AMIR VALLE GANA EL PREMIO CIUDAD DE CARMONA DE NOVELA NEGRA

La novela “Largas noches con Flavia”, del escritor cubano Amir Valle, ha ganado el premio de Novela Negra convocado por la Editorial Almuzara.


Enhorabuena a uno de los mejores escritores en castellano del momento.

Pd.- Impactante portada ¿verdad?

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LA ASOCIACIÓN NOVELPOL PREMIA A "EL IMÁN Y LA BRÚJULA"

La Asociación Cultural Novelpol (Amigos de la Literatura Policial), después de tres votaciones entre sus socios, ha resuelto conceder el Premio Novelpol 2008 a la mejor novela negra publicada durante el pasado año a la obra “El imán y la brújula”, de Juan Ramón Biedma (Ediciones B).

¡Bien por el ganador!

PD.- La reseña, de forma inminente en esta su pantalla amiga.

PRESENTACIÓN DE KICKBOXING EN NIRVANA

A ver qué les parece la presentación de la novela “Kickboxing en Nirvana” de Christopher G. Moore, publicada por Alea y cuya “Hora cero en Phnom Penh” tanto nos gustó e impactó.

Además, Keanu Reeves va a protagonizar una versión fílmica de las historias de Vincent Calvino, así que… vayamos haciéndonos el cuerpo.

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RETRATO DE FAMILIA CON MUERTA

Dedicado a Rodolfo, seguidor impenitente de esta bitácora
Y hermanísimo militante de Raúl.

Si empezamos esta reseña diciendo que la nueva novela de Raúl Argemí, “Retrato de familia con muerta”, publicada por Roca Editorial, ha sido galardonada con un premio literario, no creo que vaya a sorprender a nadie. Porque, hasta la fecha, todas las novelas de Raúl que se han publicado en España se han llevado alguna distinción. A estas alturas, es difícil recordar todos los galardones atesorados por uno de los narradores más potentes, sugestivos, duros y comprometidos de las letras escritas en castellano.

La nueva novela de Argemí ha ganado uno de los premios más jóvenes de nuestro panorama literario, pero también uno de los más prometedores y mejor considerados entre los aficionados a las letras policíacas: el Premio Internacional L´H Confidencial de Novela Negra.

Si el año pasado, la primera edición del premio recayó en Joaquín Guerrero-Casasola, un mexicano afincado en Barcelona que contaba el Distrito Federal más caótico y sinsentido; en esta ocasión ha sido un argentino, igualmente afincado en la ciudad condal, el que ha contado la realidad más sangrante de una Buenos Aires salvaje que, contra lo que el uso de tales adjetivos pudiera hacer presuponer, no acontece en las Villa-miserias de los arrabales ni está protagonizada por pandilleros drogadictos o representantes del lumpen más tirado y miserable.


“Retrato de familia con muerta” se desarrolla en lo que se conoce como un “country”, una especie de urbanización privada, enrejada y protegida por guardias de seguridad en que no está claro si las grandes y costosas medidas de seguridad persiguen que los malos no entren… o no salgan.

Porque, ¿quiénes son los malos en la novela de Argemí? ¿Y los buenos? De los mejores hallazgos de la novela es la denominación de “los inocentes”, aplicada a esas personas que siempre parecen estar por encima del bien y del mal, vestidas de impoluto blanco nuclear, bien peinadas, guapas y siempre ataviadas para la ocasión. Los inocentes, protagonistas y artífices del viejo aforismo: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”.

Ella, en el caso que nos compete, es una señora de la alta burguesía. Pero podría fácilmente ser un trasunto de la democracia, en general, de la esperanza en un mundo mejor. Del futuro de un pueblo, de un país, encerrado y rigurosamente vigilado y controlado para que no se desmande.

