Me dijeron que cogería una línea de autobuses hasta Bay Olgii, pero yo no lo llamaría así; más bien considero que fue un grupo de personas, como si fueran colonos de otro siglo, que utilizan un modo de transporte a motor para trasladarse a la aventura. Hacen piña los unos con los otros para superar las dificultades del resto del camino. Tres días sin parar, con dos conductores que se iban reemplazando mutuamente conforme se dormían al volante. Mujeres, niños y hombres todos a una para conseguir que el mini bus (porque era un mini bus) llegara a destino. 
Paraban en poblados para conseguir gasolina de otros vehículos y para comer. Me recomendaron orinar, comer y cagar cuando el resto del grupo lo hiciera para que nadie se molestara si tenía que levantar la mano e interrumpir la marcha. Si no tenía ganas de orinar, debía orinar porque no se pararía hasta las siguientes ocho horas.
Respecto al espacio, pues asientos diminutos, supongo que 17 plazas, modificadas con asientos en los pasillos para subir a unas 21 personas. No sólo las plazas importan sino también su tamaño, más el estado de la carretera. No salio ni un video bien, ya que nunca he saltado más durante más horas en mi vida. El primer día resulto agotador pero las siguientes 48 horas fueron una prueba de entereza física y psicológica.


La chapa del bus supero los 52 grados, la temperatura ambiente marco 46 grados centígrados en el GPS, la media eran unos 60 kilómetros por hora cuando el terreno lo permitía. Tal fue mi cansancio físico al segundo día, que dormí en el suelo aguantando el calor del eje delantero de las ruedas, necesitaba de alguna forma dormir o que el tiempo pasara. El paisaje era duro y en ocasiones benevolente, pero cuando caía la noche se agradecía el frío como agua de mayo, aunque las horas sin poder dormir eran interminables.
Los mongoles son un pueblo físicamente cercano, es decir, no son como en algunos lugares del Asia más oriental donde el contacto físico es más tabú en todos los sentidos. No sabría deciros si esa característica la da el carácter, las condiciones o ambas; porque yo el primer día ya intentaba dormir en el regazo de mi compañero de asiento y viceversa. Conforme se apagaban las últimas luces del día, el mini bus se convertía en un tetrix donde cada uno intentaba dormir según los movimientos del otro. Si yo dormía debajo del asiento de pasillo con las piernas dando a la puerta, encima de ese asiento había dos personas más que apoyaban las piernas en una barra para tener medio cuerpo en horizontal. Ahora lo recuerdo como algo increíble pero no olvido la agonía, fue muy duro.

En las fotos, los caminos de tierra que veis, son lo que en Mongolia se llaman autovía nacional, es decir cuando un jeep pisa dos veces la misma huella del vehiculo que lo precedió. Yo tenía mi GPS y podía seguir por donde íbamos, pero tengo que reconocer la maestría de estos conductores al orientarse con horizontes cegadores.
Fue un gran impacto ver los terrenos que durante tantos años había visto en fotografías, mapas y vídeos. ¿Sabéis que?, tuve miedo. Pensé en lo duro que estaba siendo recorrer ese desierto con esa gente y en cómo sería estar solo y recorriendo 30 km por día siendo optimista. Lo que realmente me impresionaba es que todo el mundo era consciente de que si el bus se rompía en mitad de la nada, solo quedaba rezar porque pasara alguien y diera la voz de alarma de que había un puñado de personas en mitad del desierto con un número limitado de víveres. Todo el mundo era muy consciente. Obviamente los móviles no tenían cobertura, me di cuenta que cada día que pasaba tenia que aferrarme más a las capacidades de las personas con las que iba aprender como reaccionarían si algo sucedía.

Con forme pasaban las horas la intimidad de los que íbamos en el bus se reducía y, obviamente, yo no pase desapercibido, por medir casi dos metros y no entrar en el bus y por esa historia de los caballos ¿Qué hacia un extranjero allí? Ahí ves que el mundo no es tan diferente. Hicimos un ejercicio para superar la vergüenza y las horas muertas: típico juego donde todos se levantan se presentan y cuentan algo de su vida. Pues ahí teníais que verme en frente de una audiencia que no entendía lo que decía y con intento de traducción del inglés al mongol de una estudiante que había, pero con poco éxito, todo hay que decirlo.
Las carreteras solo tienen unos kilómetros de asfalto a las afueras de la ciudad de Ulan Bator, los conductores, en mi opinión, milagrosos. Supongo que es la práctica pero aún recuerdo cómo me sonrió el abuelo que conducía cuando veía mi cara de asombro al admirar como entraba en curvas, superaba riachuelos, peraltes y baches con un minibús que parecía que se caía a pedazos, lleno de ancianos, niños y todo tipo de utensilios o artilugios.


Pero, como no podía ser menos, a primera hora de la mañana, salte de mi cómodo suelo calentito encima del eje delantero, salí disparado hacia la mal cerrada puerta del bus, todos saltamos hacia el lado derecho del vehículo, Había unos montículos en la carretera que no pudieron pasar y casi volcamos. Creo que fui el único que se alarmo; mujeres y niños pequeños a pasear y orinar, los demás, con una pala y manos a desenterrar el bus e inventar ingenios para sacarlo. Gracias a Dios, con perseverancia y un camión que pasó y nos remolcó con un cable de acero (se subieron varios haciendo contrapeso) sacaron el minibús después de unas cuantas horas y continuamos la marcha. No dejo de preguntarme qué habría ocurrido si no hubiera pasado un vehiculo más pesado que el nuestro para poder hacer fuerza y remolcarnos, ¿se habría solucionado todo solamente esperando? ¿Pero hasta cuándo? ¿Cuánto tiempo duraría la poca comida que llevábamos? ¿Y si no pasaba nadie en días? ¿Había niños que aguantarían menos?

Tanto riesgo sólo me lleva a pensar que, de alguna manera, conocen que la frecuencia conque pasan vehículos por esa área es suficiente para salir adelante, aunque sea a base de invertir horas.
Por el camino no fuimos los únicos accidentados, como buena ley no escrita, paramos a ayudar a todo aquel que nos encontráramos que estuviera tirado. Pero cada vez que parábamos no dejaba de pensar lo mismo, ¿y si cogemos otras huellas de jeep para seguir el camino?,¿qué habría pasado con esta furgoneta?

Sabía que estábamos llegando a nuestro destino porque hacía mas frío por las noches, llegábamos a las montañas y el ánimo estaba más relajado. Incluso me llamaron para que vieran a un viejo cazador a caballo, cazador con águila dorada. Montan orgullosos en sus caballos y en la región de Altaii montan con águilas de más de dos metros de envergadura, cazan todo aquello que su águila pueda levantar. El espectáculo es impresionante.

Después de ese paréntesis, más polvo, más arena y más carretera hasta llegar a BAY OLGII, el pueblo donde me recogería uno de mis contactos para comprar el equipo y presentarme al guía que me llevaría cerca del pueblo a comprarlos. Para que os orientéis estamos a unos cientos de kilómetros de la frontera con Kazajstán y Altaii es una zona montañosa por excelencia.