¡Qué suerte, poder ver “Lucky”!

Cuando Harry Dean Stanton, leyenda más que actor, dejaba este mundo para continuar su búsqueda de caminos por el Más Allá, estuve bicheando por internet en busca de una imagen que reflejara su inmensa personalidad, tal cual es y al primer vistazo.

No era fácil, que Harry murió en 2017 a la provecta edad de 91 años y había participado en películas míticas como “En el calor de la noche”, “El Padrino II”, “La leyenda del indomable” o “Pat Garrett & Billy the Kid”.

Antes de convertirse en uno de los iconos más reconocibles del cine de ese otro genio visionario que es David Lynch, seguro que le recuerdan ustedes surgiendo del desierto, deshidratado y quemado por el sol, perseguido por el acorde de la guitarra de Ry Cooder en la magnífica “París, Texas”.

Elegí una foto de Harry en blanco y negro, fumando con delectación. Pero me quedé imantado por el cartel de una película titulada “Lucky”, que todavía no se había estrenado, en la que el larguilucho y anciano actor aparecía en camiseta y calzoncillos, con sombrero y botas de cowboy, regando un cactus en una maceta.

Busqué información sobre la cinta y, al ver de qué iba, pensé: “Ésta no se estrena en los cines españoles, fijo”. Y la apunté para verla en plataformas digitales, al cabo del tiempo.

Hace un par de semanas, di un salto de alegría cuando vi que “Lucky” se estrenaba en España. Leí las críticas, unánimemente entusiastas, y pensé en cómo y cuándo ir a Málaga a verla, dado que no estaba programada en las pantallas granadinas.

Pero mire usted por dónde, el pasado viernes la estrenó el providencial Cine Madrigal en su inmensa pantalla de la Carrera de la Virgen. Fui a verla, nervioso y excitado: entre lo penoso de la cartelera de estas semanas y los numerosos líos del día a día, hacía demasiado tiempo que no pisaba una sala.

Y no vean qué película más sensacional. Pequeñita. Existencialista. En la que parece que no ocurre nada. Y, sin embargo todo. Ocurre la vida.

Jesús Lens

Muertos en la estepa

“Yeruldelgger observaba el objeto sin entender. Al principio, había mirado, incrédulo, la inmensidad de las estepas de Delgerkhann. Unas estepas que lo rodeaban como océanos de hierbajos que el viento agitaba con un oleaje irisado”.

Estamos, como bien habrá deducido el atento lector, en mitad de la Mongolia profunda y a Yeruldelgger le acompaña el patriarca de una familia nómada, ataviado con la ropa tradicional de la estepa: un deel raído de tela verde satinada con bordados amarillos, unas botas de montar de piel y, la cabeza, tocada con sombrero puntiagudo.

Volvamos a ponernos en la piel del protagonista: “Durante un buen rato, en silencio, había procurado convencerse a sí mismo de que estaba de verdad en aquel lugar, y sí, de verdad estaba allí. En medio de extensiones infinitas…”.

Ian Manook, autor de “Yeruldelgger, muertos en la estepa”, publicada por la imprescindible colección Black de la editorial Salamandra, describe con tanta fuerza y pasión el paisaje donde se encuentra el protagonista que el lector se siente inmediatamente transportado al corazón de Mongolia, notando cómo el viento le golpea en el rostro a la vez que agita la hierba junto a sus pies.

Avanza la narración y Yeruldelgger conversa con los miembros de la familia, que confiesan haber enterrado un cadáver recién encontrado junto a su yurta, la tienda tradicional mongola.

—¿Para qué lo han enterrado?— pregunta el protagonista.

— Para no contaminar el escenario del crimen.

—¡Para no contaminar el escenario del crimen! Pero, ¿de dónde han sacado esa idea?

—De “CSI: Miami”…

Efectivamente, a los nómadas de “Yeruldelgger, muertos en la estepa” les encanta “CSI: Miami” y Horacio, el jefe, siempre recomienda no contaminar el escenario del crimen.

El bueno de Yeruldelgger, un poli duro que viene de Ulán Bator, la capital mongola, y que creía haberlo visto todo en su trayectoria profesional, se queda lógicamente pasmado. Pero no tarda en reaccionar, sacando su iPhone para hacer fotos del escenario de un crimen atroz, dado que la persona muerta es una niña pequeña a la que habían enterrado con su triciclo y todo.

Y lo peor es que esa mañana, Yeruldelgger se había desayunado con un triple asesinato: tres cadáveres hechos picadillo en las oficinas de administración de una empresa china situada en los suburbios de Ulán Bator.

Efectivamente, ese gran Yeruldelgger ocupa desde ya un lugar preeminente en mi galería de personajes favoritos del noir, junto a Sam Spade, Philip Marlowe, Pepe Carvalho o Kostas Jaritos. Porque esto que les he contado ocurre en las cuatro o cinco primeras páginas de un novelón de cerca de 500, lo que es buena muestra de la titánica y portentosa narración que vamos a afrontar.

Más allá de la parte jocosa provocada por la globalización del siglo XXI, uno de los puntos fuertes de la novela de Ian Manook es la relación establecida entre tradición y modernidad, entre el culto a la tierra y a la naturaleza, a los dioses antiguos; y el desarrollo desenfrenado y el culto al crecimiento acelerado, a la jungla de asfalto, al dinero.

Porque Mongolia es un país en plena transformación donde las yurtas tradicionales se ven desplazadas por los edificios de acero y cristal. Una transformación que conlleva tensiones sociales, que provoca bolsas de pobreza y miseria a la vez que los nuevos ricos campan a sus anchas. Mongolia también está sometida a las tensiones nacionalistas, producto del neocolonialismo provocado por las economías china y coreana.

Una sociedad que empieza a alcanzar el punto de ebullición y en la que la aparición de los cadáveres antes señalados precipita los acontecimientos: dos investigaciones en paralelo que implican a diversos estamentos policiales, con Yeruldelgger como vértice sobre el que ambas pivotan. Porque es un perro viejo, un poli veterano… y tiene un genio y un carácter de todos los demonios. Bocazas, irascible y con un punto violento, Yeruldelgger podría ser un personaje de James Ellroy, en esa LA tensionada por los conflictos raciales.

A través de sendas investigaciones policiales, en las que también participan Solongo, una veterana forense, y la lenguaraz inspectora Oyun; Ian Manook nos irá mostrando los entresijos de la sociedad mongola, haciéndonos descubrir un país del que los lectores occidentales apenas sabemos nada. Yeruldelgger será nuestros ojos. Unos ojos cultivados en una institución a la que el veterano poli muestra auténtica adoración: la Alianza Francesa, donde se ha formado como estudiante y como lector y a cuya sede en Ulán Bator acude siempre que tiene que resolver alguna duda enciclopédica.

Y lo mejor de “Yeruldelgger, muertos en la estepa” es que, tras un final apoteósico y espectacular que deja un estupendo sabor de boca, llega “Yeruldelgger. Tiempos salvajes”, recién publicada en España por Salamandra Black y en la que Ian Manook nos sigue descubriendo los entresijos de un país fascinante y al que ya estoy loco por ir de viaje.

¿Quién se viene? La primera estación, en su librería más cercana…

Jesús Lens