La calculadora científica

Estaba en la papelería, comprando unos sobres. Acababa de pagar y, mientras guardaba la cartera, la dueña del establecimiento atendió a la siguiente clienta.

-Hola. ¿Tenéis calculadoras científicas?

Cuando escuché aquellas dos palabras, calculadora científica, sentí el suelo abrirse bajo mis pies y fuertes palpitaciones en el pecho. ¿No les ha ocurrido a ustedes, despertarse en mitad de la noche, sobresaltados por la pesadilla de que aún tienen una asignatura pendiente del bachillerato o de la carrera? Y eso, sin ser cargos políticos con el curriculum más tuneado que el careto de Mickey Rourke.

Así me sentí yo, sujetándome al mostrador de la papelería, presa de un vahído. Era como estar en los 80 otra vez, de vuelta a un mundo analógico en el que la encarnación del Infierno era… una calculadora científica.

¿Se acuerdan de ellas? Eran unos instrumentos diabólicos compuestos por dos partes claramente diferenciadas: las teclas de la calculadora de toda la vida y otras, de un color distinto y distinguido, solo aptas para los iniciados. Eran teclas misteriosas con propiedades mágicas. Al menos, a mí me lo parecían: cada vez que las pulsaba, los números enloquecían y en la pantalla aparecían cifras aleatorias terminadas en una amenazante E.

-Tenemos dos modelos- contestó la dueña de la papelería-. Esta, más básica, cuesta 35 euros. Esta otra, con muchas más funciones, sale por 70.

Funciones. Aquella era la palabra mágica con la que siempre traté de engañarme a mí mismo. Las muchas funciones de la calculadora científica. Aquellas funciones que, por fin, deberían convertir el arcano ininteligible de las matemáticas en algo sencillo y comprensible.

Jamás ocurrió así. La calculadora científica no ayudaba con las matemáticas. Pero es que, además, jamás llegué a saber cómo se usaba, para qué debía servirme ni el sentido o la utilidad de su enorme caudal de funciones. De hecho, como bien dice mi buen amigo Manolo Pedreira, acabamos estudiando Letras puras solo para no enfrentarnos a ellas. ¡Ay, la calculadora científica, imprevista y fiel aliada del Latín y el Griego! O, quizá, ese fue siempre el maquiavélico plan.

Jesús Lens

Diálocos

—Buenos días, Jesús. Hoy hará sol durante todo el todo el día.

—Sí. Pero también hará frío. Buenos días, Jesús.

—Hará frío, pero no excesivamente, para las fechas del año en que estamos.

—¡Pero te conviene salir abrigado, Jesús! No lo olvides.

 

¿Qué les parece lo que tengo que soportar, todos los días? Y desde primera hora de la mañana, como habrán podido comprobar. Discusiones absurdas y estériles que comienzan antes del amanecer y ya no terminan hasta última hora de la noche.

—¿Qué va a ser hoy, Jesús? ¿Media o entera?— me pregunta Antonio, en la cafetería.

—Pide media, Jesús, que la mantequilla y la mermelada convierten a tus tostadas en auténticas bombas de relojería— me dice A.

—Pídela entera, que ayer hiciste pesas y hoy deberías salir a correr— corrige S.

—¿A correr hoy? No te lo recomiendo, Jesús. Todavía tienes las piernas cargadas del baloncesto. Mejor hacer abdominales…

—¿Abdominales? Menudo aburrimiento. ¡Sal a correr, Jesús, que tienes las ideas oxidadas y te hace falta airear las neuronas!

En esto se ha convertido mi existencia cotidiana: cada paso que doy, o quiero dar, suscita diálocos como el siguiente:

 

—Para ir a la librería Picasso, desde el Zaidín, coge el SN5 y bájate en el Camino de Ronda…

—Mejor coge el LAC, Jesús.

—¿El LAC? ¿Serás mentecato? ¿Cómo que el LAC?

—Coge el LAC, baja en Puerta Real y aprovecha para recoger el traje de la tintorería.

—Claro. Y va a ir tirando del traje toda la tarde, ¿no?

