celebra, por supuesto, en el Babylon. Cae la oscuridad sobre el escenario. La batería y el contrabajo toman la manija musical y un misterioso personaje irrumpe en escena, vestido de cuero negro, con sombrero de copa y un fino bigote negro sobre su nívea cara. Y comienza a cantar. Quedo, al principio; de forma abrasadora, inmediatamente después. “Zu Asche zu Staub”, demasiada ceniza, demasiado polvo; se titula una canción cuyas coreografías combinan a la perfección la libertad de una Josephine Baker con la estética nazi que ya se intuía en el ambiente.

Una intensa secuencia que marcan los mejores cinco minutos de la televisión de este 2017 que ya se termina y que nos recuerda a otro fiestón descomunal: el que abría la serie “Boardwalk Empire”, en el episodio piloto dirigido por Martin Scorsese. ¿Se acuerdan?

Termina el año 1919 y Nucky Thompson, tesorero del Ayuntamiento de Atlantic City, pronuncia un encendido discurso en contra del consumo de alcohol frente a las damas de la Liga de Mujeres por la Templanza. Acto seguido se desplaza hasta el Babette Supper Club, donde se celebrará una fastuosa fiesta para dar la bienvenida a la Prohibición, que entró en vigor el 1 de enero de 1920. Una fiesta lógica y generosamente regada con alcohol y en la que un baile desaforado, al son del jazz más caliente, es buena muestra de por qué aquella década pasó a la historia como los Locos Años Veinte, antecesores del crack del 29 y de los oscuros, sombríos y violentos años 30.

Pero esta sería otra historia: en este final de año tan solo queremos celebrar, cantar, bailar y disfrutar como locos. La resaca llegará después, pero mientras… ¡salud y feliz 2018!

Jesús Lens

 

Transformismo radical

“¡Increíble cómo se ha puesto! ¡Espectacular! ¡Impresionante!”

 

En una secuencia de la brutal -en todos los sentidos de la expresión- película “En realidad, nunca estuviste aquí”, de la directora Lynne Ramsay, el torso del actor protagonista, Joaquin Phoenix, aparece desnudo frente a un espejo. Y, efectivamente, resulta de lo más llamativa la evolución de su físico, una combinación de cachas y adiposidades que da miedo.

Que precisamente de eso se trata. De dar miedo. ¡Y vaya si acojona, su personaje, en pantalla! Joe es un veterano de guerra, un ex-marine que se gana la vida rescatando a chicas jóvenes de las mafias de la prostitución. Y lo hace utilizando métodos expeditivos, por ser políticamente correctos y delicados.

 

El concepto de “tipo duro”, en Joe, alcanza otra dimensión. No hay más que ver el estoicismo con el que la mole de su cuerpo aguanta golpes, palizas, empujones y patadas. Un cuerpo severamente baqueteado y surcado de heridas y cicatrices. Un cuerpo monstruoso, moldeado por la espartana disciplina a la que debió ser sometido en sus tiempos en la Armada y deformado por el abuso de Dios sabe qué sustancias anabolizantes. Una masa humana, vigoréxica y excesiva, que amenaza con desbordar la pantalla en todos y cada uno de los fotogramas.

 

No es fácil de ver “En realidad, nunca estuviste aquí”. Se trata de un brutal -otra vez- ejercicio de estilo que destila ruido, furia y violencia. Para ayudarle a preparar su complicado papel, tal y como comenta Phoenix: “Lynne Ramsay, la directora, me mandó unos archivos de audio con fuegos artificiales y explosiones y dijo: ‘Esto es lo que hay en su cabeza’. Y pensé: ‘Eso es, no hay que decir nada más’. Era perfecto”.

Efectivamente, sin apenas hablar ni gesticular, un Phoenix de tupida barba canosa transmite la tensión de su personaje a través de la enormidad de su cuerpo. Tal y como explica la directora: “era muy interesante verle interpretar a un personaje como este. Pero cuando se hubo metido en ese personaje, parecía El jorobado de Notre-Dame; un monstruo… o un demonio”.

 

Una monstruosa no-interpretación que le reportó a Phoenix el premio al Mejor Actor en el pasado Festival de Cannes, al que la película llegó sin un montaje definitivo, pero que fue suficiente para ganar, también, el premio al Mejor Guion. Lástima, una vez vista la película, que no se llevara la Palma de Oro a la Mejor Película…

 

Por cierto, y antes de seguir avanzando, si ustedes no han visto “Tenemos que hablar de Kevin”, película anterior de la cineasta Lynne Ramsey, anulen cualquier plan que tuviesen para esta noche y rellenen esa laguna a la mayor brevedad posible.

 

La espectacular presencia en pantalla de un Joaquin Phoenix que aprovecha la desmesura de su cuerpo para darle toda la fisicidad posible a su papel, nos recuerda otras impresionantes transformaciones cinematográficas en películas negras y criminales.

 

El auténtico maestro en esto de meterse en la piel -y en las mollas y adiposidades- de sus personajes es Robert de Niro, quien engordó 13 kilos para interpretar a Al Capone en “Los intocables de Elliot Ness”, aunque dado el volumen de su papada y lo rubicundo de su carota, cualquier diría que se había emulado a sí mismo, cuando engordó 30 kilos en 3 meses para interpretar la época crepuscular de Jake La Motta en la mítica “Toro salvaje”, ostentando uno de esos improbables récords de Hollywood.

Cuentan las leyendas que, tras haberse puesto en plena forma para las secuencias de los combates de boxeo, las primeras en ser filmadas por Martin Scorsese, el actor se pasó el rodaje comiendo hamburguesas y pasta y bebiendo refrescos sin parar, hasta mostrar el obeso y abandonado aspecto que presentaba al final de la cinta.

 

Otro actor que decidió echarse kilos de grasa encima para darle credibilidad a su personaje fue Sylvester Stallone, que engordó lo suyo en “Cop Land”, una muy apreciable cinta policíaca de James Mangold, filmada en 1997 y que contó con la participación de Harvey Keitel y Ray Liotta. El potro italiano, cansado de su papel de héroe de películas de acción, decidió darse un baño de realismo con esta película, jugada que le salió bien… aunque no tardó en volver a sus papeles más convencionales.

 

Y está el caso de Christian Bale, que debe tener una genética y un metabolismo a prueba de bombas: lo mismo pierde 27 kilos para su papel de “El maquinista” que coge 44 kilos de puro músculo para interpretar a Batman. O, como en “La gran estafa americana”, se relaja y engorda 20 grasientos kilos para interpretar a Irving Rosenfeld, un empresario pringao y estafador de poca monta.

 

Jared Leto y Matthew McConaughey se quedaron literalmente en los huesos para interpretar sus dolorosos papeles en “Dallas Buyers Club” y, por cuanto a papeles femeninos, hay que destacar a Charlize Theron en “Monster”, que no solo desfiguró su rostro gracias al maquillaje, sino que engordó 13 kilos para dar mayor realismo a su interpretación de Aileen Wuormos, una ex-prostituta que asesinó a siete hombres en dos años de frenética actividad homicida; y por la que ganó el Óscar.

Reza la sabiduría popular que la cara es el espejo del alma. En el cine, el retorcimiento del cuerpo y el transformismo radical son el espejo de la profesionalidad más exigente.

 

Jesús Lens