Contar de qué va “Retrato de familia con muerta” no es necesario. Podríamos decir que es una novela negra que encantará a quienes no son especialmente aficionados a la novela negra ya que, pocas veces el “quién lo hizo” tiene tan poca importancia. Una novela negra en que la investigación llevada a cabo por un juez insobornable y hasta cierto punto trastornado, adicto y enganchado a su obsesivo trabajo sirve para mostrar los entresijos de una sociedad neocapitalista en que quedan puestas de manifiesto la contradicciones de las teóricas socialdemocracias modernas, que fomentan unos sistemas cada vez más clasistas y exclusivistas.

Y todo ello narrado con el estilo fragmentado, los capítulos cortos, la multiplicidad de puntos de vista, la ironía y el brío habitual de un Raúl Argemí que, efectiva y posiblemente, haya escrito su obra maestra. Hasta el momento. Porque no dudamos, ni por asomo, de que su novela del año que viene será mejor que ésta y peor que la del año 2010.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

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LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD


La columna de hoy de IDEAL parte de una excelente velada, el sábado pasado, con un grupo de personas intelectualmente inquietas, siempre a la búsqueda de la verdad.

Esta entrada está dedicada especialmente a Andrés Sopeña, uno de mis mejores profesores de Derecho. En vez de exigirte memorizar temas y artículos, te invitaba a pensar y reflexionar. Ahí es nada.

En el nunca suficientemente valorado Museo Arqueológico de Granada se está celebrando un atractivo ciclo de conferencias que, bajo la denominación genérica de “Arqueología. Donde ciencia y aventura van de la mano”, concitó el pasado sábado a varias decenas de personas que asistieron a una vibrante charla protagonizada por José Luis Serrano y Andrés Sopeña, quiénes, con la excusa de hablar acerca de las figuras del detective y el arqueólogo, hicieron lo que mejor saben: dar rienda suelta a su proverbial enciclopedismo y espolear las neuronas de los asistentes, a través de una charla interactiva, animada y productiva.

De las muchas cosas que se dijeron en la misma, me quedo con una: las profesiones de arqueólogo y detective no son tan diferentes entre sí. A fin de cuentas, ambas disciplinas tratan de lo mismo: la búsqueda de la verdad.

La verdad. Ahí es nada. ¿Qué es la verdad? De hecho, ¿podemos asegurar que existe una verdad, única e indubitada? Sopeña y Serrano son fervientes defensores del no. No hay verdades inmutables. Todo depende del momento, de las circunstancias, de la cultura, de la percepción, de la tradición. ¿Existe la historia como ciencia? No. La historia que nos llega, por muy revestida de cientificismo que nos sea presentada, no es sino una narración interesada de unos hechos probables del pasado.

Sin embargo, personajes como Grissom o House, en sus exitosas series televisivas, abogan por el triunfo de una ciencia pura en la que el factor humano, la etiología y la psicología no tienen cabida. Una ciencia a la que, aplicando las más prusianas técnicas detectivescas holmesianas, no se le podría poner jamás ni un pero. Una ciencia que lo mismo sirve para descubrir al culpable de un crimen que para salvar una vida humana.


Personalmente, me alineo con Sopeña y Serrano, siguiendo la famosa tesis einsteniana de que todo es relativo. La objetividad no existe y la neutralidad es una falacia. Por seguir con el tema de los detectives, diríamos que los defensores de las tesis cientificistas se concentran en el famoso “quién lo hizo”. A través de mecanismos inductivos y deductivos, analizando fríamente las pruebas de cada caso, los sagaces investigadores determinan quién es el culpable, se le detiene, juzga y condena y la vida sigue.

Otra tradición negro-literaria-criminal, sin embargo, se preocupa del porqué de las cosas. Buscar al “quién” no es sino un camino para descubrir las circunstancias, los motivos y los condicionantes que rodean la comisión de un delito, escarbando en las heces, la miseria y los claroscuros de una sociedad compleja, violenta y contradictoria. Ése es el género negro que nos gusta y que reivindicamos. Una literatura en que los detectives buscan la parte de verdad que se oculta bajo la superficie de la realidad más aparente, lo que siempre resulta tan difícil como excitante.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

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