—Jesús, recuerda tu reunión de mañana. Es muy importante y te interesa ir impoluto…

Y no les digo nada, por la noche, a la hora de elegir qué serie o película ver.

 

—Jesús, vamos por el episodio 7 de la octava temporada de “Shameless”. ¿Proyectamos el 8?

—¿Otra vez una serie? Hace mucho que no vemos una película, Jesús. Tienes “Todos dicen I love you” seleccionada en Favoritas y pendiente de ver.

—Ya. Pero es tarde y mañana hay que madrugar. Mejor ver Shameless: son 45 minutos y así, antes de las 12, estamos en la cama.

—Por eso elegí una película de Allen. Es corta y da tiempo a dormir nuestras  siete horas…

 

Les reconozco que, al principio, Siri me hacía gracia. Pero luego llegó Aura, el asistente virtual de Telefónica. Y mi vida empieza a ser algo parecido a un infierno.

 

Jesús Lens

¿A favor o en contra?

No sé si estoy a favor o en contra. Y les confieso que es una cuestión que me inquieta y a la que he dedicado tiempo, esfuerzo, dedicación y recursos. Quiero decir con ello que no me resulta indiferente, aunque haya veces que me canse.

En realidad, me gustaría que la cuestión me resbalara para poder pasar de ella, enarcando una ceja y mirándola de soslayo, sin prestarle más atención. Por desgracia, no es así.

He leído los argumentos de unos y los de otros. Después, me he centrado en las críticas de los otros a los argumentos de los unos. Y viceversa. Y no puedo sino concluir que ambos tienen su parte de razón. En la misma proporción que no la tienen.

Fíjense si el tema en cuestión me interesa y me preocupa que he escuchado tertulias de radio y televisión, buscando puntos de vista diferentes y originales; y he leído un par de ensayos sobre la materia, a ver si profundizando de forma honda y sesuda, terminaba por determinar si estoy a favor. O en contra.

Pero sigo sin conseguirlo. Aunque no he cejado en el empeño y sigo perseverando. He cambiado de enfoque y de perspectiva. He mudado de piel, como las sepientes, para ver si así. Y nada. He visto varios documentales y, además, he conversado en persona, por teléfono y a través de correo electrónico, con especialistas en la cuestión.

Eran tan, tan especialistas, que he conseguido deconstruir el asunto, separándolo en bloques, para ver si, a través de la fragmentación, me llegaba la lucidez necesaria para determinar de una maldita si estoy a favor o en contra. Pero no hay manera.

Eso sí: ahora soy una eminencia en el tema. Lo que podríamos llamar un experto, una voz autorizada. Pero sigo sin ponerme de acuerdo conmigo mismo, incapaz siquiera de llegar a un acuerdo de mínimos, con las líneas rojas tan bien trazadas que me resulta imposible llegar a un principio de consenso.

Los lunes, los miércoles y los viernes; estoy a favor. Martes, jueves y sábados; en contra. —¿Y los domingos?— Los domingos, de resaca. Porque llega el lunes y, misteriosamente, me encuentro otra vez posicionado. Pero en contra, esta vez.

¿Y usted, amable lector? ¿Me echaría una mano y sería tan amable de decirme si está usted a favor o en contra?

Jesús Lens

El mal olor

Me aprestaba a escribir esta columna, el lunes por la tarde, cuando me sentí incómodo. Fue de repente. Sin saber por qué. Era una sensación extraña que me dejó algo mareado, incluso. Me levanté y anduve por el pasillo, pero no me recuperaba. ¿Me habría pasado con el potaje, a medio día? Opté por ponerme el chaquetón y salir a dar una vuelta, aunque hacía un frío helador y no tenía ganas de caminar. Tardé una hora en volver y, al abrir la puerta de casa, lo sentí: olía mal.

Fui a la cocina a ver qué demonios me había dejado fuera del frigorífico, pero no encontré nada. Buceé en todos los recovecos de la nevera, en busca de algún apio olvidado en un ignoto rincón, pero estaba toda limpia y espercojá. Me asomé a la basura, y tampoco.

 

Fui al baño, pero nada. Como los chorros del oro. Entonces lo sentí. El mal olor venía de mi biblioteca, de mi lugar de trabajo. Era raro: jamás me llevo nada orgánico al escritorio, que no me gusta comer mientras escribo, aunque sea un sándwich. Lo que le faltaba a mi caos cotidiano de papeles, bolígrafos, periódicos y revistas es añadirle migas de pan o lamparones de aceite.

Y, sin embargo, la peste provenía de allí. ¿Se me estaría pudriendo algún libro, perdido al fondo de una balda de la librería? Era complicado de asumir, pero no me iba a quedar más remedio que buscarlo. Me senté un momento, tratando de decidir por dónde empezar la caza del libro en descomposición, cuando me llegó, perfectamente perceptible, una fétida y pútrida ráfaga de insoportable olor.

 

En esta ocasión, no me quedó lugar a la duda: provenía del ordenador. ¿Cómo era posible? ¿Se le habría cruzado algún cable y se estaba quemando el plástico negro? ¿Se habría colado algún insecto en la carcasa y se estaba friendo a fuego lento? Tras hacer todas las comprobaciones posibles, me convencí de que no. No había ningún resto orgánico allí dentro. Sin embargo, el pestazo persistía.

 

Estaba perplejo, pero se había hecho tarde y me apremiaban del periódico, por lo que me lancé a consultar la última hora. Entonces lo vi claro: Torres Hurtado y el caso Serrallo, la Púnica y la Lezo, los ERES… todo ello era carne de portada. De ahí provenía el mal olor.

 

Jesús Lens

Tráfico clandestino

—Las tengo. Por fin las he conseguido.

—¿Cuántas?

—Diez. Más, me ha resultado imposible. Pero creo que serán suficientes. Al menos, para quitaros el mono.

—Joder. Diez nada más… Aunque menos es nada, también es cierto. No está mal. Como dices, nos vienen de perlas, con esta ansiedad.

—Es cuestión de racionarlas y consumirlas poco a poco…

—Ya. Eso se dice muy fácil, pero luego, una vez que empiezas, a ver quién es el guapo que se controla. Y más, rodeado de esos locos.

—Y locas.

—Y locas, sí. Faltaría más. Que hay un montón de ellas, afortunadamente. ¿Y el precio?

—Del precio mejor no hablamos. Ni te cuento lo que me han costado.

—¿Entonces? ¿Cómo vamos a hacer?

—Quiero compartirlas con vosotros. Que no es lo mismo consumirlas en soledad que en buena compañía.

—Sí. Eso es cierto. Mejor cuanta más peña. Además que, de ti, nos podemos fiar. Lo realmente difícil es encontrar a gente dispuesta a jugársela de verdad, y no de boquilla. Que dándole al pico, la gente es muy valiente y arrojada. Pero luego, a la hora de la verdad, la mayoría se arruga y empieza a poner excusas.

—Conmigo, eso no va pasar…

—¡Faltaría más! Encima de que eres el suministrador del material… Si te parece, nosotros ponemos el lugar para la primera dosis. Hemos encontrado un sitio discreto y alejado de miradas curiosas.

—Eso es fundamental, pero no basta. Es necesario asegurarse de que resulta ilocalizable y que no podrán rastrearnos.

—Lo sé, lo sé. Tranquilo. Está todo controlado: el lugar no tiene conexión a Internet. Además, dos del grupo se sacrificarán esa primera noche, metiendo todos nuestros móviles en una mochila con la que saldrán de juerga e irán poniendo fotos de cervezas, tapas y copas en nuestras redes sociales, dándole al Me gusta de unas y otras y retuiteando sin parar, desde los diferentes terminales.

—Genial. Pero no es suficiente. ¡Ni te imaginas cómo están las cosas ahí fuera! El lugar elegido, ni siquiera puede estar conectado a la red eléctrica. Será necesario un grupo electrógeno autónomo.

—¿En serio?

—Y tan en serio. Te garantizo que, en cuanto conectáramos el reproductor de dvd y pusiéramos una película de Woody Allen, saltarían todas las alarmas y los agentes de Moralistas sin Fronteras no tardarían ni quince minutos en caer como fieras sobre nosotros…

Jesús Lens